Capítulo 18 #2
La conversación fluyó con una naturalidad que la joven casi había olvidado que podía existir en una mesa.
La marquesa contaba anécdotas de la infancia de su hijo, pequeñas travesuras, miedos ridículos, manías adorables, y Herzfeld protestaba con una dignidad fingida que solo hacía más evidente la confianza entre ambos.
Maria reía más de lo que había reído en meses.
No a carcajadas, ni de forma impropia; con una claridad que le nacía sin esfuerzo, una risa breve y luminosa que hacía que la marquesa la mirara con un afecto creciente y que el marqués, cada vez que la escuchaba, quedara un instante suspendido en ella.
En algún momento, mientras la marquesa relataba cómo su hijo, con nueve años, había intentado convencer a un criado de que un mapa de Europa podía corregirse si uno dibujaba las fronteras con suficiente convicción, Maria sintió una ternura tan limpia hacia él que tuvo que bajar la vista.
La culpa apareció de nuevo.
No era solo Johann. No era solo el acuerdo.
Era también la sensación de estar entrando en una casa que la recibía con bondad, de permitir que una mujer mayor la mirara como posible hija, de dejar que un hombre noble y sincero depositara en ella una esperanza que ella no estaba segura de poder corresponder sin traicionarse o traicionar a
otros.
Aun así, cuando la marquesa le preguntó si le gustaba tocar el piano, y Maria respondió que muy poco y con más respeto que talento, Herzfeld intervino diciendo que el respeto ya era una forma muy digna de talento cuando se aplicaba al arte, y ella volvió a sonreír.
Su corazón, desobediente, no parecía dispuesto a permanecer en un solo lugar.
Después de la cena, a los pocos días hubo un baile.
El salón donde se bailó era más recogido que los grandes salones ducales, pero estaba iluminado con una calidez que hacía brillar las maderas, los espejos y las telas sin volverlos abrumadores.
Herzfeld solicitó el primer baile con una cortesía que no necesitaba teatralidad, y Maria aceptó.
Mientras se situaban entre las demás parejas, ella notó que el contacto con él no la alteraba del modo en que la alteraba Johann.
No había ese incendio inmediato, esa amenaza física de desorden, esa tensión que parecía arrastrarla hacia un precipicio.
Con el marqués había otra cosa: una seguridad que invitaba a confiar, una proximidad que no la devoraba, un placer tranquilo que no exigía renunciar a la compostura.
Y quizá, pensó con un dolor inesperado, eso era precisamente lo que convenía a una vida.
La música comenzó, y durante los primeros compases hablaron poco. Él bailaba bien, con una firmeza suave, atento al movimiento de ella, sin corregirlo ni dominarlo. Maria, que se sentía cada vez más cómoda en su presencia, se atrevió a preguntarle por algo que llevaba deseando saber desde la cena.
-Su madre habla de usted como si hubiera sido un niño muy feliz- dijo.
El marqués sonrió de una forma distinta, más honda, menos social.
-Lo fui. Tuve una infancia hermosa. No perfecta, porque ninguna lo es, pero sí llena de una seguridad que he aprendido a valorar más con los años.
Maria lo miró con interés.
-¿Por ella?.
-Por ella y por mi padre-respondió. -Mis padres se casaron en unas condiciones que quizá no fueron tan distintas a las que existen entre nosotros.
Había conveniencia, propiedades, expectativas familiares, obligaciones que precedían a cualquier sentimiento.
Mi madre me contó una vez que, al principio, la aterraba la idea de compartir su vida con un hombre al que respetaba más de lo que conocía.
Maria sintió una punzada en el pecho y la mirada se le desvió apenas, como si de pronto el suelo del salón hubiera adquirido una inclinación difícil de sostener.
Herzfeld continuó sin advertir del todo el efecto que sus palabras producían en ella, o quizá advirtiéndolo con la delicadeza suficiente para no señalarlo.
-Con los años surgió entre ellos un cariño muy profundo.
No sé si mi madre lo habría llamado amor al principio, pero cuando hablaba de él después de su muerte, había en su voz algo que se parecía demasiado al amor para negarlo.
Tal vez existen sentimientos que no nacen como los poetas dicen, sino que se construyen con paciencia, con respeto, con una fidelidad diaria que termina por parecerse a una elección.
Maria se ruborizó entonces de forma inevitable.
No por simple pudor, sino por culpa. Porque aquello que el marqués describía era hermoso, posible, incluso digno, y, sin embargo, ella seguía atada a un secreto que lo volvía casi cruel.
El acuerdo con los Goldmann, la deuda de su padre y la sombra de Johann, todo regresó a ella con una fuerza silenciosa que la hizo sentirse indigna de la limpieza con que Herzfeld hablaba del matrimonio.
—¿Y usted heredó todo cuando él murió? —preguntó, buscando sostener la conversación en un terreno menos íntimo, aunque la voz le salió un poco más baja de lo previsto.
—Sí —respondió él—. Soy hijo único. Mi padre murió de fiebre tifoidea cuando yo era todavía joven.
Entonces era una enfermedad demasiado frecuente, demasiado rápida en algunos casos.
Durante un tiempo mi madre sostuvo la casa con una entereza que yo no comprendí del todo hasta que tuve edad para saber cuánto le había costado.
Creo que por eso deseo casarme bien, señorita Klein.
No bien en el sentido frío que suele darse a esa expresión, sino con alguien que pueda entrar en mi vida y en mi casa sin sentirse prisionera de ellas.
He visto bastante mundo para saber que la fortuna no basta si una casa carece de alegría.
Maria no supo responder enseguida. La música seguía, las parejas giraban, la marquesa los observaba desde un lado del salón con una sonrisa maternal y discreta, y Maria sintió que algo en ella se quebraba con una ternura difícil de soportar.
El marqués no era solo una salida. No era solo una solución.
Era un hombre real, con una historia, con una madre que lo quería, con un deseo honesto de construir algo que no fuera únicamente útil.
Y ella, que había entrado en ese cortejo creyendo que podría mantener una distancia prudente, se descubrió peligrosamente cerca de querer creerle.
La velada terminó con una despedida amable.
La marquesa volvió a tomarle las manos, le dijo que esperaba verla pronto, que en aquella casa siempre habría un té preparado para ella si deseaba visitarlas, y Maria tuvo que contener una emoción absurda ante esa frase tan sencilla.
Herzfeld la acompañó hasta el carruaje con Nikolaus, y al despedirse inclinó la cabeza con una gravedad que contrastaba con el tono ligero que había mostrado durante la tarde.
-Gracias por venir-dijo.-Ha sido una de las mejores noches que he pasado desde mi regreso.
Maria respondió con una cortesía adecuada, pero en el interior de su pecho la gratitud y la culpa se entrelazaron con tanta fuerza que por un momento no supo cuál de las dos pesaba más.
Esa noche, ya en su habitación, cuando la casa Klein volvió a quedar envuelta en el silencio familiar y la criada se retiró después de ayudarla a desvestirse, Maria permaneció sentada frente al espejo con el cepillo entre las manos,