Capítulo 21
La fiebre
El primer grito no salió de Johann, sino del mozo que había acudido a recoger el caballo y que, al verlo inclinarse de un modo extraño sobre el cuello del animal, pensó durante un instante que el joven Goldmann solo había perdido el equilibrio después de una carrera demasiado violenta,
hasta que comprendió que no era cansancio lo que le vencía, sino una desconexión completa del cuerpo, una caída interior que había comenzado mucho antes de llegar a la casa y que se consumó justo cuando los dedos de Johann dejaron de aferrarse a la crin.
El muchacho apenas tuvo tiempo de sujetarlo por la cintura antes de que su peso cediera hacia un lado, y cuando el cuerpo de Johann se desplomó contra él con una rigidez sin fuerza, con la cabeza caída y el rostro desprovisto de color, el patio de entrada de la casa Goldmann,
habitualmente ordenado incluso en sus sobresaltos, se llenó de un movimiento brusco, de pasos rápidos, de voces que intentaban no elevarse demasiado y de esa alarma contenida que resulta más inquietante que el escándalo abierto.
Leopold fue el primero en aparecer en el vestíbulo, porque había permanecido desde el amanecer con una inquietud que no le permitía alejarse del todo de la entrada, como si la conversación con Johann, esa palabra pronunciada con una firmeza terrible —casarme—,
lo hubiera dejado a la espera de una consecuencia que no sabía prever.
Al oír el ruido del patio, salió sin esperar a que nadie lo llamara y encontró a su hermano sostenido entre el mozo y otro criado, con la camisa arrugada, el rostro sudoroso pese al aire fresco de la mañana y una expresión tan vacía que por un instante sintió una punzada de miedo antiguo,
casi infantil, la misma que habría sentido años atrás al ver tambalearse a una figura que en su imaginación debía permanecer siempre en pie.
Se acercó de inmediato, ordenó que lo llevaran dentro y, aunque intentó mantener la voz baja para no desatar un pánico mayor, el tono le salió más seco de lo habitual, más parecido al de Karl de lo que habría querido admitir.
Anna llegó cuando ya lo estaban subiendo por la escalera.
No preguntó primero qué había ocurrido. No lo hizo porque una parte de ella, al ver el anillo aún guardado en la mano cerrada de Johann, comprendió que la respuesta no podía ser sencilla.
Se quedó quieta un segundo, muy breve, pero suficiente para que Leopold viera en su rostro una transformación que rara vez se permitía: la comprensión inmediata de que el desastre no solo había sucedido, sino que había tocado a su hijo en un lugar mucho más hondo que el orgullo.
Después recuperó el movimiento, dio órdenes al servicio con una claridad impecable, mandó llamar al médico de la familia y pidió que prepararan la habitación de Johann, agua fría, paños limpios, té fuerte y silencio, sobre todo silencio,
porque en aquella casa incluso la desgracia debía atravesarse sin convertir los pasillos en un mercado.
Karl no estaba en casa cuando trajeron a Johann.
Había salido temprano al banco, y quizá por eso las primeras horas tuvieron una cualidad extraña, casi suspendida, como si la enfermedad de su hijo perteneciera todavía al mundo íntimo de Anna y Leopold, un mundo en el que el dolor no necesitaba traducirse de inmediato en disciplina,
causa y responsabilidad.
Johann fue tendido en la cama con cuidado.
Su respiración era irregular, no peligrosa en apariencia, pero sí marcada por una tensión que no desaparecía ni siquiera en la inconsciencia.
Tenía la piel fría en las manos y caliente en la frente, una combinación que inquietó a Anna más que cualquier queja habría podido hacerlo.
Leopold permaneció junto a la puerta, incapaz de alejarse, mientras su madre le desabrochaba el cuello de la camisa y le retiraba con delicadeza el sudor de las sienes.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Anna al fin, sin mirarlo.
Leopold tardó en responder. No porque no supiera, sino porque no tenía derecho a decirlo todo y, al mismo tiempo, tampoco podía callar lo necesario.
—Fue a casa Klein esta mañana.
La mano de Anna se detuvo apenas.
—Lo sé.
—No estaba allí. Había salido con el marqués. Anna cerró los ojos un instante, no de sorpresa, sino de dolor anticipado.
—¿Y él fue a buscarla?
—Sí.
—¿Con el anillo?
Leopold asintió, aunque ella no podía verlo.
—Madre, no sé exactamente qué ocurrió en el parque, pero cuando ha vuelto parecía… no sé cómo decirlo. No parecía herido de una forma visible, pero era como si hubiera perdido algo más que una esperanza.
Anna apretó el paño entre los dedos. Miró el rostro de Johann, la línea endurecida de la mandíbula incluso en el desmayo, el temblor mínimo de los párpados, la mano todavía cerrada con una obstinación que no correspondía ya a la conciencia, y sintió que algo dentro de ella,
algo viejo y contenido durante demasiados años, empezaba a arder con una rabia que no iba dirigida sólo a Maria, ni al marqués, ni siquiera a Johann.
Había una raíz más profunda, un origen anterior a todos ellos, una arquitectura entera de decisiones frías que había convertido a dos jóvenes en piezas de una negociación hasta que la vida, desordenada e inevitable, había entrado por las grietas y lo había destrozado todo.
El médico llegó antes del mediodía. Examinó a Johann con una prudencia grave, le tomó el pulso, observó las pupilas, la temperatura, el estado de la respiración y la tensión de los músculos, preguntó por la carrera a caballo, por el sueño de la noche anterior, por posibles golpes,
por exposición al frío, y al no encontrar una lesión clara, habló de agotamiento nervioso, de una conmoción física derivada de una impresión fuerte, de fiebre incipiente y de la necesidad de reposo absoluto.
Anna escuchó cada palabra sin interrumpir.
Leopold, en cambio, comprendió que el médico estaba dando un nombre aceptable a algo que la medicina no podía medir por completo: Johann no se había desmayado solo por cansancio.
Se había desmayado porque el cuerpo había hecho lo que el orgullo ya no podía hacer: detenerse.
Karl regresó a media tarde. Supieron que había llegado antes de verlo, por el modo en que el servicio modificó su movimiento, por ese ajuste casi invisible que ocurría en la casa cuando el patriarca cruzaba el umbral.
Anna bajó a recibirlo, porque comprendió que, si Karl subía sin preparación alguna y encontraba a su hijo ardiendo de fiebre, la primera reacción podía convertir la habitación en otro campo de batalla.
Lo esperó en el vestíbulo. Él se quitó los guantes, entregó el sombrero al criado y la miró con esa atención fría que detectaba cualquier anomalía antes de que se le diera nombre.
—¿Qué ocurre?
Anna no se anduvo con rodeos. —Johann ha caído enfermo.
Karl no se movió.
—¿Enfermo?
—Se desplomó al volver esta mañana. El médico lo ha visto. Tiene fiebre y agotamiento nervioso.
La expresión de Karl no cambió de manera evidente, pero Anna, que llevaba más de veinte años leyendo en él las variaciones mínimas que otros confundían con ausencia de emoción, vio cómo algo se cerraba de golpe detrás de sus ojos.
—¿Dónde había estado?
—Con Maria.
La frase bastó para que todo lo demás entrara en la habitación antes incluso de subir las escaleras. Karl miró hacia el piso superior, luego volvió a su esposa.
—¿Qué ha hecho?
Anna sintió que la pregunta, formulada así, concentraba todo lo que estaba mal en él.
—Tal vez deberías preguntarte qué hemos hecho todos.
Karl la miró entonces con verdadera dureza. —No dramatices.
—No dramatizo —respondió ella en voz baja—. Tu hijo está arriba con fiebre porque la mujer a la que ama se ha
comprometido públicamente con otro hombre después de que esta familia la convirtiera en objeto de un acuerdo. Si eso no merece una revisión de tus certezas, Karl, no sé qué lo hará.
Él sostuvo su mirada durante varios segundos.
En otro momento, Anna habría cedido. Aquella tarde no.
Había visto a Johann inconsciente, había entendido demasiado tarde la magnitud de algo que venía creciendo desde antes de que ninguno de ellos quisiera nombrarlo, y no estaba dispuesta a permitir que Karl convirtiera la enfermedad de su hijo en un simple acto de debilidad.
—El acuerdo era conveniente —dijo él al fin.
—Conveniente para ti.
—Para todos.
—No —respondió Anna, y esta vez la palabra salió limpia, sin violencia y sin duda—. No para ellos.
Karl subió de todos modos. Entró en la habitación de Johann sin la brusquedad de quien irrumpe, pero tampoco con la delicadeza de quien teme despertar a un enfermo.
Se detuvo junto a la cama. Johann seguía dormido, aunque no en un sueño tranquilo.
La fiebre le había encendido los pómulos, tenía el cabello húmedo pegado a la frente y de vez en cuando movía los labios como si intentara decir algo que no llegaba a formarse.
Karl lo observó largo rato. Nadie habló.
Anna permaneció al otro lado de la cama, sentada junto al recipiente de agua y los paños.
Leopold estaba cerca de la ventana, quieto, más serio de lo que Karl recordaba haberlo visto nunca.
—¿Sabe, ella, que está así? —preguntó Leopold, sin mirar a su padre.
Anna levantó los ojos hacia él. Karl también.
—No —respondió ella.
Leopold apretó los labios.
—Quizá debería saberlo.
Karl se volvió hacia él con una lentitud severa.
—No enviarás recados a casa Klein.
—No he dicho que fuera a hacerlo.
—Lo has pensado.
Leopold sostuvo la mirada de su padre con una firmeza nueva, menos brillante que la rebeldía y más peligrosa porque ya no buscaba aprobación.
—Sí, lo he pensado.
El silencio que siguió fue distinto. Karl entendió, quizá por primera vez con una claridad no intelectual, que no sólo Johann se le estaba escapando de las manos.
Leopold también había empezado a mirarlo desde un lugar en el que la obediencia ya no era automática.
Anna vio ese intercambio y no intervino.
A veces una casa no se rompe con gritos, sino cuando los hijos dejan de creer que el padre posee siempre la última palabra sobre la realidad.
La fiebre de Johann subió esa noche. El médico volvió al día siguiente y recomendó vigilancia, reposo, infusiones suaves, compresas y paciencia.