Capítulo 19
La noche en el jardín
Johann ha asistido a todos y cada uno de los eventos sociales, sucedidos durante las siguientes semanas tras su visita.
No se ha perdido ni un solo baile, no precisamente por su afición por la música, ni al vals.
Más bien, por una necesidad imperiosa, agonizante y retenida de ver a María.
Los sentimientos gritaban en su fuero interno, ardía tan fuertemente como un tronco seco en el abrazo de una chimenea.
Pero los contenía con fuerza. Cada baile que María concedía al marqués, le ardía en las entrañas.
Sin embargo se mantenía impasible, frío.
En su cara asomaba una mueca, casi imperceptible, de agonía.
Imperceptible para todos menos para su madre.
Anna. Ella le observaba detenidamente, entendía los sentimientos de su hijo con una claridad abrumadora; sentía su dolor, su miedo y esa pasión que se desbordaba por los ojos de su hijo cada vez que María entraba a uno de aquellos ostentosos salones.
Lo entendía, pero no lo justificaba. En realidad, le enfadaba poderosamente.
Aunque, como una buena Goldmann, mantenía su rabía reprimida, oculta bajo una serena sonrisa.
Aquel baile fue diferente, María estaba más cerca del marqués que nunca, parecía sentirse libre…
renovada. Incluso parecía verse más hermosa que nunca.
Johann no pudo soportarlo, empezaba a entender que, su postura en todo eso, le haría perder, la que, probablemente, era la oportunidad de su vida.
Abrumado por sus pensamientos, las imágenes del salón y su corazón luchando por gritar, salió del salón.
Se retiró a una zona elevada en un lateral.
Una especie de terraza en color crema que daba paso a un espléndido jardín.
El aroma de las flores inundaba la zona, había una ligera humedad cubriendo el espacio.
Intentó recomponerse, ordenar sus pensamiento, idear la forma de recuperar el terreno, que por incompetencia y egoismo había perdido.
-Oh, disculpa…
Esa voz, esa familiar y dulce voz que de pronto aparecía a sus espaldas. Cerró los ojos y antes de girarse suavemente inspiró ese aire aromatizado que venía del jardín.
-María-acierta a decir antes de que ella entre en el salón.
María se gira, la observa con su cuidado vestido color crema que deja entrever su figura.
-Señor Klein-contesta.
-Me gustaría disculparme con usted.
María abre los ojos y separa los labios como para decir algo, pero no lo hace. Al contrario, corrige su postura, la endurece y frunce su ceño.
-No tiene por qué, señor Klein.
-Yo creo que sí.
Le mira confusa y dolida. Siente en su interior la división de su alma. Paz o guerra.
-Usted me parece una mujer excepcional-empieza.
-Pero no lo suficiente como para casarse conmigo-termina ella.
Johann niega con la cabeza, se frota la frente, se acerca a ella. Demasiado cerca. María siente su olor y su cuerpo se tensa. Da un paso hacia atrás.
-Todo lo contrario señoria Klein.
María alza las cejas tan enfadada como confusa.
-Pero no puedo acaptar la idea que conlleva este matrimonio.
-Sinceramente, señor Goldmann -puso los ojos en blanco, mientras negaba con la cabeza y resoplaba, algo que rompía por completo la compostura a la que había acostumbrado a Johann, pero que no era, sino,
una muestra del agotamiento emocional que le provocaba esa situación-no se si ese pensamiento le hace más honorable, o le convierte en un soberano imbécil.
María no pudo contener más su rabia, su pena, su rechazo y su dolor.
Johann abrió los ojos sorprendido por aquella muestra de sinceridad, tan fuera de lo común pero tan brutal.
Le dejó allí plantado y volvió al salón.
Johann trató de recomponerse antes de entrar al salón y poner fin a su presencia en esa fiesta.
El marqués la esperaba cerca de una mesa lateral con un refresco claro servido en una copa de cristal.
Al verla regresar, se inclinó apenas, le ofreció la bebida y le dijo algo que Johann no alcanzó a oír desde la puerta, pero Maria sonrió de nuevo, aunque esta vez con una sombra de tensión bajo la cortesía.
Johann entró unos minutos después, pero ya no soportaba la música, ni las risas, ni la visión del marqués inclinado hacia ella con esa seguridad tranquila que parecía no encontrar resistencia alguna.
Se acercó a Anna.
—Madre, quiero irme.
Ella lo miró con atención. Vio el rostro pálido, la mandíbula rígida, los ojos demasiado vivos para fingir cansancio.
—¿Te encuentras mal?
—Sí —respondió él, y por primera vez la palabra no fue del todo mentira—. No puedo quedarme aquí.
Anna no insistió. Se despidieron con la discreción posible y regresaron a casa en un silencio muy distinto al de otras noches. Johann no dijo nada durante el trayecto. Anna tampoco. Había momentos en que incluso una madre debía permitir que el dolor terminara de tomar forma antes de tocarlo.
Johann no volvió a mencionar el nombre de Maria durante el camino de regreso, pero Anna no necesitó oírlo para comprender que todo cuanto ocupaba la mente de su hijo cabía en ese nombre y en la forma en que él trataba, inútilmente, de no pronunciarlo.
Había en su silencio una rigidez demasiado consciente, una manera de mirar por la ventanilla del carruaje sin ver realmente las calles, los faroles, los portales ni las sombras alargadas de Viena,
que delataba con más claridad que cualquier confesión la violencia interior que estaba intentando contener.
Anna lo observó sin invadirlo, permitiendo que la distancia del trayecto hiciera una parte del trabajo que las palabras aún no podían hacer, aunque sabía, por esa intuición antigua que había aprendido a desarrollar dentro de un matrimonio donde muchas cosas importantes rara vez se decían de frente,
que Johann estaba llegando a un punto en el que la contención empezaba a parecerse demasiado al daño.
Cuando llegaron a la casa Goldmann, Karl no estaba en el vestíbulo, y esa ausencia permitió que la entrada en la casa conservara un matiz casi íntimo.
Johann entregó los guantes y el sombrero al servicio con una corrección automática, pero no hizo ademán de retirarse.
Anna lo condujo al salón pequeño, no al despacho ni al comedor, porque comprendía que aquella conversación no debía pertenecer todavía al orden severo de la casa, sino a un espacio más blando, más suyo,
donde la luz de las lámparas y el calor discreto del fuego pudieran sostener lo que él aún no sabía formular.
Se sentó primero, no para imponerse, sino para ofrecerle a su hijo una calma a la que él pudiera acercarse sin sentirse acorralado.
—Dime qué ha ocurrido —pidió ella, con esa voz baja que no exigía obediencia, sino verdad.
Johann permaneció de pie junto a la chimenea, con una mano apoyada en el mármol y la mirada fija en las llamas, como si necesitara hablar sin mirar directamente a nadie para no perder la poca firmeza que aún conservaba.
—Me he portado como un idiota.
Anna no sonrió, aunque algo en su expresión se suavizó.
—Eso es un comienzo más honesto que muchos otros.
Él soltó el aire con una mezcla de cansancio y frustración, y por fin se volvió hacia ella.
—He intentado explicarle por qué me resisto al matrimonio, pero cada vez que hablo termino haciéndola sentir rechazada. No sé cómo decirle que no es ella, que nunca ha sido ella, sin que suene exactamente a eso.
—Porque sigues empezando por ti —respondió Anna.
Johann frunció el ceño.
—¿Por mí? —Por tu resistencia, por tu padre, por la obligación, por la deuda, por el modo en que todo fue dispuesto. Todo eso importa,
Johann, no lo niego, pero si cada vez que hablas con Maria empiezas por explicar lo que no puedes aceptar, ella solo escucha una cosa: que no la eliges.
La frase cayó con una limpieza dolorosa. Johann apartó la mirada, no por desacuerdo, sino porque la verdad le resultó demasiado evidente una vez pronunciada.
—La amo —dijo al fin, con una voz más baja.
Anna lo miró entonces con una ternura que no se permitió volverse indulgente.
—Entonces deja de defenderte como si amarla fuera una derrota frente a tu padre.
Él cerró los ojos un instante.
—No quiero que piense que acepto casarme con ella porque debo.
—Y ella no quiere sentir que solo la amas cuando no hay consecuencias —respondió Anna—.
El amor no siempre llega en el orden que una habría deseado.
A veces aparece dentro de una estructura injusta, y eso no lo vuelve falso.
Lo que lo vuelve falso es no tener el valor de distinguirlo de aquello que lo rodea.
Johann sostuvo aquella idea en silencio.
Era exactamente lo que llevaba meses incapaz de resolver: separar a Maria del acuerdo, a la mujer de la deuda, al deseo de la obediencia, al amor de la victoria o la derrota frente a Karl.
Anna se levantó y se acercó a él, apoyando una mano sobre su brazo con una firmeza suave.
—Si quieres que Maria te crea, no le hables de lo que rechazas. Háblale de lo que eliges.
Él la miró como si en esa frase hubiera algo que necesitara aprender de memoria.
—¿Y si ya es tarde?
—Entonces al menos no llegarás tarde también a la verdad.
Ambos se fueron a la cama. Pero esa noche Johann no durmió.
Dio vueltas en la cama durante horas, incapaz de encontrar una postura que aliviara el desorden de su mente.
Cada vez que cerraba los ojos veía a Maria en el jardín, la oía decir que él no la amaba, sentía el golpe exacto de aquella acusación y, junto a ella, la imagen de Herzfeld ofreciéndole una copa como si el lugar a su lado le perteneciera con una naturalidad que Johann no había sabido ganarse.
Encendió una vela, la apagó, volvió a encenderla.
Se sentó al borde de la cama, se pasó ambas manos por el rostro y comprendió que, si esperaba al día siguiente, si volvía a medir, a razonar, a ordenar la situación, perdería otra vez el valor de decir lo único que importaba.
Se vistió. Salió de la casa sin despertar a nadie y caminó hacia la casa Klein con la determinación febril de quien ya no distingue del todo entre imprudencia y necesidad.
La noche estaba fría, pero él apenas la sintió.