Capítulo 21 #2
Habló de nervios, de agotamiento, de un cuerpo sometido a una presión demasiado fuerte tras meses de disciplina y tensión.
Anna apenas se separó de la habitación. Leopold entraba y salía, trayendo noticias, libros que Johann no leía, agua limpia, silencios compartidos.
Karl acudía a verlo una o dos veces al día, permanecía de pie junto a la cama y se marchaba sin decir demasiado.
Nadie sabía si aquello era frialdad o incapacidad. Quizá ambas cosas.
El resto de hermanos hacían lo suyo. Anna aparecía cuando su madre necesitaba descansar o comer, aunque la señora Goldmann no quería retirarse de la habitación; Leopold se la llevaba de vez en cuando.
Entre tanto, Anna, le leía o le contaba algunos cotilleos que había escuchado de las criadas.
Los mellizos se asomaban a escondidas, asustados y nerviosos.
Su juventud no les permitía entender la gravedad de la situación.
Johann deliró durante las primeras noches.
No de forma constante, ni con palabras siempre comprensibles, pero lo suficiente para que Anna entendiera que incluso la fiebre lo llevaba al mismo lugar.
Una vez murmuró el nombre de Maria con una ternura tan desarmada que ella tuvo que apartar la vista.
Otra vez pidió que no la dejaran ir, aunque no estaba claro a quién se lo pedía.
En una ocasión, cuando la fiebre alcanzó su punto más alto, cerró la mano sobre la muñeca de su madre con una fuerza inesperada y dijo, con los ojos aún cerrados:
—No era por la deuda.
Anna inclinó la cabeza hacia él.
—Lo sé, hijo.
—No era por la deuda —repitió, como si necesitara convencer a alguien ausente, tal vez a Maria, tal vez a sí mismo, tal vez a Karl, que estaba de pie junto a la puerta y lo oyó todo sin moverse.
La noticia del compromiso, de Maria Klein con el marqués, se anunció públicamente mientras Johann seguía en cama.
Llegó primero como rumor, después como confirmación social, finalmente como una nota elegante en los círculos adecuados: el conde Nikolaus Klein tenía el honor de comunicar el próximo enlace de su hija Maria con el marqués Herzfeld,
unión celebrada por las familias y acelerada por un viaje de negocios que el marqués debía emprender en breve.
La formulación era impecable. Nadie que no conociera el trasfondo habría visto en ella otra cosa que una alianza ventajosa, hermosa y perfectamente razonable.
Una joven de noble linaje aunque fortuna debilitada, un marqués rico, viajado, bien considerado, hijo único de una casa antigua, heredero de todo cuanto su padre había dejado.
La sociedad recibió la noticia con ese entusiasmo que reserva para los matrimonios donde la conveniencia y la belleza parecen coincidir sin esfuerzo.
Anna fue quien leyó la nota primero. No se la mostró a Johann. Ni siquiera la dejó sobre la mesa. La dobló con cuidado y la guardó, como si el papel pudiera herir por sí solo. Leopold la vio hacerlo.
—¿Se ha anunciado?
Ella asintió.
—Sí.
—¿Y la boda?
Anna tardó un segundo más en responder.
—Pronto.
—¿Cuánto? —No lo sé con exactitud.
Pero sí lo supo dos días después. La boda se había fijado para dentro de tres semanas, luego se adelantó aún más por el viaje del marqués, que debía partir hacia Trieste y de allí continuar ciertos asuntos familiares en el extranjero.
La rapidez del arreglo fue interpretada por muchos como prueba de decisión, de fortuna y de entusiasmo.
En la casa Goldmann, en cambio, cada nueva información caía con el peso de una puerta cerrándose.
Karl recibió la noticia con un silencio que no quiso explicar.
Se encerró en su despacho más tiempo del habitual y, durante dos días, trabajó con una intensidad seca que el banco notó sin comprender.
Nadie habría podido decir que se sentía derrotado.
Karl Goldmann no era un hombre que aceptara fácilmente esa palabra.
Pero había en su manera de leer documentos, de corregir informes y de responder al servicio una precisión demasiado afilada, como si cada pequeño error ajeno le recordara uno propio, más grande, más íntimo y mucho menos reparable.
El acuerdo se le había escapado de las manos.
No solo el acuerdo económico, sino la lectura completa de la situación.
Había creído que podía convertir una deuda en una alianza, un apellido noble en una extensión de su estructura, una muchacha en la solución de un desequilibrio social.
No había previsto el amor. O, peor aún, lo había considerado irrelevante.
Johann no supo nada durante los primeros días.
La fiebre lo mantenía entrando y saliendo de una conciencia irregular, y cuando por fin comenzó a recuperar cierta claridad, su cuerpo estaba débil de una manera que le resultó profundamente humillante.
Le costaba incorporarse sin sentir un mareo ligero, le dolían los músculos como si hubiera regresado a los peores días del servicio militar, y la cabeza, aunque ya no ardía, conservaba una pesadez que volvía los pensamientos lentos.
Anna intentó protegerlo de las noticias mientras pudo, pero proteger a un hombre de la realidad es una tarea condenada a fracasar cuando ese hombre despierta buscando el mismo nombre que todos callan.
—¿Maria? —preguntó al tercer día de conciencia completa.
Anna estaba junto a la ventana, organizando unas telas que no necesitaban ser organizadas.
—Debes descansar.
Johann la miró. La fiebre le había dejado el rostro más afilado, los ojos hundidos por el cansancio, pero en ellos seguía intacta esa obstinación que Anna conocía demasiado bien.
—Madre.
Ella cerró los ojos un instante.
—El compromiso sigue adelante.
No dijo más. No hizo falta. Johann giró la cabeza hacia el techo. Durante unos segundos no habló. Anna vio cómo el dolor le atravesaba el rostro antes de que él lograra contenerlo, y esa contención, tan parecida a la de Karl y tan diferente en su origen, le dolió casi tanto como la fiebre.
—¿Cuándo?
Anna no respondió de inmediato.
—Johann, todavía estás débil.
—¿Cuándo?
—Dentro de dos días.
La habitación pareció estrecharse.
—No.
—Se ha adelantado por un viaje del marqués.
Johann se incorporó demasiado deprisa. La sangre se le fue de la cara y tuvo que apoyar una mano en la cama para no marearse, pero aun así no volvió a tumbarse.
—Tres semanas —murmuró, como si intentara ordenar el tiempo perdido—. He estado enfermo tres semanas.
Anna se acercó. —Has estado con fiebre. No podías hacer nada.
—Siempre hay algo que hacer.
—No así.
Él la miró entonces con una desesperación tranquila, peor que cualquier estallido.
—Si no voy, la pierdo.
Anna no le dijo que quizá ya la había perdido. No tuvo crueldad suficiente, ni certeza suficiente, ni derecho. Solo se sentó junto a él y apoyó una mano sobre la suya.
—Entonces ve cuando puedas sostenerte en pie. Pero no vayas como un hombre que reclama una deuda. No vayas como tu padre. Si vas, ve a preguntarle qué quiere ella, aunque la respuesta te destruya.
Johann bajó la mirada. Durante un momento, la enfermedad, la debilidad y la noticia se mezclaron en él hasta dejarlo casi sin voz.
—¿Y si ella no quiere verme?
—Entonces tendrás que aprender a vivir con eso.
—No sé si puedo. Anna le sostuvo la mano con más fuerza.
—Sí puedes. Lo que no puedes es obligarla a salvarte de lo que ambos hicisteis.
Aquella frase, aunque pronunciada con delicadeza, lo alcanzó en un lugar que no había querido tocar.
Ambos hicisteis. Anna no conocía los detalles, no los necesitaba, pero sabía lo suficiente.