Capítulo 24
La duda
Johann tragó saliva. La parte más primitiva de sí mismo quería impedirlo.
Quería decirle que no necesitaba verlo, que bastaba con enviar una nota, que Herzfeld había perdido en el instante en que ella se quitó aquel anillo.
Pero aquella era precisamente la clase de pensamiento que lo había llevado hasta allí. Así que no dijo nada. Maria lo observó.
—¿No va a pedirme que no vaya?
—No.
—¿Ni que elija ahora?
—No.
—¿Ni siquiera va a preguntarme qué siento por usted?
Johann sostuvo su mirada.
—No necesito preguntarlo hoy.
Ella sintió que aquella respuesta la afectaba más de lo que debería.
—¿Por qué? —Porque hoy lo importante no es lo que yo necesito escuchar.
El silencio volvió. Maria cerró los dedos sobre el anillo de Herzfeld.
—Voy a hablar con él.
Johann asintió.
—Bien.
—Y voy a decirle la verdad suficiente para que pueda decidir también.
Eso lo sorprendió.
—¿Decidir?
—Usted no es el único que ha olvidado que las decisiones pertenecen a más de una persona.
Johann la miró con una mezcla extraña de admiración y temor. Maria continuó.
—No puedo presentarme ante Herzfeld creyendo que basta con devolverle esto y marcharme. Él me ha tratado con respeto. Merece que yo haga lo mismo.
—Tienes razón. Ella lo señaló con una expresión cansada.
—Otra vez.
Johann no pudo evitarlo y sonrió. Maria intentó no hacerlo, pero fracasó.
Fue una sonrisa pequeña, insegura, pero estaba allí.
Y durante un instante ambos recordaron quiénes habían sido por carta, antes de convertir cada encuentro en una batalla.
Después la realidad regresó. Maria miró hacia la puerta abierta.
—Debe marcharse.
Johann no tomó la caja, la dejó sobre la mesita.
—Maria.
Ella levantó la mirada.
—Si después de hablar con él decides que no quieres casarte conmigo...
Tuvo que detenerse para completar la frase.
—Lo aceptaré.
Maria lo observó.
—¿Aunque lo destruya? Johann pensó en tres semanas de fiebre, en el parque. En la sensación de ver la esmeralda, en una vida entera sin ella.
—Aunque me destruya.
Maria sintió que los ojos empezaban a llenársele. Una lágrima terminó por deslizarse por la mejilla de Maria. Ella la retiró rápidamente.
—Es profundamente irritante que haya decidido volverse razonable precisamente ahora.
Johann sonrió con tristeza.
—Encontrar el momento oportuno nunca ha sido mi mayor virtud contigo.
—No.
—Lo siento.
Maria asintió. Esta vez aceptó la disculpa sin pronunciarlo. Johann caminó hacia la puerta. Al pasar junto a ella se detuvo, no la tocó, ni siquiera cuando estuvieron lo bastante cerca para que volviera a reconocer su perfume. La miró.
—¿Puedo hacerte una última pregunta?
Maria respiró. —Una.
Johann dudó.
—¿Mañana habrá boda?
Maria miró el anillo de esmeralda encerrado en su mano.
Después lo miró a él.
—No lo sé.
Johann cerró los ojos apenas un instante.
—Gracias.
Maria frunció el ceño.
—No le he dado nada por lo que deba agradecérmelo.
Johann abrió los ojos.
—Tienes razón.
Ella negó con la cabeza.
—Márchese, señor Goldmann.
—Sí, señorita Klein.
Johann salió. Nikolaus esperaba en el pasillo. Miró primero a Johann. Después a su hija. Y finalmente a la mano izquierda de Maria. Desnuda. El rostro del conde perdió color.
—Maria.
Johann se detuvo. Ella no, caminó hasta quedar frente a su padre, abrió lentamente la mano. La esmeralda descansaba sobre su palma. Nikolaus la miró como si estuviera contemplando algo mucho más peligroso que una joya.
—¿Qué has hecho?
Maria sostuvo la mirada de su padre. Durante años había respondido a aquella voz con obediencia, ternura y una comprensión que muchas veces se había parecido demasiado a la renuncia.
Había permitido que él cerrara ventanas por miedo a que enfermara, que redujera sus paseos, que filtrara visitas, que organizara su futuro intentando protegerla de un mundo que, al final, había llegado igualmente hasta ella.
Lo amaba. Tal vez precisamente por eso tenía que hacerlo.
—Todavía nada.
Nikolaus miró el anillo.
—La boda es mañana. —Lo sé.
Nikolaus mantuvo la mirada fija en el anillo.
—Entonces vuelve a ponértelo.
Maria bajó los ojos hacia la esmeralda. Durante unos segundos no respondió.
Basba con deslizar de nuevo el anillo por su dedo para devolver a aquella mañana la apariencia que había tenido antes de que Johann atravesara la puerta.
El vestido seguiría esperando arriba. Las flores llegarían a la iglesia.
Los invitados ocuparían sus lugares. Herzfeld la esperaría frente al altar.
Todo podría continuar, solo tenía que volver a ponerse el anillo.
Maria cerró lentamente los dedos alrededor de él.
—No puedo.
Nikolaus palideció.
—¿Has roto el compromiso?
—No.
La respuesta fue tan inmediata que Johann levantó la mirada antes de cruzar la puerta de salida. Nikolaus frunció el ceño.
—Entonces no entiendo qué estás haciendo.
—Yo tampoco. Aquella confesión dejó la estancia en silencio.nMaria respiró profundamente.
—Y ese es precisamente el problema.
Su padre la contempló sin comprender todavía.
—Mañana te casas.
—Puede que sí.
Johann sintió el golpe con una violencia que no se reflejó en su rostro.
Puede que sí.
No había promesa escondida detrás de todo lo que acababa de ocurrir.
Maria no había elegido. No todavía. Nikolaus volvió la mirada hacia Johann, como si su mera presencia fuese responsable de haber introducido aquella incertidumbre en una situación que hasta unas horas antes parecía resuelta.
—Antes de que este hombre llegara aquí no había ningún “puede”.
Maria negó lentamente.
—Sí lo había. Su padre volvió a mirarla.
—Solo que yo no lo estaba diciendo.
La frase fue mucho más difícil de escuchar. Maria abrió la mano y contempló el anillo.
—Herzfeld no merece que mañana me presente ante él fingiendo una certeza que no tengo.
—¿Y qué pretendes hacer?
—Hablar con él.
Nikolaus dejó escapar el aire.
—¿Para romper el compromiso?
Maria levantó los ojos.
—He dicho que voy a hablar con él. Nada más.
Johann permanecía junto a la puerta. Aquella precisión debía tranquilizarlo y, sin embargo, hizo exactamente lo contrario.
Maria podía volver, escuchar a Herzfeld, recordar todo aquello que había pensado aquella misma mañana: la paz, la estabilidad, la ternura sencilla de una familia que no parecía necesitar convertir cada sentimiento en una guerra.
Podía mirarlo y decidir que aquello era suficiente, Que era mejor, lo que quería.
Y Johann tendría que aceptarlo. Maria se volvió hacia él.
Durante un instante se miraron sin necesidad de decir nada. Fue ella quien rompió el silencio.
—Debe marcharse.
Johann asintió.
—Sí.
No intentó acercarse. No volvió la mirada hacia la caja que había dejado atrás.
Simplemente caminó hacia la puerta. Maria lo observó avanzar y sintió una punzada inesperada cuando comprendió que realmente iba a hacerlo.
A marcharse. Sin obligarla a darle una respuesta, sin convertir todo lo que acababa de decirle en una nueva deuda.
—Johann.
Él se detuvo.
No se volvió inmediatamente. Cuando lo hizo, Maria descubrió en su rostro algo que le dolió más que cualquier insistencia.
Miedo. No el miedo desordenado de quien se sabe derrotado.
El miedo consciente de un hombre que había aceptado entregar a otra persona el poder de romperle el corazón.
Maria apretó el anillo dentro de la mano.
—No sé qué voy a hacer. Johann sostuvo su mirada.
—Lo sé.
—Puede que mañana me case con él.
Algo pasó por sus ojos, brevemente. Devastado. Pero Johann no retrocedió.
—Lo sé.
Maria sintió que la garganta volvía a cerrársele.
—Y si ocurre...
No consiguió terminar. Johann sí.
—Entonces espero que seas feliz.
Ella lo miró casi con rabia.
—No diga eso.
Johann frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
—Porque no puede ser tan fácil.
Una sonrisa triste apareció apenas en su rostro. —No lo es.
Maria bajó la mirada. Johann permaneció unos segundos más allí. Después habló:
—Pero que me duela no convierte tu decisión en equivocada.
Maria levantó los ojos. Y aquella frase consiguió hacer algo que todas sus declaraciones de amor no habían conseguido del todo. La desarmó. Johann volvió hacia la puerta.
—Ve a hablar con él.
Ella no respondió.
—Y escúchalo —añadió—. No pienses en mí mientras lo hagas.
Una pequeña incredulidad atravesó su expresión.
—Eso parece bastante difícil después de venir aquí a decirme todo lo que acaba de decirme.
Johann dejó escapar una respiración que casi fue una risa.
—Sí.
La miró una última vez.
—Pero inténtalo. Maria se quedó quieta.
—No quiero que me elijas porque he llegado antes de que fuera demasiado tarde.
Una pausa.
—Quiero que, si alguna vez me eliges, sea porque después de poder escoger cualquier otra vida sigues queriendo la nuestra.
El corazón de Maria golpeó con fuerza. Nuestra.
Johann abrió la puerta. Esta vez ella no lo detuvo, lo vio salir. Vio desaparecer su espalda al otro lado del umbral, escuchó los pasos alejándose. Después el sonido de la puerta principal. Y finalmente nada. Solo silencio.
Maria permaneció inmóvil. Nikolaus tardó varios segundos en hablar.
—¿Qué demonios acaba de ocurrir?
Ella cerró los ojos.
—No lo sé.
—Maria.
—No lo sé, padre. La voz se quebró por primera vez. Nikolaus suavizó ligeramente la expresión.
—Ven.
Intentó acercarse. Maria negó con la cabeza.
—No.
No fue rechazo, necesitaba espacio. Miró el anillo de Herzfeld dentro de su mano. Todavía era suyo. Todavía existía un compromiso. Todavía había una boda preparada para la mañana siguiente. Nada había terminado. Y eso era precisamente lo que hacía aquella situación tan insoportable.
—Necesito ver al marqués.
Nikolaus la contempló.
—Ahora.
—Sí.
—Maria, quizá sería mejor que esperaras. Que pensaras con calma. Estás alterada.
Ella dejó escapar una exhalación.
—Llevo meses pensando con calma. Miró hacia la puerta por la que Johann acababa de desaparecer.
—Tal vez demasiado.
Nikolaus siguió la dirección de sus ojos.
—No quiero que tomes una decisión por lo que acaba de ocurrir aquí.
Maria volvió hacia él.
—Yo tampoco.
Y aquella respuesta pareció sorprenderlo.
—Entonces espera.
—No puedo.
Le mostró el anillo.
—No mientras él crea que mañana voy a llegar a la iglesia sin ninguna duda.