Los Goldmann: El pacto de Viena (Los Goldmann 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

El paseo

Ambos estaban tumbados sobre la capa de hierba húmeda que cubría el jardín trasero de los Klein.

María se inclinó hacía Johann, le miró a los ojos asustada.

No podía entender lo que acababa de suceder.

Sabía exactamente lo que habían hecho, lo que no comprendía era cómo no había podido resistir sus impulsos.

No era lo correcto, eso no debería haber pasado.

No estaba segura de si la declaración de Johann había sido oportunista o sincera.

Pero la había turbado. No se excusaba de su responsabilidad, ella había tomado la iniciativa en esto.

En realidad, había cumplido un deseo que llevaba vivo desde que vio a Johann en el paseo por primera vez.

Su cuerpo no se había apagado del todo, la desnudez de aquel hombre seguía confundiendola, pero no era lo correcto.

Tenía previsto un paseo en pocas horas, el sol empezaba a despuntar y se había dado cuenta de que estaban en el jardín.

Desnudos, pegados el uno al otro, en una situación más que evidente.

Se incorporó de un salto, volvió a ponerse el camisón y la bata y le suplicó a Johann que se marchara.

-María…

-Debes irte, no pueden vernos así, nadie puede enterarse de esto -dijo con urgencia y algo de miedo.

-Estamos prometidos- dijo Johann tratando de calmarla. Como si esa promesa incumplida, confusa y cargada de dolor, fuera suficiente excusa.

-No estamos casados-aclaró ella- Y, para ser honesta, diría que tampoco prometidos-le miró a los ojos con las mejillas encendidas.

Johann frunció el ceño confundido, mientras terminaba de colocarse correctamente la camisa.

-No crea, señor Klein, que este gravísimo error cambia las cosas. Usted ha sido cruel conmigo durante más de un año y medio…

-Lo lamento.

-Y debe hacerlo-asintió ella- Pero este error- miró al cielo moviendo la cabeza de un lado a otro- es solo eso, una confusión entre tantas otras.

-María, creo en nuestra promesa.

-¿Qué promesa? Yo aún no he escuchado ninguna

-Tiene razón

Ella parpadeó un par de veces para ordenar los pensamientos.

-Solo ha escuchado negativas y las quejas de un niño. Por eso debe disculparme, señorita Klein. Pero debo marcharme ahora.

Johann salió del jardín dejándola allí plantada. María estaba más herida, confusa y avergonzada que nunca. Le obeservó desvanecerse por uno de los laterales de la casa. Subió corriendo a su habitación y se metió en la cama antes de que la criada llegara para despertarla y prepararla para el paseo.

Johann no recordó con claridad el trayecto de regreso.

El frío de la madrugada apenas logró atravesar el calor que aún le recorría el cuerpo, ni el sonido de sus propios pasos sobre el camino tuvo la capacidad de anclarlo a la realidad de lo que acababa de suceder.

Todo en él seguía suspendido en ese instante anterior, en la sensación de su piel, en la cercanía de ella, en el vértigo que ahora, al alejarse, comenzaba a transformarse en otra cosa más densa, más difícil de sostener.

Cuando llegó a la casa Goldmann, el silencio era absoluto.

La luz aún no había terminado de imponerse al amanecer, y la mansión parecía recogida en sí misma, ajena a lo que acababa de ocurrir a unos pocos minutos de distancia.

Johann entró sin hacer ruido, con una rapidez contenida que no era discreción, sino urgencia, como si temiera que detenerse implicara enfrentarse demasiado pronto a las consecuencias.

No fue a su habitación. No podía. Atravesó el vestíbulo, subió los escalones sin medir el ritmo y buscó la única puerta que, en ese momento, le ofrecía algo parecido a un refugio que no fuera el silencio.

Leopold. Golpeó. Una vez. Dos.

Desde dentro se oyó movimiento, un leve arrastre, el sonido de alguien que se incorpora sin comprender aún del todo qué ocurre.

La puerta se abrió. Leopold apareció con el cabello desordenado, la expresión aún marcada por el sueño, pero con esa rapidez natural suya para percibir que algo no encajaba.

—Johann… —murmuró, bajando la voz al instante—. ¿Qué ha pasado?

Johann no respondió de inmediato. Entró.

Cerró la puerta tras de sí. Y entonces se quedó quieto.

Por primera vez desde que había salido de aquel jardín, el movimiento cesó.

Su cuerpo pareció tomar conciencia de sí mismo, de la respiración acelerada, de la tensión que aún no había abandonado sus manos, de algo que ya no podía ocultarse bajo la inercia.

Leopold lo observó. No insistió. Esperó.

—He estado en casa Klein —dijo Johann finalmente.

La frase, por sí sola, no bastaba. Pero el tono sí. Leopold se tensó apenas, lo suficiente para indicar que entendía que aquello no era una visita cualquiera.

—¿Y? Johann dejó escapar el aire lentamente. Se pasó una mano por el rostro.

—He hablado con ella.

Otra pausa. Más larga.

—Y… —añadió, pero esta vez la palabra quedó suspendida, incompleta.

Leopold lo miró con más atención.

—¿Y?

Johann negó con la cabeza, como si no encontrara una forma adecuada de nombrarlo sin romper algo más que el silencio.

—Ha ido demasiado lejos.

No hubo detalles. No hacía falta. Leopold comprendió.

No por la frase, sino por el modo en que Johann evitaba sostener la mirada, por la tensión que no abandonaba su cuerpo, por esa mezcla inconfundible de certeza y desconcierto que aparece cuando algo irreversible acaba de ocurrir.

Se apoyó ligeramente contra la mesa, cruzando los brazos.

—¿Estás seguro de lo que estás diciendo?

Johann alzó la vista. —Sí.

Silencio.

Leopold asintió muy despacio, sin juicio, sin reproche.

—Entonces ya no es solo un conflicto con padre.

No era una pregunta. Johann cerró los ojos un instante.

—No.

—¿Y ahora qué piensas hacer?

La pregunta llegó limpia. Directa. Sin rodeos.

Johann no respondió de inmediato. Caminó unos pasos por la habitación, como si necesitara recorrer el espacio antes de formular una respuesta que ya estaba ahí, pero que aún no había sido pronunciada en voz alta.

Se detuvo. Miró a su hermano. Y, finalmente, dijo:

—Casarme.

La palabra cayó con una firmeza que no había tenido antes, no en boca de su padre, no en el contexto del acuerdo, no como imposición. Esta vez no era una estructura. Era una decisión. Leopold lo observó unos segundos más. Y entonces asintió.

—Bien. No hubo sorpresa. No hubo resistencia. Solo aceptación.

—Entonces no pierdas tiempo.

Johann no esperó más. Salió.

Encontró a su madre despierta. No del todo, pero tampoco dormida. Anna estaba sentada, aún en su habitación, como si el amanecer la hubiera sorprendido antes de poder volver al descanso, y al ver entrar a su hijo comprendió al instante que algo había cambiado.

No preguntó. No de inmediato. Johann se detuvo frente a ella. Había algo distinto en su mirada. Algo que Anna reconoció. No como una sospecha. Como una certeza.

—Necesito el anillo de la abuela —dijo él.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente. Anna lo sostuvo con la mirada, recorriendo su rostro, su postura, ese gesto contenido que ya no era duda, sino resolución atravesada por algo más profundo.

Y lo entendió. Sin necesidad de palabras.

Sin necesidad de explicaciones. Se levantó.

Fue al joyero. Sus manos no temblaron, pero se detuvieron un instante antes de abrirlo, como si ese gesto, pequeño en apariencia, marcara el paso definitivo hacia algo que ya no podía deshacerse.

Sacó el anillo y se lo entregó. —Johann… —empezó.

Pero no terminó la frase. No hacía falta. Él tomó el anillo. Y se marchó.

No ensilló el caballo. No perdió tiempo en nada que no fuera avanzar. Salió a galope, con la urgencia de quien ya no puede permitirse llegar tarde, de quien ha comprendido demasiado tarde algo que, aun así, no está dispuesto a perder.

El aire de la mañana le golpeaba el rostro, pero no lograba enfriar la determinación que lo impulsaba.

Casa Klein. Solo existía ese destino. Solo esa idea.

Solo ella. Cuando llegó, el jardín estaba vacío.

Demasiado. Se detuvo. Miró alrededor. Algo no encajaba.

El silencio no era el mismo que unas horas antes.

Un criado apareció al fondo. Johann desmontó casi antes de que el caballo se detuviera por completo.

—La señorita Klein —dijo, sin aliento—.

El criado inclinó la cabeza.

—Ha salido, señor.

El golpe fue inmediato.

—¿Dónde?

—De paseo. Una pausa.

—Con el marqués.

El mundo no se detuvo. Pero para Johann, durante un instante, dejó de avanzar.

Volvió a subir a caballo, sin silla, aferrándose con los muslos y cabalgó hasta llegar al parque.

Dejó al caballo cerca de unas hierbas, sabía que podía confiar en que no se iría, ni nadie se lo llevaría.

Era demasiado evidente a qué casa pertenecía, aún sin montura, ese caballo tenía algo distintivo.

Como todos los Goldmann. Podría ser su altura.

Su firmeza. Su serenidad. Pero sin duda, si alguien viera a ese caballo en cualquier lugar del mundo, sabría que un Goldmann andaba cerca.

Caminó tan deprisa como pudo. La ropa empezó a perder la estructura y el orden habitual.

No estaba preparada para la intensidad que había vivido en las últimas horas.

Pero no le preocupó. En realidad, ni siquiera se percató.

Su corazón se aceleraba, la camisa empezaba a pegarse a su cuerpo debido al sudor. Les vió.

Caminaban cerca del lago. El señor Klein iba unos paso por detrás charlando con un viejo amigo. Johann apretó el paso, casi como cuando estaba en el cuerpo. Les alcanzó.

-Marqués, señorita Klein- saludo con una ligera y agitada inclinación.

María se tensó. Apretó los labios, sus ojos se abrieron más de lo esperable, su vientre se revolvió y su respiración se cortó.

-Señor Goldmann-respondió el marqués con expresión preocupada-¿se encuentra bien?

Johann le miró atónito, confundido.

-¿Disculpe?

-Digo ¿que si se encuentra bien? Parece agitado esta mañana.

-Necesito hablar con María, la señorita Klein-se corrigió rapidamente.

Nikolaus apareció en escena.

-¿Qué sucede?

Johann le miró.

-Necesito hablar con su hija.

-Señor Goldmann, creo que ya ha hablado usted demasiado.

-Tiene razón y le ruego que me permita un minuto más.

-Señor Goldmann, no quiero ser grosero, pero ha tenido usted, exactamente, un años y cuatro meses, para decir todo lo que quisiera. Y a mi parecer lo ha hecho, bastante contundentemente. Johann le miró abatido.

-Por favor…-suplicó.

-Padre-interrumpió María-Sólo un minuto.

Nikolaus la miró, miró al marqués. Vio aceptación en la cara de este último y cedió. El marqués parecía comprender muy bien los sentimientos de Johann. Ese abatimiento no podía ser sino, síntoma de un corazón roto. No había nada que hacer.

Caminaron un par de metros, lo suficiente como para no ser escuchados, pero si ser vistos. Nikolaus intentaba,

infructuosamente, leer los labios de ambos.

-Johann ¿qué es lo que pasa?

-María he ido a tu casa, tan rápido como he podido, ni siquiera he ensillado al caballo para no …

-Johann-le cortó ella.

-María-la miró con los ojos turbados, tiernos, doloridos-noche…

-Anoche no pasó nada Johann-le cortó ella.

Johann abrió los labios sin comprender.

-María…

-Si es a eso a lo que has venido-le miró sintiendo como cada palabra se le clavaba en el alma- debes irte.

-No puedo María.

-Pues debes hacerlo. Anoche no pasó nada, no me debes nada.

Se miraron un segundo. Johann sentía que había algo detrás de esas palabras. María estaba completamente segura de ello.

-He venido a darte eso-Johann sacó una pequeña caja de piel negra.

María negó con la cabeza. Johann abrió la caja.

María pudo ver el anillo antiguo de la abuela Goldmann, montado en oro amarillo de alta ley, con una piedra central de diamante antiguo, no perfectamente redondo, de talla mina antigua, alrededor, una corona de pequeños diamantes, dos zafiros laterales muy oscuros, casi azul noche.

La montura tenía motivos vegetales, con pequeñas hojas cinceladas en el aro.

-Disculple señor Goldmann-les interrumpió el marqués al ver lo que estaba ocurriendo.

Johann le miró con una expresión que revelaba entre tensión por la carrera y por el miedo a perder.

-Creo que ha llegado un poco tarde-continuó el marqués mientras alzaba la mano de María para mostrar algo.

Johann observó. Todo su cuerpo se contrajo al ver el anillo que llevaba en el dedo.

Un anillo de oro con una esmeralda central rectangular, de un verde profundo y limpio, rodeada por un halo de pequeños diamantes de talla antigua.

A ambos lados, dos diamantes en forma de pera.

La montura más arquitectónica, con líneas finas, simétricas, casi imperiales, como una joya comprada en París o encargada a un joyero de Viena tras un viaje.

De pronto empezó a escuchar unos leves pitidos que se agudizaban.

La vista empezó a cubrirsele con un suave velo blanco.

Miró a María con el pecho a punto de estallar.

Miró alrededor. Una multitud les rodeaba y observaba mientras cuchicheaban.

Volvió su vista a Nikolaus, que parecía satisfecho con la reacción de Johann y echó a correr hacia donde estaba su caballo.

Al llegar a casa, antes de poder terminar de bajarse del caballo, todo a su alrededor se oscureció. Sintió los brazos de alguien rodeándolo y luego se desvaneció.