Capítulo 15 #2
Pero fue la expresión de su rostro lo que terminó de desarmarlo: no una sonrisa abierta, no una seguridad agresiva, sino esa serenidad alta y casi luminosa de una mujer que sabe, aunque no lo proclame, que el salón entero acaba de reparar en ella.
Johann sintió que algo en el pecho se le cerraba y se le abría al mismo tiempo.
Había deseado verla, sí, pero no así, no tan absolutamente deslumbrante, no tan capaz de hacer que el resto del mundo se volviera una decoración borrosa.
Clara seguía a su lado, hablando aún alguna frase de la que él ya no retuvo ni una sola palabra.
—Disculpe —dijo entonces, más bruscamente de lo que la cortesía exigía.
La joven se quedó inmóvil una fracción de segundo.
El padre arqueó apenas las cejas. La madre disimuló como pudo.
Anna, desde un poco más lejos, sonrió con una mezcla de disculpa social y maternal comprensión, alzó levemente la copa hacia los von Eberstein como quien pide perdón sin palabras por aquello que ya no podía impedir, y observó a su hijo cruzar el salón con una determinación que rozaba la impaciencia.
Johann avanzó entre la gente con esa rapidez contenida de quien no corre porque el espacio no lo permite, pero tampoco acepta ya el ritmo decoroso del resto.
A cada paso iba teniendo una visión más completa de la escena: Maria se había detenido apenas unos segundos con su padre antes de que un pequeño círculo de jóvenes, apuestos, bien vestidos, algunos con títulos tan visibles en su porte como en sus nombres, se aproximara a saludarla.
Había condes, barones y al menos un rostro que Johann reconoció de ciertas veladas del pasado, hombres jóvenes con fortunas intactas, tierras, conexiones y una soltura natural para moverse en salones como aquel.
La rodeaban no de forma grosera, pero sí con esa admiración inmediata y un poco competitiva que despierta la belleza cuando además parece acompañada de misterio y novedad.
Johann sintió unos celos tan súbitos y tan físicos que tuvo que carraspear antes de llegar hasta ellos.
No fue un gesto elegante. Fue la necesidad de recordarse a sí mismo que seguía respirando.
Maria alzó la mirada al oírlo y, al reconocerlo, la timidez iluminó su rostro con una delicadeza que lo perturbó todavía más.
Sonrió apenas, de un modo íntimo dentro del espacio público, y ese pequeño cambio en su expresión hizo que el resto del grupo dejara de tener importancia para ella de una forma que Johann, por supuesto, advirtió.
Nikolaus lo saludó con una corrección contenida.
—Señor Goldmann.
Johann inclinó la cabeza.
—Conde Klein. Señorita.
Y, antes de que la formalidad pudiera volverse demasiado pesada, añadió con una calma que le costó más de lo que dejó ver:
—Si me concede su permiso, me gustaría solicitar a su hija el honor de este baile.
Nikolaus observó primero a Johann y después a Maria. No había en él la resistencia severa de otros tiempos, pero sí una atención prudente que todavía no estaba dispuesta a retirarse del todo. Finalmente asintió.
—Si Maria lo desea.
Ella bajó apenas la mirada y luego volvió a levantarla.
—Sí.
La pieza que empezaba a sonar era un vals, uno de esos que combinan suavidad y expansión, lo bastante elegante para no resultar escandaloso y lo bastante íntimo, dentro de los límites de la época, como para convertir el baile en una proximidad difícil de ignorar.
Johann la condujo al centro de la pista con una conciencia casi dolorosa de cada paso.
Cuando llegó el momento de colocar la mano en su cintura, lo hizo con el respeto exacto que el protocolo exigía: no demasiado alto, no demasiado bajo, sin presión impropia y, sin embargo, con la evidencia absoluta de que la estaba tocando.
Maria apoyó la mano enguantada sobre la suya y la otra en su brazo.
La proximidad transformó el resto del salón en algo remoto.
Al principio Johann solo fue capaz de registrar la cercanía como una especie de desorden físico.
El cuerpo de Maria, aunque cubierto por las capas del vestido, estaba allí, al alcance preciso que la danza permitía, y el perfume de violetas y piel cálida volvió a elevarse de ella con una intensidad todavía más peligrosa que en el paseo, porque ahora la respiraba a intervalos inevitables,
al acompasar el movimiento, al inclinar apenas la cabeza para no perder el ritmo.
La mano en su cintura sentía, a través de la tela y del corsé, la delicadeza firme de una mujer completamente viva; la otra, enlazada a la de ella, percibía el mínimo ajuste de sus dedos, la tensión sutil de su mano enguantada, la música pasando entre ambos como un puente invisible.
Tuvo que cerrar los ojos un instante y respirar hondo.
Después ladeó muy levemente la cabeza, en un gesto casi imperceptible para cualquiera que no estuviera mirando con atención, intentando recomponerse, imponerse otra vez un orden interior que ya no obedecía de forma limpia.
Maria lo notó. Por supuesto que lo notó.
Levantó apenas el rostro hacia él y, con un destello de ironía sutil que no violaba un solo límite del honor, murmuró:
—¿Se encuentra bien, señor Goldmann?
La pregunta, dicha así, era casi cruel en su dulzura.
Johann abrió los ojos y la miró. No respondió al instante.
La música giraba a su alrededor, las parejas seguían su curso, el salón respiraba con todo su esplendor, y sin embargo, entre ambos se había formado un espacio de silencio más tenso que cualquier frase.
La mirada de Johann, profunda, quieta, cargada de un deseo que ya no tenía manera de esconderse del todo, cayó sobre los ojos de Maria con una intensidad tan directa que ella sintió cómo algo se alteraba dentro de sí con una fuerza que no esperaba.
El color subió a sus mejillas. La mano sobre el brazo de él se tensó apenas.
Y fue ella, turbada por esa respuesta muda, quien terminó rompiendo la quietud.
—Supongo —dijo con una dignidad apenas sostenida— que deberíamos hablar de nuestro compromiso.
La palabra cambió de inmediato la temperatura del baile.
Johann sintió una contracción interior, no porque el tema le sorprendiera, sino porque en él convivían, de una forma cada vez menos soportable, dos impulsos que se herían mutuamente:
lo que sentía por Maria y la resistencia todavía viva a complacer a su padre aceptando sin más una estructura que seguía percibiendo como impuesta.
Su silencio duró un poco más de lo cómodo.
—No sé si la palabra sigue significando lo mismo que hace un año —respondió al fin.
Maria sostuvo la mirada. Había en ella inteligencia suficiente para entender la complejidad de esa frase y orgullo suficiente para no fingir que no la entendía.
—Tal vez no signifique lo mismo para ninguno de los dos.
—No quiero mentirle —dijo Johann, y la sinceridad de su voz le salió más áspera de lo que habría querido—. Lo que ocurrió entonces sigue pesando.
Ella asintió despacio. La música los obligaba a seguir girando, acercándose y apartándose dentro de la medida exacta del vals, mientras la conversación se volvía cada vez más íntima precisamente porque no podía elevarse.
—Y, sin embargo, ha venido a buscarme.
—Sí.
—¿Por deber?
Aquella pregunta hizo que Johann apretara apenas la mandíbula.
—No.
Maria percibió el matiz, pero también percibió lo que faltaba.
Él deseaba estar allí, de eso ya no había duda, pero seguía atrapado en una reserva que para ella, en aquel momento, empezó a parecer menos noble que dolorosa.
Por un instante pensó que quizá todo cuanto había sentido durante el paseo y en sus cartas no bastaba aún para empujarlo de verdad hacia adelante.
Y esa conciencia, mucho más que el recuerdo del agravio pasado, despertó en ella una irritación nueva, una herida distinta.
Terminaron el baile con una tensión cada vez menos disimulada.
Johann, locamente enamorado y cada vez más incapaz de ordenar ese amor dentro de los límites que aún creía necesitar; Maria, profundamente conmovida por su cercanía y, al mismo tiempo, molesta por su recelo,
por ese resto de resistencia que la obligaba a sentir que debía ser ella quien reorientara la situación si no quería quedar suspendida otra vez en una promesa imprecisa.
De regreso al borde del salón, ella se separó de él con una corrección impecable y enseguida fue absorbida por un pequeño grupo de jóvenes damas que la saludaron con la mezcla de curiosidad y admiración que su aparición había despertado desde el principio de la noche.
Johann permaneció a cierta distancia, sin integrarse del todo en ningún otro círculo, demasiado atado aún a la sensación de su cintura bajo la mano, a su perfume, al temblor leve con que ella había respondido a ciertos silencios.
Fue entonces cuando un hombre se acercó a Maria con la seguridad serena de quien se sabe perfectamente recibido en cualquier salón del imperio.
Era alto, rubio oscuro, de facciones bien trazadas y con esa clase de elegancia relajada que solo poseen algunos hombres muy ricos o muy acostumbrados a ser observados, los que han pasado tiempo en distintas cortes y regresan sin la rigidez de los que nunca han salido de la suya.