Capítulo 16 #2
—vaciló un instante, alzó las cejas, parpadeó, y ese instante bastó para hacer visible la herida— agradable, y ahora viene aquí, a mi casa, en la mañana en que espero otra visita, para explicarme que sigue sintiéndose obligado.
Johann bajó la mirada un segundo. Cuando volvió a levantarla, la encontró todavía más hermosa por la intensidad con que sostenía el enfado, y esa belleza enfurecida, herida, lúcida, lo dejó sin defensa.
—El encuentro fue agradable —dijo al fin, con una gravedad que ya no se parecía a una explicación—. Verla … es agradable.
La frase, dicha así, quedó suspendida con un peso que la habitación entera pareció reconocer. Había en ella algo más que cortesía. Más que gratitud. Más que mero deseo. Maria lo sintió. Pero no se lo permitió.
—No basta - sentenció dándole la espalda.
Johann tragó el resto de la frase, aquello que ya estaba casi a punto de convertirse en una declaración y que, sin embargo, seguía quebrándose contra la misma piedra.
—No puedo aceptar casarme con usted por obligación. No así. No…
Maria completó la frase antes de que él pudiera hacerlo.
—¿Sin amor?
Johann la miró. No respondió. No hacía falta. Ella negó despacio con la cabeza, como si en ese silencio hubiera confirmado algo que ya temía.
—No —dijo, y su voz esta vez ya no tuvo el filo orgulloso de antes, sino una decepción más íntima, más cansada—. No me pida que escuche eso de su boca y además lo agradezca.
Se giró, como si necesitara apartarse de él para no dejarle ver la confusión que le anudaba la garganta.
—Debe marcharse.
Johann sintió pánico ante la idea de dejarla ir así, de perderla en ese mismo instante por la misma incapacidad que llevaba meses persiguiéndolo.
—Maria, escúcheme…
—Le he escuchado demasiado.
—No es eso lo que quise decir.
Ella volvió la cabeza apenas.
—¿No?
Johann avanzó un paso más. Estaba demasiado cerca de la súplica y lo sabía.
—Lo que siento por usted… no tiene nada que ver con lo que mi padre dispuso.
Maria se volvió por completo ahora. Tenía los ojos brillantes, no de lágrimas todavía, sino de una emoción demasiado contenida.
—Y, sin embargo, solo habla de su padre, de la obligación, del compromiso, de lo que no puede aceptar.
Johann abrió la boca, pero ella no le dio tiempo.
—Tengo dignidad, señor Goldmann.
La frase fue tan limpia que le dolió más que cualquier otra.
—Yo pensaba que entre nosotros había un atisbo de…
Johann respondió sin pensar, casi con desesperación:
—Amor.
Maria lo miró con una quietud tan seria que él comprendió de inmediato el error de haber pronunciado aquello antes de haberlo merecido del todo.
—Amistad —corrigió ella, con una frialdad que no anulaba la herida, sino que la ordenaba—. Yo pensaba que había un atisbo de amistad.
Después se irguió aún más, llamó con claridad al servicio y apartó la vista de Johann justo cuando él todavía parecía dispuesto a decir algo más.
Los criados entraron casi al mismo tiempo que Nikolaus, que había debido de permanecer mucho menos lejos de lo que había prometido.
Bastó una mirada a la postura de su hija, a la tensión del rostro de Johann y al aire alterado de la estancia para que el conde comprendiera que el encuentro había terminado mal.
—Señor Goldmann —dijo con cortesía rígida—. Creo que será mejor que hoy nos deje.
Johann no podía insistir. Cualquier palabra más, en ese contexto, sólo habría empeorado la escena.
Miró a Maria una última vez. Ella seguía de pie, perfecta, inmóvil, con la espalda demasiado recta y las manos demasiado juntas, una mujer recompuesta a la fuerza por el mismo orgullo que acababa de salvarla del desorden. Él inclinó apenas la cabeza y salió.
Atravesó el vestíbulo con el cuerpo todavía encendido por una mezcla amarga de deseo, culpa y frustración, y fue allí, justo al llegar al umbral, dónde se cruzó con el marqués Herzfeld, que acababa de entrar con un ramo de flores más discreto que el primero, pero no menos cuidadosamente elegido.
El marqués se apartó con la corrección habitual para dejarle paso.
Johann hizo lo mismo. Se miraron apenas un instante, lo suficiente para que ambos entendieran algo del otro.
El primero vio a un hombre saliendo de una conversación difícil y todavía alterado por ella.
El segundo vio a un rival que llegaba demasiado pronto y, por eso mismo, demasiado oportunamente.
Johann se marchó sin una sola palabra. En el salón, mientras tanto, Maria seguía inmóvil.
El nudo en la garganta no había cedido, y el aire le parecía demasiado fino para respirar con normalidad.
Nikolaus dio un paso hacia ella, pero se detuvo antes de tocarla, como si comprendiera que cualquier gesto de consuelo, en ese momento, resultaría más humillante que amable.
—Maria…
Ella alzó una mano con una delicadeza cansada.
—No, padre. Estoy bien.
No era verdad. Pero sí era lo único que podía decirse con dignidad.
Oyó entonces la voz del mayordomo anunciando al marqués.
Durante un segundo tuvo la tentación de retirarse, de excusarse, de declararse indispuesta.
Habría sido comprensible. Incluso elegante.
Pero algo en ella, quizá el mismo orgullo herido que había sostenido la conversación con Johann hasta el final, decidió lo contrario.
Respiró despacio, recogió la compostura como si volviera a colocarse una prenda invisible sobre los hombros y, cuando Herzfeld entró, ya era nuevamente dueña de su expresión.
Lo recibió con cercanía, no con efusión, pero sí con una amabilidad más cálida de la que había mostrado a Johann en los últimos minutos.
El marqués, observador, percibió que algo acababa de ocurrir, aunque no podía nombrarlo.
Vio también el esfuerzo elegante con que ella se recomponía y, en lugar de forzar una confianza prematura, optó por acompañar esa recuperación con una cortesía bien medida.
—Temía no llegar a tiempo —dijo, inclinándose ante ella—. Viena se vuelve más lenta cuando una persona desea que el trayecto termine deprisa.
Maria dejó aparecer una sonrisa leve, una de esas sonrisas que no comprometen todavía el corazón, pero que sí bastan para volver amable una estancia.
—Entonces ha llegado usted en el momento exacto, señor marqués.
Y mientras lo decía, con el ramo nuevo colocado ya junto al primero, con su padre observando desde una distancia prudente y la puerta todavía marcada por la salida reciente de Johann, comprendió que la mañana acababa de dividir su vida en dos partes distintas:
la que todavía esperaba que un hombre confuso supiera nombrar lo que sentía, y la que empezaba a comprender que tal vez no podía permitirse esperar eternamente.