Capítulo 17
La visita del marqués
El marqués Herzfeld no llegó con la precipitación de un hombre impaciente, ni con la seguridad excesiva de quien da por supuesta la buena acogida de cualquier casa que pisa; llegó con una puntualidad tan exacta y una compostura tan serena, que, desde el primer instante,
resultó evidente que sabía presentarse en el mundo sin necesidad de imponerse en él.
Cuando el mayordomo lo condujo al salón donde Maria lo esperaba, acompañada a una distancia deliberadamente prudente por Nikolaus; que había decidido instalarse en una butaca lateral con un libro abierto entre las manos, la impresión que produjo no fue la de una presencia avasalladora,
sino la de una inteligencia ya disciplinada por la experiencia, una de esas naturalezas masculinas que no necesitan hacer ruido para resultar notorias.
Vestía con una elegancia sobria, más atenta a la calidad de la tela y a la limpieza de la línea que a cualquier detalle destinado a llamar la atención, y había en su porte algo que lo diferenciaba de los jóvenes demasiado recientes en los salones de Viena, un matiz de mundo, de distancia recorrida,
de lugares vistos y hábitos adquiridos fuera del estrecho circuito de una sola ciudad o de una sola corte.
Su rostro, atractivo sin blandura, poseía esa regularidad serena que se vuelve más interesante cuando la expresión la anima, y en la forma en que miraba había una claridad franca, casi luminosa, como si el viaje, los negocios y el roce con ambientes diversos no lo hubieran vuelto más cínico,
sino más dueño de sí mismo.
Maria se puso en pie cuando él entró. Había pasado los minutos anteriores recomponiéndose del encuentro con Johann, hasta devolver a su cuerpo y a su voz una tranquilidad que no sentía por completo, pero que al menos ya sabía sostener.
Aun así, al ver al marqués avanzar hacia ella con esa calma tan distinta a la inquietud tensa que había dejado Johann tras de sí, sintió un alivio leve, casi culpable, como si la conversación que estaba a punto de comenzar perteneciera a otro registro del mundo, uno menos hiriente, menos inestable,
más fácil de habitar.
Herzfeld se inclinó con la corrección debida y, al incorporarse, le ofreció una sonrisa que no pecaba de intimidad prematura ni de afectación galante.
—Señorita Klein, agradezco mucho que me reciba.
—Es muy amable por su parte haber venido, señor marqués.
Él dirigió después un saludo igual de correcto a Nikolaus, que respondió con esa medida frialdad cortesana, propia de un padre que todavía no ha decidido si el hombre que tiene delante le parece solo conveniente o además digno de confianza.
Luego, con la naturalidad exacta de quién sabe moverse en ese tipo de estancias, el marqués aceptó sentarse donde le fue indicado, dejando que el servicio dispusiera el té y los pasteles sin convertir el ritual en una ceremonia excesiva.
El salón estaba particularmente sereno a esa hora.
La luz de la mañana entraba filtrada por los visillos, suavizando la claridad del día y extendiéndose sobre la porcelana del servicio, la plata de la tetera y el esmalte tenue de los platos dónde descansaban pequeñas porciones de pastel de almendra,
unas piezas de hojaldre rellenas de mermelada clara y unas pastas finas espolvoreadas con azúcar, tan ligeras en apariencia que parecía impropio quebrarlas con los dedos.
El aroma del té, delicado y apenas floral, se mezclaba con el de las flores que el marqués había enviado y con ese perfume más hondo, más silencioso, de la casa misma, compuesto de madera encerada, telas limpias y el aire inmóvil de los grandes salones bien atendidos.
Nikolaus abrió el libro sobre sus rodillas con una atención que pretendía ser suficiente para excusarlo de la conversación, aunque en la forma en que pasaba cada página había algo demasiado medido para que resultara verdaderamente convincente.
Maria lo advirtió. El marqués, sin duda, también.
Pero ninguno de los dos hizo comentario alguno.
La vigilancia paterna, en aquel contexto, no era ni sorprendente ni indigna; formaba parte del orden del mundo.
Fue Herzfeld quien inició la conversación, y lo hizo de una manera tan hábil que Maria apenas sintió el tránsito entre la cortesía inicial y un diálogo verdadero.
—Me temo que mi visita de hoy pueda parecer demasiado precipitada —dijo, mientras aceptaba la taza que el criado le ofrecía—, pero después del baile de anoche tuve la impresión de que, si dejaba pasar muchos días, me reprocharía a mí mismo una indecisión impropia de mi edad.
Maria alzó la vista hacia él con una atención que ya no era simple educación.
—¿Y considera usted que la indecisión es impropia a los veintisiete años?
Herzfeld sonrió.
—La indecisión quizá no. Pero sí la postergación innecesaria.
A los veintisiete, una parte de la vida ya debería saber qué quiere, y en mi caso, después de haber pasado dos años de viaje y de negocios fuera de Viena, he comprendido, con bastante claridad, que no deseo seguir aplazando ciertas cosas que antes me parecían lejanas.
Maria sostuvo la taza entre las manos, más por gesto que por necesidad.
—¿Y entre esas cosas se encuentra el matrimonio?
—De forma muy expresa —respondió él, sin incomodidad y sin teatralidad—. He regresado con la intención de buscar esposa, comprometerme y continuar el linaje de mi familia. Puede que el modo de decirlo resulte poco poético, pero no creo que las intenciones firmes ganen mucho fingiendo vaguedad.
Aquella franqueza, tan poco artificiosa, la sorprendió y le gustó al mismo tiempo.
No había en él el tono utilitario de los hombres que reducen el matrimonio a una alianza fría, ni tampoco la afectación demasiado fluida de quienes hablan de sentimientos sin haber pensado nunca en la realidad concreta de una casa, un nombre y una descendencia.
Hablaba como alguien que ha tomado una decisión sobre su vida y no se avergüenza de presentarla con claridad.
—No me parece poco poético —dijo Maria, dejando que una ligera sonrisa suavizara sus palabras—. Solo… inusualmente sincero.
—He descubierto que viajar demasiado sirve para dos cosas: para aprender a observar mejor y para perder la paciencia con las frases vacías.
La respuesta la hizo sonreír de nuevo, esta vez con una naturalidad menos medida.
Había algo cómodo en la conversación con él, algo que no exigía vigilancia constante del alma, como sí ocurría con Johann.
El marqués no la desarmaba. La atraía de otra manera: por inteligencia, por aplomo, por una alegría contenida que parecía apoyarse en la experiencia más que en la superficialidad.
—¿Ha estado usted mucho tiempo fuera de Austria? —preguntó.
Herzfeld dejó la taza sobre el plato con precisión.
—Lo suficiente para echar de menos Viena, pero no tanto como para idealizarla.
He pasado por París, Génova, Marsella, Trieste, Nápoles, y también por algunas ciudades más al este, siguiendo asuntos de comercio y ciertas inversiones familiares que requerían una supervisión más personal de la que mis administradores habrían deseado.
He visto puertos que no se parecen en nada a esta ciudad y, sin embargo, he terminado comprendiendo que incluso los lugares más bellos tienen algo de incompleto cuando uno no sabe todavía para quién desea volver.
Aquella última frase quedó en el aire con una delicadeza mayor que las anteriores, y Maria percibió que no había sido dicha al azar.
Sintió un leve calor subirle a las mejillas, no tanto por el contenido del elogio como por la forma en que había sido ofrecido, sin presión, sin exceso, como si el marqués dejara entre ambos la posibilidad de que ciertas cosas se comprendieran solas.
Nikolaus, detrás de su libro, pasó una página con una lentitud que delataba, demasiado bien, que la conversación no se le escapaba en absoluto.
Maria, sin embargo, empezaba a dejar de sentirlo como una vigilancia opresiva.
Aquel diálogo la reclamaba con una claridad creciente.
De vez en cuando, sí, la memoria de Johann irrumpía todavía en ella con una viveza incómoda: el tono de su voz, la forma en que la había mirado cuando ella dijo “sin amor”, la brusquedad herida de su marcha, todo eso seguía ahí, latente, y la obligaba por momentos a una pequeña suspensión interior,
como si parte de sí misma siguiera debatiéndose entre el temblor de aquella escena y la necesidad de no quedarse fijada a ella.
Pero cada vez que la memoria amenazaba con arrastrarla, el marqués, con su conversación clara, con su humor bien medido y con esa ligereza inteligente que no resultaba banal, la devolvía al presente.
Hablaron de libros. Maria mencionó alguno de los títulos que la habían acompañado durante el último año y Herzfeld, lejos de fingir una erudición vacía, admitió con serenidad cuáles conocía de verdad y cuáles, sólo, por referencias, algo que le hizo ganar todavía más terreno a sus ojos.
—No confío en los hombres que aseguran haber leído todo cuanto se nombra en un salón —dijo él—. Suelen recordar peor los libros que las fórmulas con las que pretenden impresionar después.
Maria dejó escapar una risa breve, clara, la primera completamente libre de la mañana.
—¿Y en qué hombres confía usted, entonces? Herzfeld inclinó apenas la cabeza, como si hubiera estado esperando la pregunta.
—En los que saben escuchar más de lo que hablan, pero no hasta el punto de parecer misteriosos por cálculo.
En los que pueden aburrirse con elegancia sin recurrir a la crueldad.
Y, si se me permite la franqueza, empiezo a pensar que también en las mujeres cuyos ojos son capaces de hacer olvidar a un hombre, durante varias horas, el cansancio de dos años de puertos, contratos y trayectos incómodos.
Maria lo miró en silencio durante un segundo. El elogio, esta vez, fue más directo, pero seguía teniendo una forma tan limpia que resultaba difícil rechazarlo sin violencia.
—Supongo —dijo al fin, con una suavidad casi pensativa— que los viajes prolongados vuelven a los hombres más diestros con las comparaciones.
—O más sinceros con lo que los deslumbra —corrigió él.