Los Goldmann: El pacto de Viena (Los Goldmann 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

La víspera

La casa Klein llevaba despierta desde antes que Maria.

Nadie había dado la orden de comenzar tan temprano, pero las casas que se preparan para una boda parecen adquirir un ritmo propio, una respiración distinta que se instala en los pasillos mucho antes de que quienes van a sostener el peso real de la ceremonia estén preparados para asumirla.

Desde las primeras horas de la mañana, el servicio cruzaba las estancias con paquetes, cajas, flores y telas.

Habían llegado varias bandejas de la confitería elegida por Nikolaus, dos arreglos florales destinados a la iglesia, unas cintas que debían ser revisadas antes de ser trasladadas y una caja alargada que contenía parte de los complementos que Maria llevaría al día siguiente.

Todo parecía moverse. Todo menos ella.

Permanecía sentada frente al tocador de su dormitorio, todavía en camisón, mientras una claridad pálida entraba entre las cortinas y dibujaba sobre la alfombra una franja de luz demasiado débil para parecer alegre.

El vestido de novia estaba dispuesto sobre un biombo cercano.

Maria evitaba mirarlo. Lo había visto el día anterior durante la última prueba.

Era hermoso. No podía decir otra cosa. De una elegancia limpia, sin ostentación innecesaria, confeccionado con una delicadeza que habría despertado admiración en cualquier mujer de su edad.

Había sido ajustado exactamente a su cuerpo.

Cada costura parecía pensada para ella. Cada detalle había sido elegido con cuidado.

Y, sin embargo, aquella mañana le producía una sensación extraña. No era miedo exactamente, tampoco rechazo, era algo más difícil de nombrar; la impresión de estar contemplando una vida terminada antes de haber comenzado.

Bajó la mirada hacia sus manos. En la izquierda, la esmeralda del anillo de Herzfeld devolvió un destello verde cuando la alcanzó la luz.

Maria giró la mano lentamente. Lo había hecho muchas veces durante las últimas semanas.

La joya era hermosa. También lo era el hombre que se la había entregado.

Herzfeld había sido paciente, amable y claro.

No la había obligado a descifrarlo. No había convertido cada conversación en una lucha contra algo anterior.

No había llegado hasta ella cargado de una guerra familiar que Maria no había iniciado y que, sin embargo, había terminado recayendo sobre sus hombros.

Le había ofrecido algo que Johann nunca había sabido ofrecerle.

Paz.

La palabra apareció en su mente con tanta claridad que tuvo que cerrar los ojos.

Paz. Con Herzfeld podía imaginar desayunos tranquilos.

Viajes. Una casa donde la marquesa entrara en una habitación riendo y no pareciera necesario medir antes la temperatura de cada palabra.

Podía imaginar libros abiertos, conversaciones durante la cena, ciudades que todavía no conocía, ventanas abiertas al mar en algún lugar lejano y quizá, con el tiempo, hijos creciendo dentro de un hogar donde el afecto no tuviera que justificarse continuamente. Podía imaginar una vida.

Con Johann no imaginaba una vida; la sentía.

Y ese era precisamente el problema. Johann no le ofrecía una imagen ordenada del futuro, le ofrecía una sacudida.

Algo que no sabía mantenerse en los límites.

Algo que había entrado en ella mucho antes de aquella noche en el jardín y que, desde entonces, se había vuelto imposible de colocar en un lugar seguro.

Maria abrió los ojos, la memoria llegó sin permiso; la humedad de la hierba, la oscuridad, la respiración de Johann junto a la suya, su voz diciendo que la amaba.

Después, la mañana, el miedo, la vergüenza, la forma casi desesperada en que él había aparecido en el paseo, la pequeña caja negra.

Y luego… El rostro de Johann al ver el anillo de Herzfeld.

Maria apartó la mano como si la esmeralda acabara de quemarla.

No había vuelto a verlo, ni había preguntado por él.

Al menos, no directamente. Había oído comentarios.

Rumores imprecisos. Que el heredero Goldmann se encontraba indispuesto.

Que no había acudido a determinados compromisos.

Que llevaba varios días sin aparecer por el banco.

Nada extraordinario en apariencia. Nada que justificara una pregunta que habría sido demasiado reveladora.

Se había obligado a no hacerla. Mañana se casaría, aquello debía bastar.

Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.

—Adelante.

La criada entró con una bandeja.

—Señorita, su padre insiste en que desayune algo.

Maria miró el té, el pan, la fruta cortada.

—Déjelo ahí, por favor.

La mujer obedeció. Antes de retirarse, dirigió una mirada fugaz hacia el vestido.

—Estará preciosa mañana.

Maria sonrió.

Una sonrisa correcta, automática.

—Gracias.

La puerta volvió a cerrarse. Maria permaneció inmóvil.

Preciosa mañana, como si eso fuera lo importante.

Como si una mujer pudiera presentarse ante un altar con el vestido correcto, el apellido correcto y el hombre correcto, y todo cuanto hubiera sucedido dentro de ella dejara automáticamente de tener importancia.

Se puso en pie. Caminó hasta el ventanal y apartó ligeramente una de las cortinas. Viena comenzaba a despertar. Carruajes. Criados. Un vendedor atravesando la calle. Una mujer caminando apresuradamente junto a una niña.

La vida continuaba con una indiferencia casi ofensiva. Y entonces vio detenerse un carruaje frente a la casa. No reconoció primero al hombre; reconoció el modo en que se bajó. Demasiado despacio. Maria dejó de respirar.

Johann.

Durante unos segundos creyó haberse equivocado.

El hombre que descendió del carruaje era más delgado que el que recordaba.

Su rostro parecía más afilado y había una palidez extraña bajo la piel.

Incluso desde la segunda planta podía distinguirse cierta rigidez en sus movimientos, como si el cuerpo obedeciera por voluntad más que por fuerza.

Pero era él. Maria soltó la cortina. El corazón comenzó a golpearle con una violencia que no había sentido desde el jardín.

—No. La palabra salió en voz baja, no como una orden, más bien como una súplica. No hoy, no la víspera de su boda. No cuando

había conseguido reunir suficientes razones para avanzar. No cuando empezaba a creer que quizá podía aprender a querer una vida distinta.

Escuchó movimiento en la planta inferior. Después una voz masculina. No distinguió las palabras, pero reconoció el tono de su padre. Y, unos segundos después, otra voz.

Johann.

Maria cerró los ojos.

Nikolaus no le ofreció asiento. Johann tampoco lo esperaba.

El conde permanecía en el vestíbulo con una expresión que no podía calificarse de descortés porque llevaba demasiados años perteneciendo a determinados salones para permitirse una vulgaridad semejante,

pero en sus ojos había una hostilidad tan limpia que cualquier fórmula educada resultaba casi irrelevante.

—Señor Goldmann.

—Conde Klein.

—Creí que habíamos terminado.

Johann sostuvo su mirada. El esfuerzo de permanecer erguido empezaba a hacerse sentir.

La fiebre había desaparecido, pero no sus consecuencias.

Apenas había recuperado las fuerzas suficientes para vestirse y bajar las escaleras aquella mañana.

El trayecto en carruaje había parecido más largo de lo habitual. Nada de eso importaba.

—Necesito hablar con Maria.

Nikolaus tensó la mandíbula.

—No.

La respuesta fue inmediata. Johann no se movió.

—Le ruego que me conceda unos minutos.

—No.

—Conde...

—Mi hija se casa mañana.

—Lo sé.

—Entonces debería comprender que su presencia aquí es completamente impropia.

Johann bajó la mirada durante un instante. Por control.

—Lo comprendo.

—No parece comprenderlo.

—He tardado demasiado tiempo en comprender muchas cosas.

Nikolaus soltó una exhalación seca.

—Esa revelación llega con un año y medio de retraso.

Johann recibió la frase sin defenderse.

—Sí.

Aquella aceptación desconcertó ligeramente al conde. Había esperado argumentos. Justificaciones. Quizá incluso una de esas declaraciones grandiosas que los jóvenes confunden con reparación cuando llegan demasiado tarde. No encontró nada de eso. Johann volvió a hablar.

—No he venido a reclamar el compromiso.

Nikolaus lo observó.

—No he venido a hablar de la deuda. Ni del acuerdo entre nuestras familias. Ni de lo que mi padre esperaba obtener de esta unión.

Una pausa.

—He venido a hacerle una pregunta a su hija.

—No tiene nada que preguntarle.

—Eso tendrá que decidirlo ella.

Nikolaus endureció el rostro.

—Mientras Maria viva bajo este techo...

—Padre.

Ambos levantaron la mirada. Maria se encontraba en el rellano de la escalera.

No estaba preparada para recibir visitas. Llevaba un vestido sencillo de mañana que la criada había conseguido ayudarla a ponerse con rapidez, el cabello recogido apenas lo suficiente para resultar correcto y ningún adorno salvo el anillo que brillaba en su mano izquierda.

Johann dejó de escuchar cualquier otra cosa.

Durante tres semanas había pensado en ella desde una cama en la que a veces no conseguía distinguir el sueño de la fiebre.

Había pronunciado su nombre sin saberlo.

Había imaginado aquella conversación tantas veces que ninguna de sus versiones se parecía ahora a la realidad.

Maria estaba allí. Y llevaba el anillo de otro hombre. El dolor seguía existiendo. Pero esta vez no huyó de él. Maria descendió los últimos escalones. Su mirada recorrió el rostro de Johann con una atención que quiso contener y no pudo.

—Está enfermo.

No era una pregunta.

Johann negó.

—Ya no.

—Tiene un aspecto espantoso.

Por un instante, algo parecido a una sonrisa atravesó el rostro de Johann.

—Me alegra comprobar que conserva intacta su sinceridad.

Maria no sonrió.

—¿Qué le ha ocurrido?

—Maria —intervino Nikolaus.

Ella no apartó la mirada de Johann.

—He preguntado qué le ha ocurrido.

Johann tardó un segundo en responder. —Fiebre.

—¿Durante cuánto tiempo?

—No importa.

Entonces Maria lo miró de la forma en que lo había mirado algunas veces durante sus cartas, como si fuera capaz de atravesar la respuesta y encontrar detrás aquello que él pretendía ocultar.

—A mí sí.

Johann sintió el golpe de esas dos palabras en un lugar demasiado íntimo. No respondió. Nikolaus dio un paso adelante.

—Maria, esto no es apropiado.

Ella volvió finalmente la mirada hacia su padre.

—Tiene razón.

Nikolaus pareció relajarse. Solo durante un instante.

—Por eso hablaremos en el salón —continuó ella—. Con la puerta abierta.

El conde la miró fijamente.

—No tienes obligación alguna de escucharlo.

—Lo sé. —Mañana vas a casarte.

Maria bajó los ojos hacia la esmeralda.

—También lo sé.

Nikolaus comprendió entonces que ninguna de las dos afirmaciones resolvía realmente nada. Maria se dirigió al salón y Johann la siguió.

No se sentaron juntos. Maria eligió un sillón próximo a la ventana. Johann permaneció de pie al principio, frente a ella, hasta que una ligera pérdida de color en su rostro hizo que Maria señalara el asiento contrario.

—Siéntese antes de caerse.

Él obedeció. La puerta permanecía abierta. Nikolaus se había instalado en una estancia cercana con una discreción tan poco convincente que ambos sabían que cualquier alteración del tono bastaría para hacerlo aparecer. Durante unos segundos ninguno habló. Maria fue la primera.

—Ha venido.

Johann levantó la mirada.

—Sí. —La víspera de mi boda.

—Sí.

—Después de desaparecer durante tres semanas.

—Estaba enfermo.

—Podía haber enviado una carta.

Johann se quedó quieto.

—Sí, pero no pude.

Maria frunció ligeramente el ceño.

—¿Eso es todo lo que va a decir?

—No.

Johann metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta.

Maria se tensó al reconocer la caja negra. Él la colocó sobre la mesa. Cerrada. No la empujó hacia ella. No intentó abrirla. Simplemente la dejó allí.

—No he venido a ponerte esto en la mano.

El tuteo hizo que Maria respirara más despacio.

—Entonces ¿para qué lo ha traído? —Porque no quiero volver a esconder lo que deseo detrás de una discusión sobre lo que rechazo.

Maria lo miró. Johann apoyó las manos sobre las piernas.

—Mi madre me dijo algo antes de enfermar.

Una sombra de ironía apareció en los ojos de Maria.

—Su madre parece haber tenido que explicarle muchas cosas últimamente.

—Demasiadas.

Aquella vez sí hubo una mínima alteración en la boca de Maria. No llegó a ser sonrisa. Pero tampoco era ya dureza completa. Johann continuó.

—Me dijo que dejara de hablarte de todo aquello que no quería y empezara a decirte qué elegía.

Maria bajó un momento la mirada.

—Y ha necesitado tres semanas de fiebre para hacerlo.

—He necesitado bastante más que eso.

Silencio. Johann inspiró. Luego hizo la pregunta. Sin introducción, sin discurso, sin convertirla en una súplica. —¿Quieres casarte mañana con el marqués Herzfeld?