Los Goldmann: El pacto de Viena (Los Goldmann 1) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Hubo una pausa, pequeña, pero llena. Maria bajó la vista hacia el plato y tomó una de las pequeñas pastas, más para ordenar el momento que por verdadero apetito.

Al morderla, el crujido leve del azúcar y la delicadeza de la masa la devolvieron por un instante a la escena concreta del salón, a la taza aún tibia, a la luz de la mañana y al hecho de que, por más compleja que siguiera siendo su vida interior, estaba allí, a salvo,

hablando con un hombre que no la confundía ni la hería.

Y esa sencillez le gustó. Le gustó más de lo que esperaba.

Empezó entonces a mirarlo de un modo distinto, ya no solo como el joven marqués rico y bien situado que tantas madres habrían considerado un candidato inmejorable, sino como alguien que poseía una claridad valiosa.

Sabía lo que quería. No parecía avergonzarse de desear una esposa, una casa, una descendencia.

Había viajado, había hecho negocios, había visto mundo y regresaba no como un aventurero desordenado, sino como un hombre que había probado bastante de la vida para decidir después cómo deseaba organizar la suya.

Y en esa firmeza sin dureza, en esa combinación de experiencia, inteligencia y humor, Maria empezó a entrever una posibilidad que no carecía de atractivo: quizá aquel hombre podía ser, en efecto, una solución.

No solo a sus problemas familiares, ni a la presión cada vez más visible sobre su futuro, sino también al cansancio más íntimo de seguir esperando de Johann una nitidez que todavía no llegaba.

Herzfeld, como si percibiera el desplazamiento de su atención hacia un terreno más receptivo, eligió con gran precisión el momento para plantear la siguiente invitación.

—La próxima semana habrá un baile en casa del vizconde y la vizcondesa von Riedl —dijo—. No me atrevería a dar por supuesto que su agenda social es menos rica que la mía, pero si piensa asistir, me gustaría pedirle desde ya el primer baile.

Nikolaus pasó otra página. Maria alzó la vista hacia el marqués y percibió, bajo la elegancia de la petición, una intención mucho más firme que la simple galantería. No era un hombre que tanteara sin saber dónde pisa. Estaba avanzando, con cortesía, pero avanzando.

Podría haber dudado más. Podría haber desviado la respuesta con gracia, reservándose un margen mayor. Podría incluso haber declinado con elegancia si el eco de Johann hubiera pesado en ella más que la realidad presente de aquella mañana. Pero no lo hizo.

—Sí —respondió—. Si asisto, el primer baile será suyo.

Herzfeld sonrió, no con triunfo, sino con una satisfacción contenida que resultó todavía más atractiva.

—Entonces haré cuanto esté en mi mano por asegurarme de que no cambie de idea.

La conversación continuó todavía un rato, ya más relajada, tocando asuntos menores, anécdotas de viaje, impresiones de ciertas ciudades italianas, hábitos sociales de París comparados con los de Viena, e incluso un breve comentario de Maria sobre cómo, a veces,

imaginaba el mundo a través de los libros y lo encontraba menos sorprendente de lo que debía de ser para quienes realmente lo veían.

Herzfeld respondió con una observación tan inteligente como sencilla, que quizá viajar sirviera menos para descubrir el mundo que para descubrir qué parte de uno mismo sigue intacta al verlo cambiar todo alrededor.

Maria guardó esa frase en la memoria con una gratitud silenciosa.

Era la clase de reflexión que ella misma habría podido pensar y, sin embargo, no habría sabido formular de forma tan limpia.

Cuando por fin el marqués se puso en pie para despedirse, el ambiente del salón había perdido toda la tirantez inicial.

El té se había enfriado ligeramente, los pasteles mostraban el orden delicado de lo que ha sido realmente compartido y la mañana, al otro lado de los visillos, avanzaba ya hacia una claridad más plena.

Herzfeld se inclinó ante Maria con la misma cortesía con que había llegado, pero en esta ocasión la distancia entre ambos resultaba menos formal que al principio.

—Le agradezco esta hora, señorita Klein. Ha sido más agradable de lo que me permití esperar.

—Y yo le agradezco la visita, señor marqués.

Él saludó después a Nikolaus, que dejó por fin el libro sobre sus rodillas con una expresión indescifrable, mezcla de prudencia, evaluación y una satisfacción que todavía no se permitía mostrar de forma abierta.

Cuando el marqués abandonó el salón, acompañado por el mayordomo hasta la puerta, el silencio que quedó detrás no fue incómodo, pero sí lo bastante significativo como para que el verdadero sentido de aquella visita emergiera de inmediato.

Nikolaus se volvió hacia su hija.

—Es un hombre de gran posición.

Maria no respondió. Se limitó a dejar la taza sobre el plato con una delicadeza quizá demasiado cuidadosa.

—Y de ideas claras —continuó él—. Más claras, desde luego, que otros.

La referencia no necesitó nombre. Maria la sintió como un roce áspero sobre una herida que ya no quería tener expuesta.

—Padre…

—No digo nada que no sea evidente. El marqués sabe lo que quiere. Ha visto mundo. Tiene fortuna, título, experiencia y ha regresado con intención de establecerse. No conviene menospreciar eso.

Maria alzó por fin la mirada. Había en ella cansancio, pero también una firmeza nueva que no estaba dispuesta a retroceder del todo.

—No lo estoy menospreciando.

—Bien —respondió Nikolaus—. Porque el trato sigue existiendo, Maria. No desaparece porque los sentimientos se confundan ni porque un hombre vacile más de lo que corresponde.

Aquella frase bastó. No por su contenido en sí mismo —que Maria ya conocía demasiado bien—, pero si por la brutalidad con que volvía a reducir lo vivido a su marco más duro, como si ni siquiera una conversación agradable,

una posibilidad nueva o el simple alivio de una mañana sin tensión bastaran para suspender, ni por una hora, la estructura que seguía pesando sobre su vida.

—Ya lo sé —dijo, y en su voz apareció una sequedad poco frecuente.

Nikolaus la observó, quizá sorprendido por ese tono, quizá demasiado absorto en sus propias preocupaciones para calibrarlo del todo.

—Entonces no olvides que debes pensar con claridad.

Maria se puso en pie.

—Quizá —respondió, manteniendo el control solo a fuerza de orgullo— lo que más me fatiga es que todos crean que no hago otra cosa.

No esperó respuesta. Hizo una reverencia leve, casi automática, y salió del salón con una dignidad tan exacta que ninguna emoción habría podido reprochársele desde fuera.

Sin embargo, al cerrar la puerta tras de sí, sintió con una intensidad renovada todo el cansancio de los últimos días: Johann, el marqués, el baile futuro,

el trato todavía suspendido sobre su cabeza como una sentencia que nadie quería pronunciar del todo pero que todos seguían recordándole en el momento menos oportuno.

Aun así, mientras avanzaba por el pasillo hacia su habitación, no pudo negar una verdad sencilla.

La visita del marqués había sido agradable.

Y esa misma sencillez, en el estado en que se encontraba su corazón, resultaba casi tan inquietante como cualquier otra cosa.