Los Goldmann: El pacto de Viena (Los Goldmann 1) Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

Johann cerró los ojos. El jardín volvió a él con una fuerza breve, la humedad, la bata caída, la voz de Maria, su miedo después, su negativa en el parque, el anillo del marqués brillando en su mano como una sentencia.

Los dos días siguientes fueron una lucha contra el cuerpo.

Johann comió aunque no tuviera hambre, bebió caldos, aceptó los paños, los tónicos y las órdenes del médico con una obediencia que no tenía nada de paciencia.

Caminó primero dentro de la habitación, después por el pasillo, luego bajó una vez las escaleras sujetándose con más firmeza de la que habría querido a la barandilla.

Leopold lo acompañó sin hacer comentarios, aunque en una ocasión, al verlo detenerse a mitad del corredor con la respiración alterada, le dijo en voz baja:

—No vas a conquistar a nadie desplomándote otra vez en su vestíbulo.

Johann lo miró de reojo.

—Qué alentador. —Soy músico, no enfermera.

La broma, mínima, logró arrancarle una sombra de sonrisa. Leopold aprovechó ese resquicio.

—¿Tienes un plan?

—Hablar con ella.

—Eso no es un plan. Eso es una intención.

Johann siguió caminando unos pasos antes de responder.

—Pedirle que me diga la verdad.

—¿Y si ya te la dijo?

La pregunta quedó entre ambos. Johann no se enfadó. Tal vez porque la había pensado demasiadas veces.

—Entonces necesito oírla sin testigos.

Leopold asintió despacio.

—Eso sí empieza a parecer un plan.

La víspera de la boda, Johann despertó antes del amanecer.

No había dormido mucho, pero por primera vez en tres semanas la cabeza estaba clara y el cuerpo, aunque débil, parecía responder con suficiente obediencia.

Permaneció un rato inmóvil, mirando la luz gris que empezaba a filtrarse por las cortinas, y comprendió que el día que tenía por delante no admitía más demora.

Si Maria se casaba, aquella era la última oportunidad.

No de imponer nada, ni de reclamar lo ocurrido o de utilizar la noche del jardín como una cadena moral.

Era la última oportunidad de mirarla a los ojos y saber si, bajo el miedo, la culpa, el orgullo y la herida, quedaba todavía algo que pudiera salvarse.

Pidió un baño caliente. El servicio lo preparó con rapidez, quizá porque toda la casa parecía entender que aquel gesto no era simple aseo, sino una forma de regreso.

El agua humeaba en la bañera de cobre y los aceites desprendían un aroma limpio, menos dulce que en otras ocasiones, con romero, lavanda y algo más amargo que ayudaba a despejar la pesadez de la fiebre.

Johann se desvistió despacio, con una conciencia incómoda de la debilidad reciente.

El cuerpo que vio en el espejo no era exactamente el mismo que había regresado del servicio militar semanas atrás.

Seguía siendo fuerte, marcado por el entrenamiento, por la disciplina y por aquella masculinidad trabajada que la vida militar había dejado en sus hombros, en el pecho y en los brazos, pero la fiebre lo había afinado, le había oscurecido la mirada,

había dejado bajo los pómulos una sombra que lo hacía parecer más adulto y más vulnerable al mismo tiempo.

Se observó sin vanidad. Pensó en Maria viéndolo en el jardín, pensó en el modo en que ella se había cubierto después, en el terror que le había cruzado el rostro al comprender lo que habían hecho, y sintió que el deseo, aunque seguía vivo, ya no podía separarse de la responsabilidad.

Se sumergió en el agua y cerró los ojos.

El calor le aflojó los músculos con una lentitud dolorosamente agradable, disolviendo parte de la rigidez acumulada en tres semanas de cama, fiebre y pensamientos repetidos.

Permaneció allí el tiempo justo, no más, porque no quería que el placer del cuerpo lo distrajera de la urgencia del alma.

Al salir, se secó, se afeitó con cuidado, eligió un traje oscuro sin ornamentos excesivos y permitió que el criado le ajustara la chaqueta con una precisión que él apenas registró.

Sobre la mesa, dentro de la pequeña caja negra, seguía el anillo de la abuela Goldmann.

Lo tomó, no lo abrió. Lo guardó en el bolsillo interior.

Cuando bajó, Anna lo esperaba en el vestíbulo. No intentó detenerlo. Solo lo miró con esa mezcla de amor y temor que una madre no puede ocultar cuando sabe que su hijo camina hacia algo que quizá lo salve o termine de destruirlo.

—Johann.

Él se detuvo.

—No sé qué ocurrirá.

—Nadie lo sabe.

—Pero tengo que verla.

Anna asintió. —Entonces ve. Y recuerda lo que te dije.

Él sostuvo su mirada.

—Preguntarle qué quiere ella.

—Y escuchar la respuesta.

Johann inclinó la cabeza. Luego salió. La luz de la mañana era pálida, casi indecisa, como si incluso el día dudara antes de abrirse por completo.

El carruaje esperaba, pero Johann tardó un segundo más en subir.

Respiró hondo. El aire ya no tenía la humedad del jardín de los Klein ni el olor de las flores nocturnas.

Era un aire frío, claro, despierto. Un aire de final o de comienzo, aún no sabía cuál.

Y con la caja del anillo contra el pecho, con el cuerpo todavía debilitado por la fiebre y el corazón más lúcido de lo que había estado nunca, Johann Goldmann se dirigió por última vez a buscar a Maria antes de que otro hombre la convirtiera en su esposa.