Los Goldmann: El pacto de Viena (Los Goldmann 1) Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

deshaciendo lentamente el peinado que había sostenido durante todo el día.

El cabello le cayó sobre los hombros con una suavidad que la hizo parecer más joven y más vulnerable, y quizá por eso tardó tanto en apartar la mirada de su propio reflejo.

Había en sus ojos un brillo extraño, no exactamente de felicidad, tampoco de tristeza, sino de esa confusión profunda que aparece cuando una persona empieza a descubrir que su corazón no obedece a una sola verdad.

Pasó el cepillo una vez, luego otra, y el gesto repetido la ayudó a ordenar una parte mínima de sus pensamientos, aunque no consiguió calmarla del todo.

Pensó en Johann, en su intensidad, en su manera de mirarla como si todo en él se incendiara y, al mismo tiempo, siguiera luchando contra las llamas.

Pensó en el marqués, en su risa tranquila, en la calidez de su madre, en la historia de aquel matrimonio que había nacido de la conveniencia y se había convertido, con los años, en algo casi parecido a un amor profundo.

Pensó en su padre, en la deuda, en la fragilidad de la casa Klein, en el modo en que todos hablaban de su futuro como si fuera un puente necesario entre problemas que no había creado.

Y entonces, mientras seguía peinándose, comprendió que lo más agotador no era sentirse dividida entre dos hombres, sino advertir que cada uno de ellos despertaba en ella una parte distinta de sí misma.

Con Johann era deseo, vértigo, herida, una forma de vida que parecía arrastrarla más allá de los límites.

Con Herzfeld era calma, risa, ternura, una promesa de hogar donde quizá podría respirar sin estar siempre defendiendo su lugar.

Durante unos minutos, antes de abandonar del todo el tocador, recordó también la manera en que la marquesa le había apretado las manos al despedirse, con una confianza tan sencilla que casi parecía impropia de una mujer que acababa de conocerla, y esa memoria le produjo una ternura inesperada,

porque no era únicamente el marqués quien se ofrecía ante ella como posibilidad, sino toda una casa, una forma de familia, una mesa donde se reía sin miedo a interrumpir el orden, una madre que hablaba de su hijo con orgullo y humor,

y una vida en la que el deber no parecía necesariamente enemigo de la alegría.

Aquello la desarmaba de un modo distinto al deseo, quizá más lento, pero no menos profundo, porque Maria había vivido demasiado tiempo entre cuidados que también eran límites, entre silencios que protegían y encerraban al mismo tiempo, y descubrir que podía existir una autoridad dulce,

una maternidad amplia, un hogar donde la nobleza no tuviera siempre el rostro grave de la obligación, la hacía sentirse extrañamente culpable, como si al imaginarse allí estuviera traicionando no solo a Johann, sino también a su propio padre,

a la casa Klein y a la muchacha que había aprendido a esperar sin pedir demasiado.

Se preguntó entonces si la felicidad podía comenzar como una falta, si era posible que algo bueno naciera de una situación tan injusta, y la pregunta se quedó con ella, obstinada, mientras la última vela consumía en silencio una línea de cera sobre el candelabro.

No encontró respuesta, pero por primera vez aceptó que la pregunta también formaba parte de su vida y de su verdad más íntima aún.

Aquella noche no lloró. Tampoco sonrió. Se limitó a contemplarse con una honestidad que casi le dolía y comprendió que, por primera vez, empezaba a desear algo para sí misma, no solo para salvar a su padre, no solo para honrar un apellido,

no solo para cumplir con lo que la sociedad esperaba de una joven de su clase.

Y ese deseo, precisamente porque era suyo, la asustó más que cualquier obligación.

Dejó el cepillo sobre la mesa, apoyó las manos sobre el borde del tocador y respiró despacio.

No sabía si amaba al marqués, ni si podría dejar de amar a Johann, ni siquiera si la palabra amor servía de algo cuando todo a su alrededor estaba atravesado por deudas, nombres y decisiones ajenas.

Solo sabía que estaba cansada de ser el lugar donde otros resolvían sus conflictos, cansada de ofrecer serenidad cuando por dentro todo se movía, cansada de parecer siempre digna, siempre correcta, siempre capaz de soportar lo que viniera.

Se puso en pie y apagó una de las velas.

La habitación quedó más oscura, más íntima.

Al acercarse a la cama, todavía con el peso del día adherido a la piel, Maria comprendió que quizá hacerse mujer no consistía únicamente en casarse, ni en obedecer, ni en elegir al hombre adecuado, sino en descubrir que dentro de una misma pueden convivir la culpa, el deseo, la ternura,

la rabia y la esperanza sin que ninguna de esas cosas anule por completo a las demás.

Y antes de dormir, con la imagen del marqués sonriendo en el baile y la memoria de Johann ardiendo en un rincón más secreto de su cuerpo, se permitió una verdad pequeña, humana, imperfecta: no quería hacer daño a nadie,

pero tampoco quería desaparecer dentro de una vida que otros hubieran decidido por ella.

Y esa noche, por primera vez, rezó no para que alguien le mostrara el camino correcto, sino para tener valor cuando tuviera que elegirlo.