Los Goldmann: El pacto de Viena (Los Goldmann 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

El cortejo

El cortejo del marqués no comenzó con una declaración, ni con una promesa, ni siquiera con uno de esos gestos evidentes que las familias observan con prudencia mientras fingen no advertirlos.

Empezó con una sucesión de encuentros que, por su aparente ligereza, resultaron mucho más peligrosos para Maria que cualquier escena solemne.

Después de tantas semanas marcadas por la tensión, por el orgullo herido de Johann, por el peso del acuerdo y por esa sensación constante de estar siendo arrastrada hacia una vida decidida por otros, la presencia del marqués Herzfeld introdujo en sus días una claridad distinta, casi fresca,

como si de pronto se abriera una ventana en una habitación donde el aire llevaba demasiado tiempo detenido.

No era que con él desaparecieran las obligaciones, ni que su apellido, su fortuna y su posición no formaran parte de la ecuación que todos, incluido su padre, evaluaban en silencio; era más bien que, cuando estaba a su lado,

Maria podía respirar sin sentir que cada palabra escondía una herida anterior.

El primer paseo tuvo lugar en el Volksgarten, a una hora en la que Viena parecía entregarse a ese modo elegante de mostrarse sin prisa, con damas caminando acompañadas, caballeros que se detenían a saludar con una inclinación justa,

niños vigilados por institutrices y ancianos sentados en bancos desde los que parecían contemplar no solo el jardín, sino también la lenta representación social que se desarrollaba ante ellos.

Los senderos de grava, los parterres perfectamente cuidados, las rosas abiertas bajo una luz amable y la arquitectura cercana del mundo imperial ofrecían a la escena una belleza ordenada, casi teatral, aunque no por ello falsa.

Maria caminaba junto al marqués con su criada unos pasos más atrás y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió que la vigilancia exterior le resultara asfixiante.

La presencia de la mujer, discreta y silenciosa, no impedía la conversación; más bien la protegía, la mantenía dentro de los límites aceptables y permitía que todo lo que ocurría entre ellos pareciera razonable, visible, intachable.

Herzfeld hablaba con una soltura que no confundía ligereza con superficialidad.

Comentaba el color de los rosales, la manera en que el parque cambiaba según la hora del día, el hábito vienés de convertir el paseo en una forma de lectura social, y lo hacía con un humor amable, nunca hiriente, que le permitía a Maria responder sin sentirse examinada.

-En Viena - dijo él en un momento, mientras reducían el paso junto a una fila de bancos ocupados por señoras mayores- nadie pasea solo para caminar. Se pasea para ser visto, para ver y, en ocasiones, para fingir que no se mira a quien se está mirando con mucha atención.

Maria sonrió antes de poder evitarlo, y aquella sonrisa, tan sencilla, tan suya, pareció complacer al marqués más que cualquier cumplido elaborado.

-Entonces debo concluir-respondió ella- que este parque es menos inocente de lo que aparenta.

Él la miró con una expresión divertida, pero no atrevida.

-Casi nada verdaderamente elegante lo es, señorita Klein. La inocencia absoluta suele ser torpe. La elegancia, en cambio, sabe ocultar muy bien sus intenciones.

Maria no se sintió ofendida, porque en su voz no había insinuación vulgar, sino esa clase de inteligencia social que reconoce el juego sin ensuciarlo.

Caminaron un poco más, deteniéndose ante un rosal que parecía inclinarse hacia el sendero, y el marqués le habló de algunas ciudades que había conocido durante sus viajes, no con el orgullo de quien enumera conquistas, sino con la curiosidad de quien todavía conserva la capacidad de sorprenderse.

Le habló de París, de su ruido y su brillo; de Génova, con su puerto lleno de lenguas distintas; de Trieste, donde había aprendido que los negocios no siempre se sellan en despachos, sino también en mesas largas, entre hombres que fingen hablar de vinos mientras calculan mercancías.

Maria escuchaba con una atención cada vez más viva.

Había en sus relatos una amplitud de mundo que la fascinaba, una promesa de vida exterior que contrastaba con la quietud medida de la casa Klein, con sus ventanas cerradas, sus paseos vigilados y su aire siempre templado.

No era solo el hombre quien le resultaba atractivo; era la posibilidad que parecía traer consigo.

Y ahí comenzó la culpa. No de golpe, no con violencia, sí como una sombra fina que se mezclaba con la luz del paseo.

Porque Maria se descubrió esperando sus frases, deseando que la conversación se alargara, sintiendo una pequeña alegría cuando él encontraba en sus respuestas algo que le interesaba de verdad.

Se sintió vista sin ser forzada, escuchada sin ser conducida, y esa sensación, que habría debido ser simplemente agradable, se volvió dolorosa al recordarle que su vida no era un espacio abierto donde un sentimiento pudiera crecer sin consecuencias.

El acuerdo con los Goldmann seguía existiendo, aunque Johann lo hubiera desordenado todo con su orgullo, su deseo y sus contradicciones.

La deuda de su padre no se había desvanecido porque otro hombre la hiciera reír.

Su nombre seguía sujeto a un pacto que nadie había pronunciado delante de ella con toda su crudeza, pero que sostenía en silencio cada decisión.

Y, sin embargo, cuando el marqués inclinó apenas la cabeza para escuchar mejor algo que ella decía sobre los libros que solía leer, Maria sintió que una parte de sí misma, una parte joven, viva, no resignada, se acercaba a él sin pedir permiso.

La conversación se hizo más distendida a medida que avanzaban.

Ella le habló de sus lecturas con más libertad de la esperada, de cómo ciertos personajes femeninos le producían ternura y cansancio al mismo tiempo, porque parecían vivir siempre entre lo que sentían y lo que podían permitirse.

El marqués no la interrumpió con comentarios fáciles.

-Quizá por eso resultan verdaderas-respondió.-Los hombres solemos llamar destino a aquello que nos conviene no revisar demasiado, pero las mujeres, me parece, aprenden antes que nosotros que casi toda elección viene ya estrechada por una puerta que alguien construyó antes.

Maria lo miró entonces con una sorpresa tan sincera que no pudo disimularla.

-Habla usted como si hubiera pensado mucho en las mujeres-dijo.

Herzfeld sonrió, esta vez con un matiz más personal.

-He pensado mucho en mi madre. Eso basta para empezar a corregir algunas soberbias.

Aquella respuesta le llegó a Maria con una suavidad inesperada. No era una frase galante. Era una puerta. Y ella, sin quererlo, deseó cruzarla.

La invitación a cenar en la casa Herzfeld llegó pocos días después, tan correctamente formulada que no dejaba lugar a sospecha y tan bien situada en el tiempo que parecía la continuación natural del paseo.

Nikolaus la aceptó con una prudencia que intentaba parecer desapasionada, aunque Maria notó el modo en que sostuvo la tarjeta un instante más de lo necesario, como si evaluara no sólo la cortesía del marqués, sino también el alcance de lo que aquella posibilidad podía suponer.

Para su padre, Herzfeld era una solución en sí mismo: título, fortuna, prestigio, juventud suficiente, experiencia y una voluntad declarada de contraer matrimonio.

Pero también un problema, ya que no podía romper el pacto Klein y no tenía recursos para sostener la dote de su hija.

Para Maria, en cambio, la invitación tenía una textura más complicada, porque detrás de la conveniencia había empezado a formarse algo que no podía reducirse a ella. Y eso la asustaba más.

La casa del marqués no tenía la calidez envolvente de los Goldmann ni la contención vigilada de los Klein.

Era una residencia amplia, refinada, con una elegancia más viajada, menos inmóvil, como si los objetos hubieran llegado a ella desde distintas partes del mundo sin perder por ello la coherencia general del conjunto.

Había tapices discretos, porcelanas orientales, mapas enmarcados, algunas piezas de marfil colocadas en vitrinas y muebles oscuros, sólidos, que no parecían adquiridos para impresionar a los visitantes, sino porque habían acompañado a la familia durante generaciones.

Maria lo percibió enseguida. Aquella casa no se limitaba a exhibir riqueza; narraba continuidad.

Y en esa continuidad ella sintió de nuevo el vértigo de lo que podía estar abriéndose ante ella.

La marquesa Herzfeld la recibió antes de pasar al comedor, y Maria comprendió de inmediato por qué el marqués había hablado de su madre con aquella mezcla de respeto y ternura.

Era una mujer mayor, aunque no anciana, de rostro lleno de luz y expresión jovial, con los ojos despiertos de quien conserva curiosidad por el mundo y una sonrisa tan maternal que no necesitaba imponerse para envolver.

Vestía de un tono malva suave, con encajes discretos en el cuello y las mangas, y llevaba el cabello ya plateado recogido con una gracia que no intentaba negar la edad, sino hacerla luminosa.

Al tomar las manos de Maria, no lo hizo con esa frialdad aristocrática que convierte todo saludo en un examen, lo hizo con una calidez franca, casi doméstica, que la desarmó.

-Así que usted es Maria-dijo, mirándola con verdadero interés.

-Mi hijo ha regresado de medio mundo hablando con prudencia de casi todo y, sin embargo, ha necesitado muy poco tiempo en Viena para perder esa prudencia al hablar de usted.

Maria se ruborizó con una intensidad que no pudo ocultar.

-Espero no haber sido causa de exageraciones, señora.

La marquesa soltó una risa baja, deliciosa, viva.

-Las exageraciones son inevitables en los jóvenes, querida. La cuestión es si contienen alguna verdad. Y yo sospecho que esta vez sí.

La cena fue una sorpresa por su sencillez dentro de la magnificencia.

El comedor estaba dispuesto con abundancia, pero no con rigidez.

Se sirvieron una sopa clara, pescado delicadamente preparado, carne con una salsa especiada que el marqués explicó haber conocido en uno de sus viajes, verduras tiernas, vinos elegidos con cuidado y, al final,

un dulce de almendra y frutas confitadas que la marquesa recomendó a Maria con una insistencia cariñosa.