Capítulo 16
La mañana
Las flores llegaron temprano, cuando la casa Klein todavía conservaba esa quietud ordenada de las primeras horas, en la que el servicio se mueve sin hacerse notar y el día aún no ha decidido del todo qué tono va a imponer al resto de las estancias.
No eran un ramo escandaloso, ni excesivo, ni impropio de una visita anunciada por un hombre de la posición del marqués Herzfeld, pero sí lo bastante espléndidas como para que su intención no pudiera confundirse con una mera cortesía.
Había rosas pálidas, algunas apenas abiertas, mezcladas con pequeños brotes blancos y un verde delicado que hacía más evidente la riqueza de las flores principales sin disputarle el centro.
El criado las entregó con la sobriedad de quien sabe que el significado de ciertos gestos no necesita comentario, y Nikolaus, que estaba presente cuando el ramo fue recibido,
lo observó con una atención silenciosa antes de indicar que lo colocaran en el salón dónde su hija acostumbraba pasar la mañana.
Maria no dijo nada al verlo.
No porque no comprendiera lo que significaba, más bien, porque lo comprendía demasiado bien.
La visita del marqués había sido ya, la noche anterior, una llamada de atención suficientemente clara.
El envío de flores a la mañana siguiente no hacía más que confirmarla; dotarla de continuidad, volverla un gesto social visible y, por tanto, todavía más real.
Sin embargo, al acercarse al jarrón donde el ramo fue dispuesto y percibir el perfume fresco, apenas dulce, de las rosas recién cortadas, no sintió la emoción limpia que quizá otra joven habría
experimentado en su lugar,; sintió una mezcla más complicada y menos serena de orgullo, inquietud y una irritación de fondo que no tenía tanto que ver con Herzfeld como con Johann.
Porque si el marqués podía presentarse con esa seguridad tranquila, si su visita de aquella mañana resultaba, no sólo posible, sino pertinente, era precisamente porque Johann había dejado entre ambos un espacio demasiado inseguro, una ambigüedad demasiado hiriente,
una promesa emocional todavía incapaz de sostenerse en una forma clara.
Y esa conciencia, aunque Maria no se la formulara con crudeza, estaba ya instalada en ella desde antes de vestirse.
Eligió con cuidado el vestido que iba a llevar.
No quería parecer demasiado atenta a la visita del marqués, como si hubiese esperado con interés desproporcionado su llegada, pero tampoco iba a recibirlo con dejadez ni con desorden.
Había en Maria una dignidad demasiado natural para eso.
Se decidió por un vestido claro, de un gris azul suavizado por la luz de la mañana, cuya elegancia no residía en la ostentación, residía en la pureza de la línea.
El cabello fue recogido con una delicadeza serena, menos estudiada que la del baile, aunque no menos favorecedora.
El perfume que eligió esta vez fue más discreto, casi limpio, una variación tenue del que había llevado al paseo, como si no quisiera repetirlo para otro hombre.
Cuando bajó al salón, Nikolaus ya estaba allí.
Se limitaba a estar presente, sentado a cierta distancia, con unos papeles sobre la mesa lateral y una atención que, aunque no se fijaba siempre en su hija, tampoco la dejaba por completo fuera de su campo de observación.
Aquella vigilancia no era nueva. Formaba parte del orden en que Maria había crecido.
Y, sin embargo, esa mañana la sintió más pesada que de costumbre, quizá porque su propio ánimo era menos dócil, menos capaz de aceptar sin resistencia ciertas formas de protección que empezaban a parecerse demasiado a una restricción.
Se sentó junto a la ventana con el bastidor de bordado entre las manos, más por necesidad de ocuparlas que por verdadero deseo de avanzar en la labor.
La luz se filtraba por los visillos con una suavidad casi inmóvil, las flores del marqués perfumaban discretamente el aire y el sonido de la casa seguía siendo el de siempre, medido, contenido, obediente a un equilibrio antiguo.
Nada en la estancia anunciaba todavía ruptura alguna.
Por eso, cuando el criado entró y pronunció el nombre de Johann Goldmann, la alteración fue todavía mayor. Maria alzó la cabeza de golpe. Nikolaus dejó los papeles sobre la mesa, sin disimular ya el gesto de sorpresa.
—Señorita —dijo el criado, con esa neutralidad impecable que el servicio adquiere en las grandes casas—. El señor Johann Goldmann solicita verla.
Durante un segundo, el salón quedó suspendido en una quietud tan densa que casi parecía visible.
Maria no estaba preparada para aquello. No esa mañana.
No antes de la llegada del marqués. No después del baile.
Sintió que el corazón le daba un golpe demasiado fuerte y que el calor le subía al rostro con una rapidez impropia de la serenidad que había intentado imponerse.
Sin embargo, fue precisamente esa turbación la que la obligó a buscar de inmediato una compostura más alta, más regia, más tensa.
—Hágalo pasar —dijo Nikolaus antes de que ella respondiera.
Johann entró unos segundos después. No llevaba la formalidad solemne del baile, ni la contención ceremonial de un salón aristocrático, sino una presencia mucho más directa, más nerviosa, como si hubiera llegado allí impulsado por algo más fuerte que el cálculo.
El traje oscuro seguía prestándole esa elegancia limpia que parecía haber adquirido ahora una tensión nueva al adaptarse al cuerpo que el servicio militar había endurecido, pero había en él algo menos ordenado, menos deliberadamente perfecto que la noche anterior.
Sus ojos buscaron a Maria antes que a nadie, y bastó esa primera mirada para que ella comprendiera que había venido sin tener completamente resuelto lo que iba a decir. Nikolaus se puso en pie.
—Señor Goldmann.
Johann inclinó la cabeza.
—Conde Klein.
Y luego, sin permitir que la rigidez del saludo fijara del todo el espacio, añadió:
—Necesito hablar con la señorita Klein.
La frase, dicha así, tenía demasiado de exigencia para resultar cómoda. Nikolaus lo advirtió de inmediato.
—Lo que tenga que decirle a mi hija puede decirlo delante de mí.
Johann sostuvo la mirada del conde con una firmeza que no era insolencia, pero sí una forma nueva de oposición.
—Preferiría hablar con ella a solas.
—Eso no será posible.
Hubo una pausa muy breve. Johann no apartó la vista.
—Conde, con el debido respeto, creo que si hay entre nosotros un compromiso, por más incierto que haya sido su curso, también hay razón suficiente para que me permita hablar con ella sin testigos.
Nikolaus endureció apenas la expresión, no tanto por el contenido como por la forma de la réplica. Sin embargo, no respondió enseguida. Volvió la cabeza hacia Maria. Fue ese gesto, y no la discusión misma, lo que hizo más visible la realidad del momento: la decisión quedaba en sus manos.
Maria sintió el peso de esa mirada y del silencio que la acompañaba. Por dentro seguía alterada, todavía demasiado consciente de la irrupción de Johann, de la forma brusca en que se había presentado, de la herida que seguía abierta entre ambos. Y, sin embargo, asintió.
—Sí, padre.
Nikolaus la observó un segundo más, como si quisiera asegurarse de que aquella aceptación no nacía de la debilidad, sino de una voluntad verdadera. Después, con visible reticencia, recogió los papeles de la mesa.
—Estaré en el despacho contiguo. Si me necesitas, manda llamarme.
Maria inclinó apenas la cabeza. Johann esperó a que el conde saliera y la puerta se cerrara para respirar con algo parecido al alivio. Pero el alivio no duró. Estaba a solas con ella. Y eso, precisamente, era lo que había ido a buscar y lo que más lo desarmaba.
Maria siguió de pie junto al bastidor. No se acercó a él. No le ofreció asiento ni le permitió la comodidad de una escena amable. Había en su postura una rigidez nueva, una verticalidad casi regia que no anulaba su belleza, sino que la volvía más inaccesible.
—No esperaba verle esta mañana —dijo.
La frase era correcta. Pero el tono no dejaba espacio para que Johann se engañara sobre su significado.
—Lo sé.
—Entonces, comprenderá que, la sorpresa no haya sido del todo agradable.
Johann apretó los dedos una fracción de segundo antes de soltarlos de nuevo.
—No he venido a incomodarla.
—Y, sin embargo, lo ha conseguido.
La precisión del reproche lo alcanzó de lleno. Johann había llegado dispuesto a explicar, a exponerse, quizá incluso a conmoverla lo bastante como para recuperar el terreno perdido. No esperaba, aunque debería haberlo hecho, la lucidez helada de su enojo.
—Maria…
—No —lo interrumpió ella con una suavidad que resultó más cortante que una dureza abierta—. Le ruego que no empiece así. Tengo visita esta mañana, como bien podrá imaginar, y esperaba poder disfrutar, al menos, de unas horas sin que todo vuelva a girar en torno a su conflicto.
El nombre del marqués no fue pronunciado. No hacía falta. Johann lo sintió, de todos modos, como una punzada inmediata.
—No he venido por eso.
—¿Ah, no? —preguntó ella, alzando apenas las cejas—. Entonces quizá ha venido demasiado pronto para decirme que no puede aceptarme, o demasiado tarde para explicarme lo que ya he tenido un año entero para comprender sola.
Johann dio un paso hacia ella. No amenazante. Pero sí cargado de esa necesidad de que al menos lo dejara hablar.
—Le pido que intente entenderme.
Maria soltó una risa mínima, sin alegría.
—¿Entenderle? —Sí.
—Le dejé que me explicara por carta, señor Goldmann.
-Alzó ligeramente la voz- Se lo permití una vez, y otra, y otra más.
Le devolví sus palabras cuando ya no me debía ninguna, y después acepté verle porque creí que había entre nosotros algo capaz de sostener, al menos, una conversación honesta.
¿Y ahora viene a pedirme que le entienda?
Johann sintió cómo el peso de su propia vacilación se volvía casi insoportable ante la claridad de ella.
—No quiero mentirle. Eso es todo.
—No —respondió Maria, y ahora sí había fuego bajo la serenidad—.
Eso no es todo. Primero me deja plantada, luego me desprecia con su silencio durante seis meses, después me obliga a aceptar sus ruegos y sus disculpas, más tarde me hace creer que nuestro encuentro fue…