Capítulo 15 #3
Maria lo reconoció apenas como una presencia social de nombre oído, pero suficiente para entender que no era un pretendiente cualquiera.
El joven la saludó, habló primero con Nikolaus y después, con permiso ya implícito, le solicitó el siguiente baile.
Maria volvió la mirada hacia su padre. Él asintió.
Johann, que había visto la escena desde lejos, se acercó a Anna madre con una tensión tan visible que ella no necesitó preguntarle nada.
—¿Quién es? —preguntó él, sin apartar los ojos de la pista.
Anna tardó apenas un instante en responder.
—El marqués Herzfeld. Uno de los hombres más ricos del imperio. Llegó hace poco, después de dos años de viaje.
La frase bastó. Johann sintió los celos como algo casi físico, una dureza cerrada en el pecho y en la garganta que no podía justificarse con facilidad, pero que tampoco podía negar.
Maria, mientras tanto, ya se había incorporado al baile con el marqués.
Y aunque lo hizo con toda la corrección que se esperaba de ella, también decidió —con una lucidez femenina nacida del enfado, del orgullo herido y de la necesidad de no quedar reducida al deseo irresuelto de Johann— no mostrar frialdad alguna.
Cuando Herzfeld le habló, ella respondió.
Cuando sonrió, ella le devolvió una sonrisa elegante, apenas más cálida de lo indispensable, pero lo suficiente para que un observador atento pudiera percibirla.
—Tenía noticia de que Viena seguía siendo hermosa —dijo el marqués mientras el vals los arrastraba—, pero nadie me había advertido que pudiera encontrarse aquí una razón concreta para quedarse.
Maria bajó la mirada con ese decoro perfectamente aprendido que no impedía entender el sentido del elogio.
—Quizá quienes se quedaron consideraron innecesario precisar lo evidente.
Herzfeld sonrió, complacido no solo por la respuesta, sino por la inteligencia con que había sido formulada.
—Entonces he regresado en el momento oportuno.
—Eso depende de para qué haya regresado, señor.
—Para varias cosas —contestó él—, aunque empiezo a sospechar que algunas podrían volverse más interesantes de lo previsto.
Maria no respondió de inmediato. Mantuvo la sonrisa, pero dentro de ella seguía vibrando la incomodidad del baile anterior, la forma en que Johann la había mirado, la crudeza del deseo en sus ojos y la resistencia todavía sin resolver de sus palabras.
Quizá por eso, por orgullo o por simple necesidad de recuperar una posición menos vulnerable, permitió que el marqués encontrara en ella una receptividad mayor de la que habría mostrado en otro momento.
Cuando terminó la pieza, Herzfeld la condujo de nuevo junto a su padre y, tras una breve pausa de cortesía, se dirigió a Nikolaus con la seguridad calmada de un hombre poco acostumbrado a recibir negativas.
—Conde Klein, si me lo permite, ¿tendría el honor de visitarla mañana por la mañana?
Nikolaus lo observó con rapidez, valorando el peso social de la petición y la evidencia de que el salón entero, de un modo u otro, había empezado a reparar en la belleza de su hija como quizá nunca antes lo había hecho.
Maria permaneció inmóvil, pero en el fondo de su quietud había una conciencia muy aguda de que Johann estaba mirando.
Nikolaus asintió.
—Será bien recibido, señor marqués.
Y en ese momento, mientras el marqués se inclinaba y Maria respondía con la compostura impecable de una dama que sabe exactamente qué se espera de ella, Johann comprendió que no podía soportarlo un minuto más. Se volvió hacia su madre.
—Me marcho.
Anna lo miró. Vio en él la rigidez, la herida, el amor, la rabia muda de los celos y esa inmadurez todavía no resuelta que a veces acompaña los sentimientos más verdaderos.
—Johann…
Pero ya era tarde. Él se había retirado un paso, luego otro, con la brusquedad contenida de quien sabe que si se queda un minuto más hará algo que no podrá integrar después en la calma del salón.
Maria lo vio irse.
Y aunque siguió escuchando al marqués, aunque mantuvo en el rostro la expresión adecuada y volvió hacia él una sonrisa de respuesta serena y levemente seductora.
Como se esperaba de una joven bien educada en un baile de esa categoría, hubo en el fondo de su mirada una tensión que no desapareció ni siquiera cuando Herzfeld comenzó a hablarle de sus viajes; de Praga, de París, de Italia,
y de cómo Viena seguía teniendo para él un atractivo que ninguna otra ciudad había logrado sustituir.
Maria contestó.
Lo hizo con gracia, con inteligencia, con el equilibrio preciso entre interés y reserva, permitiendo que la escena siguiera su curso sin dar al salón motivo alguno para sospechar el desorden íntimo que acababa de abrirse dentro de ella.
Pero mientras lo hacía, el rastro de Johann alejándose seguía vivo en su memoria con una nitidez que ningún título, ninguna fortuna y ninguna elegancia de viaje parecían capaces de borrar.
Y en ese instante comprendió, con una mezcla de satisfacción y de inquietud, que el hombre que acababa de marcharse del salón no lo había hecho por desinterés, ni por orgullo, ni por mera cortesía agotada.
Lo había hecho porque los celos, al fin, le habían dolido demasiado.