Los Goldmann: El pacto de Viena (Los Goldmann 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

Dos anillos

Maria lo miró como si no hubiera esperado algo tan simple. Había preparado respuestas para otras preguntas. Para reproches, declaraciones… Incluso para una petición de matrimonio. Pero no para aquella.

—¿Eso ha venido a preguntarme?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque nadie te lo preguntó cuando mi padre decidió que debías casarte conmigo.

La frase alteró algo en ella. Johann siguió.

—Y porque no pienso cometer el mismo error.

Maria apartó la mirada hacia el ventanal.

En el exterior, la ciudad continuaba.

—El marqués es un buen hombre.

Johann sintió la punzada.

—Lo sé. —No. No creo que lo sepa.

Volvió a mirarlo.

—Es amable. Me escucha. Respeta lo que pienso aunque no coincida conmigo. No entra en una habitación esperando que todo se organice alrededor de sus conflictos.

Johann no respondió.

—Su madre me ha tratado con más cariño en unas semanas que muchas personas que me conocen desde niña. Su casa es alegre. Viaja. Lee. Se interesa por el mundo. No me mira como si tuviera que salvarme ni como si yo fuera el símbolo de todo aquello contra lo que está luchando.

Cada frase dolía. Johann permitió que doliera.

—Con él puedo respirar —terminó Maria.

Johann bajó la mirada.

—Entonces quizá debas casarte con él.

Maria se quedó inmóvil. No había esperado aquella respuesta.

—¿Eso piensa?

Johann volvió a mirarla. —Pienso que debes casarte con él si lo quieres.

—No ha dicho eso.

—¿Qué?

—Ha dicho si lo quiero.

Johann guardó silencio. Maria comprendió demasiado tarde que se había atrapado a sí misma en la diferencia. Él habló con suavidad.

—¿Lo quieres?

Maria miró la esmeralda. Johann esperó.

—Lo respeto.

Esperó.

—Me siento segura con él.

Johann siguió sin decir nada. Maria levantó la vista, irritada.

—No me mire así.

—No estoy haciendo nada.

—Exactamente.

Johann casi sonrió. Pero ella no estaba bromeando. —¿Qué quiere que diga? —preguntó Maria—. ¿Que no siento por él lo mismo que siento por usted? Claro que no. Y quizá sea una suerte.

Johann recibió el golpe sin moverse.

—Con usted todo duele.

La frase fue más baja.

—Desde el principio.

Maria tragó saliva.

—Primero me convirtió en una obligación de la que necesitaba escapar. Después me escribió que me amaba. Luego regresó y volvió a decirme que no podía casarse conmigo. Después apareció en mi jardín en mitad de la noche, me dijo que me amaba otra vez y...

Se detuvo. La respiración cambió. María sintió como su corazón se aceleraba y algo se agitaba en su vientre, miró al suelo. Johann bajó inmediatamente la mirada. No quería obligarla a pronunciar nada que pudiera ser oído desde fuera. Maria continuó más despacio.

—Y a la mañana siguiente volvió a marcharse.

—Fui a buscar el anillo. Ella cerró los ojos.

—Lo sé ahora.

—Debí decírtelo.

—Sí.

—Debí pedirte que me esperaras.

—Sí.

—Debí haber hecho muchas cosas antes.

Maria abrió los ojos.

—Pero no las hizo.

—No.

No había defensa. Aquello empezó a enfadarla todavía más.

—Deje de darme la razón.

—¿Prefieres que vuelva a discutir?

Ella lo miró con furia. Y después, contra toda lógica, soltó una risa breve, pequeña, cansada, cCasi dolorosa. Johann la contempló. Era la primera vez desde que había entrado en aquella casa que reconocía en ella algo de la mujer de las cartas. Maria recuperó la seriedad.

—Herzfeld nunca me ha hecho sentir que elegirlo significa perder algo.

Johann asintió.

—Porque no ha sido él quien te ha herido.

—Exacto.

—Y yo sí.

—Sí.

La palabra quedó suspendida. Johann respiró despacio.

—He confundido elegir con oponerme a mi padre.

Maria no se movió.

—Durante todo este tiempo pensé que, si aceptaba casarme contigo, él ganaba. Que convertiría mi vida en otra pieza de su estructura. Que estaría aceptando que podía disponer de mí, de ti y de cualquiera que necesitara para completar sus planes.

Se inclinó ligeramente hacia delante.

—Y estaba tan obsesionado con no convertirme en él que terminé haciendo exactamente lo mismo.

Maria frunció el ceño. —¿Qué quiere decir?

Johann la sostuvo.

—Te convertí en el precio de mi libertad.

La habitación quedó completamente quieta.

—Mi padre te utilizó para cerrar un acuerdo —continuó—. Y yo te utilicé para demostrar que podía rechazarlo. Ninguno de los dos empezó preguntándose qué querías tú.

Maria sintió cómo algo le subía desde el pecho hasta la garganta. No lloró, pero sus ojos cambiaron.

—Eso es bastante cruel.

—Sí.

—Y bastante tarde.

—También.

Johann miró la caja negra.

—Pero es la verdad.

Maria siguió su mirada.

—¿Y ahora? —Ahora no estoy aquí para ganar a mi padre.

Levantó los ojos.

—Ni para ganarle al marqués.

Una pausa.

—Estoy aquí porque… te amo.

Maria dejó escapar el aire.

—Johann...

—No. Déjame terminar una vez sin intentar convencerte de nada.

Ella guardó silencio.

—Te amo. Y no empezó aquella noche. No empezó en el jardín, ni cuando te tuve tan cerca que por un instante olvidé todo aquello contra lo que llevaba un año luchando.

Te amaba antes de tocarte. Antes de besarte. Antes incluso de atreverme a imaginar que algún día podría tener derecho a pedirte que fueras mía.

Así que no confundas lo que ocurrió entre nosotros con la razón por la que estoy aquí.

No he venido porque crea que te debo un matrimonio.

Ni porque piense que tú me debes algo a mí.

El amor que siento por ti no nació de una deuda, Maria.

Nació mucho antes de que nuestros cuerpos supieran lo que nuestros corazones llevaban meses intentando callar.

Si aquella noche no hubiera sucedido, estaría exactamente donde estoy ahora. Frente a ti. Con este anillo en el bolsillo. Muerto de miedo. Y dispuesto a preguntarte lo mismo.

Porque no quiero casarme contigo para reparar lo que pasó. Quiero casarme contigo porque, incluso si jamás hubiera podido tocarte, habría seguido eligiéndote.

Y si tuviera que volver atrás y perder aquella noche para demostrarte que esto es verdad… la perdería. Pero te volvería a amar. Siempre te volvería a amar.

Maria apretó las manos intentando contener el nudo que apareció en su garganta.

—No puede saberlo.

—Sí puedo.

—No.

Lo miró con una tristeza limpia.

—Porque usted solo tomó el anillo cuando creyó que podía perderme.

Johann recibió la frase. Esta vez tardó más en responder.

—Sí.

Maria parpadeó. No esperaba esa aceptación.

—¿Sí?

—Sí.

Johann respiró.

—Y eso me avergüenza.

Se pasó una mano por la frente.

—No porque mi amor empezara entonces. Sino porque necesité sentir que otro hombre podía ocupar el lugar que yo seguía negándome a ocupar para comprender que mis principios se habían convertido en una forma muy elegante de cobardía.

Maria bajó lentamente la mirada.

—Herzfeld me eligió antes de saber si yo podía quererlo.

—Lo sé.

—Usted solo consiguió elegirme cuando otro hombre lo hizo.

Johann no se defendió. —También lo sé.

El silencio que siguió fue largo. No estaba vacío. Era quizá el primer silencio verdaderamente limpio que habían compartido. Sin acuerdos, sin padres, sin cartas, sin excusas. Maria habló sin mirarlo.

—Si le digo que quiero casarme mañana con él, ¿qué hará?

Johann sintió cómo la pregunta le atravesaba el cuerpo. Aun así respondió.

—Me marcharé.

Maria levantó los ojos.

—¿Y después?

—No volveré a interferir.

—¿Así de sencillo?

—No.

Su voz se quebró apenas.

—No sería sencillo.

Maria lo observó. Johann continuó. —Probablemente sería la cosa más difícil que haya hecho nunca.

Miró la caja.

—Pero lo haría.

—¿Y lo ocurrido entre nosotros?

Johann sostuvo su mirada.

—Nunca lo utilizaré contra ti.

—Podría obligarme.

Algo se endureció en él. No contra ella. Contra la sola idea.

—No.

—La sociedad sí lo haría.

—Yo no.

—Mi padre...

—No se enterará por mí.

—Herzfeld...

Johann cerró los ojos un instante. Aquello sí dolía de una manera distinta.

—Si decides casarte con él, lo que le digas o no le digas será una decisión tuya.

Volvió a abrirlos.

—Yo guardaré silencio.

Maria lo miró durante un largo rato. Por primera vez, la libertad que Johann le estaba ofreciendo no era una palabra, tenía un precio y el precio iba a pagarlo él.

Eso cambiaba algo, no lo arreglaba todo ni borraba el año anterior.

No convertía el dolor en una historia hermosa, pero cambiaba algo.

Maria llevó la vista hacia el anillo de esmeralda. Lo giró lentamente.

—¿Sabe cuál es el problema?

—No.

—Que no puedo casarme con él.

Johann dejó de respirar.mMaria levantó una mano inmediatamente.

—No haga eso.

—¿Qué?

—Esperar que la frase termine como quiere.

Johann cerró la boca. Ella continuó. —No puedo casarme con Herzfeld mañana.

Esta vez dijo el nombre completo.

Como si necesitara recordar que también él era una persona.

—No porque usted haya venido.

Johann permaneció inmóvil.

—No solo por usted —corrigió Maria—. No puedo hacerlo porque él es bueno.

La lógica de la frase pareció desconcertarlo. Maria se levantó. Caminó hasta la ventana.

—Herzfeld no merece entrar en un matrimonio construido sobre una mentira.

Johann bajó la cabeza. Comprendió.

—Yo acepté su propuesta después de...

No terminó, no hacía falta.

—Estaba herida. Furiosa. Creí que podía cerrar una puerta abriendo otra.

Se miró la mano. —Y durante unas horas conseguí convencerme de que eso era elegir.

Johann la observaba sin interrumpir.

—Pero no lo era.

Maria giró hacia él.

—Era huir.

La palabra produjo entre ambos una resonancia casi amarga. Johann había utilizado exactamente el mismo mecanismo un año antes. Ella también lo entendió.

—Parece que se nos da bastante bien —dijo.

Johann dejó escapar una exhalación parecida a una risa.

—Demasiado.

Maria volvió a mirar el anillo.

—Herzfeld merece una mujer que lo mire sin estar preguntándose dónde está otro hombre.

Johann apretó ligeramente los dedos. —Y merece saber que la mujer con la que piensa casarse ha tomado decisiones que afectan a ese matrimonio antes de que exista.

—Maria...

—No voy a contarle detalles.

—No tienes que explicarme nada.

—Ya lo sé.

Por primera vez, aquella frase no sonó defensiva; sonó libre.

Maria sostuvo la esmeralda entre dos dedos.

Después comenzó a extraer lentamente el anillo.

Johann sintió cómo cada milímetro de metal alejándose de su mano aceleraba algo dentro de él.

No se movió, no quería convertir aquel gesto en una victoria.

El anillo terminó de salir, Maria lo sostuvo en la palma, su dedo quedó desnudo. Johann miró la caja negra, después a ella, no la abrió.

Maria lo vio.

—No significa que vaya a casarme contigo.

La esperanza que había comenzado a crecer en él recibió el golpe. pero no desapareció. Johann asintió.

—Lo sé. —No, creo que no lo sabe.

Se acercó unos pasos.

—No voy a pasar del anillo de un hombre al de otro en la misma mañana para resolver de nuevo mi vida alrededor de lo que otros esperan.

Johann se puso en pie.

La debilidad le produjo un ligero mareo, pero consiguió que no se notara.

—No te lo pediré.

Maria miró la caja.

—¿Entonces por qué sigue ahí?

Johann bajó los ojos hacia ella.

—Porque necesitaba que supieras que existe.

—Ya lo sabía.

—Necesitaba que supieras que esta vez lo traje porque quiero casarme contigo.

Una pausa.

—No porque mi padre quiera. Otra.

—No por la deuda.

Otra.

—No por el jardín.

Maria tragó saliva.

—Por ti.

Los ojos de ella bajaron hacia la pequeña caja.

—Ábrala.

Johann la miró.

—Maria...

—Solo he pedido que la abra.

Él obedeció. El anillo de la abuela Goldmann apareció entre ambos.

El diamante antiguo recogió la luz con una irregularidad hermosa, distinta de la perfección arquitectónica de la esmeralda de Herzfeld.

Los zafiros oscuros parecían casi negros hasta que la claridad los alcanzaba y entonces mostraban un azul profundo, contenido, como si la piedra guardara dentro una noche entera.

Maria lo contempló, no lo tocó al principio, después acercó la mano. La yema de uno de sus dedos rozó apenas la montura. Johann sintió el impulso de tomar su mano pero no lo hizo. Maria levantó la vista, percibió ese movimiento detenido. También eso era nuevo.

—Es hermoso.

—Era de mi abuela.

—Lo sé.

Johann frunció ligeramente el ceño.

—Anna me habló de él.

—Por supuesto.

Una sombra de ternura pasó entre ambos. Maria retiró la mano.

—Ciérrela.

Johann obedeció.

—No me lo dé.

—No lo haré.

—Y no me espere aquí. Él sintió un miedo inmediato.

—¿Vas a verlo?

Maria miró la esmeralda en su palma.

—Tengo que hacerlo.

—Hoy.

—Ahora.