Los Goldmann: El pacto de Viena (Los Goldmann 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

El baile

El día del baile comenzó mucho antes de que cayera la noche, no porque la casa Goldmann se alterara de forma visible —las grandes casas rara vez lo hacían de manera escandalosa—,

sino porque en ella empezó a instalarse esa clase de tensión precisa que precede a los acontecimientos importantes cuando nadie quiere nombrarlos todavía.

Johann no necesitó que su madre le dijera una sola palabra para comprender que lo observaba más de lo habitual, con esa atención delicada y silenciosa que no invadía, pero que registraba sin esfuerzo cada mínima variación de su ánimo.

Él, por su parte, pasó la tarde entera intentando imponerse una calma que no poseía.

No era solo la expectativa de ver a Maria de nuevo, ni siquiera el recuerdo todavía demasiado reciente del paseo en el Volksgarten y del efecto devastador que había tenido sobre él; era también la conciencia, cada vez más incómoda,

de que aquella noche iba a situarlo de nuevo en el centro de un espacio donde convivían demasiadas fuerzas contrarias: su deseo, la voluntad de su padre, el juicio social, la presencia de Nikolaus Klein y, por encima de todo,

la mujer concreta que había dejado de ser una idea o una voz escrita para convertirse en una realidad tan intensa que ya no conseguía ordenar el resto de su pensamiento.

Llegó con Anna cuando el baile llevaba ya un tiempo respirando dentro del palacio de los duques de Liechtenstein y, sin embargo, al atravesar el vestíbulo tuvo la sensación de entrar en una escena demasiado vasta como para ser gobernada por ningún hombre individual.

Las escaleras, amplias y luminosas, ascendían entre mármoles pulidos, grandes espejos y candelabros cuya luz se multiplicaba hasta volver casi irreal el espacio; las voces del servicio y de los invitados se entremezclaban con la música que llegaba desde el gran salón y con ese murmullo continuo,

compuesto de seda, pasos, risas contenidas y fórmulas de cortesía, que solo existe en los lugares donde el lujo ha dejado de necesitar demostrarse para convertirse en atmósfera.

El aire mismo estaba cargado de perfume, de cera caliente, de flores cortadas y del dulzor ligero de los vinos servidos en las antesalas, y todo el conjunto componía esa mezcla tan propiamente vienesa de pompa y fluidez, como si la magnificencia no tuviera allí nada de rígido,

sino que se derramara con naturalidad sobre quienes la habitaban.

El gran salón de baile se abría bajo una sucesión de altos ventanales cubiertos por cortinajes pesados, con espejos enfrentados que repetían la escena hasta el infinito, techos decorados con dorados y pinturas alegóricas, y una orquesta situada en altura,

de modo que la música descendía sobre los asistentes como si formara parte del aire mismo.

Los músicos tocaban un vals todavía contenido, uno de esos que no se imponen al principio de la velada, sino que preparan el cuerpo y la conversación para una intensidad posterior.

Sobre las mesas laterales, cuidadosamente dispuestas entre jarrones de flores blancas y piezas de plata, descansaban copas de champagne, vino del Rin, pequeñas porcelanas con frutas escarchadas, bandejas con pastelillos rellenos,

almendras garrapiñadas y delicadas piezas de confitería cuyo brillo parecía casi ornamental antes de ser degustado.

El bullicio era constante, pero no desordenado; había risas, saludos, movimientos circulares, leves inclinaciones de cabeza, manos enguantadas que rozaban los abanicos,

joyas que devolvían la luz en los cuellos femeninos y uniformes o levitas oscuras que trazaban por el salón una geografía masculina de títulos, poder y ambición social.

Johann saludó cuanto era debido, habló con quienes debía hablar, dejó que su madre lo guiara al interior del círculo de presentaciones sin desatender jamás del todo la búsqueda que ya había empezado a ocuparlo por dentro.

Miraba alrededor con una atención que pretendía ser discreta y no lo era del todo, porque cada pocos segundos su mirada regresaba a las puertas, a las escaleras, al lado opuesto del salón,

como si Maria pudiera aparecer en cualquier ángulo y él necesitara asegurarse de no perder el instante exacto de su llegada.

Anna lo advirtió, por supuesto, pero no hizo comentario alguno.

Conocía demasiado bien a su hijo como para obligarlo a nombrar lo que el cuerpo ya estaba revelando con suficiente claridad.

No tardó en producirse aquello que siempre ocurre en un salón así con un hombre que posee la posición, la educación y la apariencia de Johann Goldmann.

Una joven morena, acompañada de sus padres, fue conducida hasta él por una mujer que actuaba con la diligencia habitual de las grandes veladas, esa forma elegante de poner en circulación a quienes conviene aproximar.

La muchacha era bonita en un estilo plenamente comprensible para la época: cabellos oscuros peinados con exactitud y brillo, recogidos con trenzas y pequeñas perlas, ojos también oscuros, vivos, una piel mate realzada por el contraste con un vestido de raso color vino profundo,

bordado en hilo negro en la parte superior y abierto en una falda generosa que recogía la luz en cada pliegue.

Llevaba unos guantes marfil que subían más allá de la muñeca y un abanico de nácar que manejaba con una seguridad aprendida, de esas que solo resultan naturales tras años de observar a otras mujeres hacerlo antes que una misma.

—Señor Goldmann —dijo el padre con una sonrisa diplomática—, permita que le presente a mi hija, la señorita Clara von Eberstein.

Johann inclinó la cabeza con la corrección debida.

—Señorita.

La joven le ofreció una reverencia leve, medida, y al incorporarse sostuvo su mirada con un interés evidente, aunque bien contenido.

—Había oído decir que había vuelto hace poco a Viena, señor Goldmann. Empiezo a creer que algunas noticias llegan tarde a propósito para hacerse más interesantes.

La frase, aunque ligera, estaba dicha con habilidad. Johann respondió con la cortesía exacta que la situación exigía.

—No sé si mi regreso merece tanto favor.

—Eso dependerá de quién lo juzgue —contestó ella, abriendo apenas el abanico—. Para algunas madres con hijas en edad de bailar, al parecer sí.

La madre de la joven sonrió como si la observación hubiera sido menos directa de lo que en realidad era, y Anna, que estaba a apenas unos pasos, permitió que en sus labios apareciera una expresión leve, casi divertida, antes de llevarse la copa a los labios.

Clara continuó hablándole, preguntándole por el viaje de regreso, por el clima fuera de Viena, por si había echado de menos los bailes imperiales o si el servicio militar curaba definitivamente a un hombre del gusto por ellos.

Johann respondía, pero con una parte muy limitada de sí mismo.

El resto seguía volcado hacia las puertas del salón, hacia ese punto todavía vacío donde esperaba que apareciera Maria.

Lo hacía sin grosería, pero con una distracción visible solo para quien lo mirara con verdadera atención.

La joven, aguda en lo bastante, terminó por notarlo.

Siguió sonriendo, pero en sus ojos apareció una sombra mínima de resignación orgullosa, como la de quien ya conoce demasiado bien el funcionamiento de un salón y entiende cuándo no es el centro verdadero de la mirada del hombre con quien está conversando.

El tiempo, mientras tanto, parecía moverse de forma extraña.

La orquesta cambió de pieza, las parejas comenzaron a ocupar el centro del salón, los criados repusieron bandejas, un grupo de damas maduras se reunió cerca de uno de los espejos y la luz se hizo todavía más cálida al caer la noche por completo al otro lado de los ventanales.

Johann empezó a inquietarse de una manera cada vez menos razonable.

Habían pasado ya varios minutos, quizá demasiados, y Maria no aparecía.

Pensó si su padre habría cambiado de idea, si ella habría decidido no venir, si habría enfermado, si el paseo del Volksgarten —tan lleno de tensión como de promesa— no habría significado para ella lo mismo que para él.

Cuanto más crecía esa inquietud, más difícil le resultaba seguir fingiendo una atención real a la conversación que tenía delante.

Fue entonces cuando las puertas del salón se abrieron de nuevo.

No de manera teatral, no con anuncio ni interrupción expresa, porque en esos espacios la verdadera entrada de ciertas personas no necesita ser proclamada para hacerse notar.

Bastó el movimiento de los criados, el breve desplazamiento de ciertas cabezas, la modificación casi imperceptible del flujo visual de la sala, para que Johann levantara la vista y la encontrara.

Maria había llegado. Iba del brazo de su padre y durante un instante el resto del salón pareció retirarse sin ruido, no porque realmente desapareciera, sino porque algo en la atención de Johann lo expulsó todo de golpe hacia los márgenes.

El sonido de la orquesta siguió, las conversaciones continuaron, las copas brillaban igual, las risas no se interrumpieron, y sin embargo, para él, todo eso dejó de tener peso real. Solo estaba ella.

No había elegido para aquella noche la dulzura pálida del paseo, sino una belleza más consciente de su poder.

El vestido, de una tonalidad entre el marfil cálido y el oro suavemente envejecido por la luz de las velas, se adhería a la línea de su cuerpo con una elegancia de época que no tenía nada de vulgar y, precisamente por eso, resultaba todavía más perturbadora.

El talle, marcado con una precisión impecable, hacía más esbelta la curva de su figura; la caída de la falda prolongaba el movimiento de sus pasos con una fluidez tan limpia que parecía no tocar del todo el suelo; la piel de sus hombros y del nacimiento del cuello,

visible dentro de lo que el decoro permitía, devolvía la luz con una claridad casi irreal.

Su cabello, recogido con más intención que en el paseo, dejaba ver mejor la línea de la nuca y algunos mechones deliberadamente sueltos que suavizaban el conjunto sin restarle majestuosidad.