Capítulo 19 #2
Rodeó la verja lateral, encontró un punto por el que acceder al jardín y avanzó entre las sombras con una mezcla de culpa, urgencia y deseo que habría debido detenerlo y que, sin embargo, solo lo empujaba hacia la ventana que creía reconocer como la de Maria.
La casa estaba en silencio. Demasiado silencio para lo que estaba a punto de hacer.
Tomó una piedra pequeña y la lanzó con cuidado. Nada. Lanzó otra. La cortina se movió. La ventana se abrió.
Maria apareció unos segundos después, envuelta en una bata clara, el cabello suelto cayéndole sobre los hombros con el desorden suave del sueño interrumpido, el rostro aún velado por el cansancio y los ojos abiertos de pura incredulidad al reconocerlo allí, en mitad de la noche, bajo su ventana,
como si el mundo entero hubiera perdido de pronto cualquier relación con la prudencia.
Johann se quedó sin hablar. Incluso recién despertada, sin joyas, sin vestido de baile, sin perfume preparado para el salón, era hermosa de una manera que lo dejó suspendido, con esa belleza íntima que no busca ser vista y por eso mismo parece más verdadera.
Maria lo miró unos segundos.
Y cerró la ventana. Johann permaneció inmóvil.
El tiempo que siguió fue insoportable. Pudo haber pasado un minuto o diez; no lo supo.
Cada sonido de la casa le pareció una amenaza, cada sombra un posible criado, cada latido una imprudencia más.
Entonces la vio aparecer por una puerta lateral del jardín, envuelta en la bata con mayor cuidado, aunque todavía demasiado ligera para la noche, demasiado próxima al sueño, demasiado vulnerable para la forma en que él la miraba.
—¿Qué hace aquí? —susurró, con una mezcla de enfado y alarma—. ¿Ha perdido completamente la razón?
—Necesitaba hablar contigo.
—No. Necesita marcharse ahora mismo. Si alguien nos encuentra aquí, será una deshonra para mí y para mi familia.
—Maria…
—Y entonces se verá obligado a casarse conmigo —añadió, con un reproche afilado que no intentó suavizar—. Que es justamente lo que no quiere.
Johann guardó silencio.
Ella se envolvió mejor en la bata al advertir la dirección de su mirada.
No era una mirada indecente, pero sí demasiado intensa, demasiado cargada de una conciencia física que la turbó en el mismo instante en que la reconoció.
La tela clara, mal cerrada por la prisa, dejaba insinuar la línea de su cuerpo con una delicadeza involuntaria, y Johann sintió cómo el deseo se le tensaba en la sangre con una violencia que tuvo que contener apretando las manos a los costados.
—Váyase —dijo ella, más bajo.
Se dio la vuelta.
—Te amo.
Maria se detuvo. Durante unos segundos no se movió. Después giró despacio, con el rostro tenso y una emoción contenida en la garganta.
—No mienta.
—No miento.
—Déjeme descansar. Mañana tengo un paseo con el marqués y necesito dormir.
—No vayas.
—No tiene derecho a pedírmelo.
—Lo sé. Pero te lo pido igualmente.
Maria lo miró con una mezcla de rabia y dolor. —Usted siempre pide cuando ya ha herido.
Johann dio un paso hacia ella, lo bastante cerca para que la noche entre ambos se volviera más estrecha, aunque todavía sin tocarla.
—Desde la primera vez que leí tu carta no he podido dejar de pensar en ti.
Me resistí por orgullo, por contrariar a mi padre, porque estaba furioso con él y fui tan ciego que no comprendí que te estaba dañando a ti.
Después vino el parque, y cuando te vi aparecer, cuando te tuve delante de verdad, mi cuerpo y mi mente se rindieron a ti de una manera que no he conseguido deshacer desde entonces.
No duermo, no como, no puedo estudiar, no puedo hablar con nadie sin que una parte de mí esté buscándote.
Ocupas cada segundo de mi tiempo, Maria.
Mis noches, mis pensamientos, el aire mismo parece traerme algo de ti y no hay nada que me ayude a sacarte de mi cabeza.
Ella respiró con dificultad, pero no se dejó vencer.
—Y aun así me rechazas una vez más.
—No te rechazo a ti. Rechazo la obligación de meterte en un matrimonio concertado para cubrir una deuda. No puedo aceptar casarme contigo por doscientas mil coronas, ni por una cifra mayor, ni por ninguna cantidad que convierta tu vida en compensación de un balance. Tu vida vale más que eso.
Maria dejó escapar una risa breve, rota, casi incrédula. —¿Mi vida? Mi vida es casarme con algún hombre rico que pueda mantenerme, con o sin amor. Esa es la vida de todas las mujeres de esta sociedad. Creí que entre nosotros habría al menos…
—¿Amistad?
Ella frunció el ceño, avanzando hacia él con una decisión que hizo que la bata se abriera apenas con el movimiento. Johann lo vio y el cuerpo entero se le tensó, no por vulgaridad, sino porque cada detalle de ella parecía haber sido creado para destruir la última frontera de su control.
—Maria —murmuró él, casi suplicando—, ¿cómo voy a obligarte a casarte conmigo sin amor? ¿Solo por dinero?
Ella sonrió con amargura y miró hacia un lado.
—¿Solo por dinero?
—No puedo privarte de un matrimonio lleno de amor solo por cubrir una deuda. El marqués…
—¿El marqués? —lo cortó ella, alzando la voz apenas lo suficiente para que ambos recordaran el peligro y bajaran de inmediato el tono.
—Se os ve bien. —¿Crees que siento algo por él?
Johann la miró, confuso, herido, incapaz ya de saber dónde terminaban sus celos y dónde empezaba la esperanza.
Maria se acercó un poco más. El perfume de violetas volvió a alcanzarlo, más tenue que otras veces, mezclado ahora con el calor íntimo de la piel y el rastro del sueño, y esa cercanía lo venció.
No pensó. No pudo. La tomó por la cintura y la besó con una pasión que llevaba demasiado tiempo contenida, un beso urgente, profundo, casi desesperado, en el que volcó la culpa, los celos, la confesión y todo el deseo que la había convertido en una presencia imposible de expulsar de su cuerpo.
Maria lo empujó.
Johann retrocedió de inmediato, respirando con dificultad, horrorizado por haber cruzado un límite sin esperar la respuesta de ella.
—Perdón —susurró—. Perdón, no debía…
No terminó.
Maria lo agarró de la chaqueta con una fuerza que desmintió por completo la fragilidad que otros veían en ella, tiró de él hacia sí y pegó su cuerpo al suyo con una decisión que lo dejó sin aire.
Fue ella quien lo besó entonces, no con la sorpresa de antes, ni con una simple rendición al impulso de él, sino con una voluntad clara, ardiente, temblorosa y profundamente suya.
Sus labios buscaron los de Johann con una intensidad que tenía algo de reproche y algo de entrega, y cuando él respondió, cuando sus manos volvieron a rodearla con una mezcla de cuidado y hambre contenida, el jardín entero pareció desaparecer bajo el peso de ese contacto.
El beso se hizo más lento y más peligroso a la vez, porque ya no era solo el estallido de un deseo reprimido, sino el reconocimiento de que ambos lo sentían, de que ambos habían estado respirando alrededor de lo mismo sin atreverse a nombrarlo.
Johann sintió el cuerpo de Maria contra el suyo, la tensión de su espalda bajo la bata, el temblor que la recorría y que no era miedo, la forma en que sus manos se aferraban a su cuello como si al apartarse pudiera deshacerse algo que ninguno de los dos quería ya perder.
Ella notó la fuerza contenida de él, la respiración rota junto a su boca, la violencia con que intentaba seguir siendo cuidadoso cuando todo en su cuerpo parecía reclamarla, y esa contradicción la encendió todavía más.
Cuando por fin se separaron apenas lo suficiente para respirar, ninguno de los dos se apartó del todo.
Maria mantuvo las manos cerradas sobre la chaqueta de Johann, como si aún no pudiera decidir si retenerlo o apartarlo para salvarse, y él apoyó la frente cerca de la suya, con los ojos cerrados, intentando recomponerse sin soltarla.
-Te amo -repitió, casi sin voz.
Maria no contestó. Pero tampoco se fue. Le miró con lágrimas en los ojos, confusa, herida, orgullosa.
Pero su cuerpo tenía otro plan y no podía contenerlo más.
Se pegó a su cuerpo con una necesidad urgente, como si sobrevivir y respirar dependieran de ello.
Dejó caer su bata. Johann la miró lo justo para no poder controlar su deseo ni un solo segundo más.
Y esa misma noche, bajo el cielo iluminado por una luna que iba consumiendose, abrazados por la oscuridad y la humedad de la noche y del jardín de los Klein, hicieron algo que nunca deberían haber hecho.
Algo, que de ser descubierto, arruinaría la reputación de la casa Klein.