Capítulo 14
Después del paseo
Maria no habló durante el trayecto de regreso.
La criada, que la acompañaba desde hacía años y conocía bien los silencios de su señora, comprendió pronto que aquella vez no se trataba de cansancio ni de simple recogimiento, sino de una forma de turbación mucho más profunda,
de esas que no encuentran alivio en la conversación porque todavía no han terminado de adoptar una forma comprensible ni siquiera dentro del propio pensamiento.
El carruaje avanzaba con la misma regularidad con que lo había hecho a la ida, las calles de Viena se deslizaban al otro lado de la ventanilla con esa elegancia serena que parecía mantenerse intacta incluso en las horas menos luminosas del día, y, sin embargo,
para Maria todo lo exterior había perdido nitidez, como si la ciudad entera se hubiera vuelto una superficie borrosa sobre la que no conseguía fijar la atención.
No era solo que Johann hubiera sido más apuesto, más contenido, más hombre de lo que había imaginado a través de las cartas.
Era otra cosa, algo menos sencillo y más peligroso.
Había en él una presencia que no se explicaba únicamente por la solidez de su figura ni por la sobriedad impecable del traje oscuro que llevaba, sino por la manera en que todo eso parecía haberse tensado en torno a un centro interior todavía más perturbador: el conflicto visible,
la atracción contenida, la lucha casi palpable entre el dominio que intentaba ejercer sobre sí mismo y la evidencia de que había momentos en los que ese dominio vacilaba.
Maria había percibido todo eso con una intensidad que la desarmaba ahora, de regreso a su casa, y cuanto más intentaba ordenar lo ocurrido con la serenidad debida, más se mezclaban en su memoria los detalles con una viveza que la desbordaba.
Apenas el carruaje se detuvo frente a la casa Klein y el servicio acudió a recibirlas, Maria subió a su habitación con una premura que no llegó a ser descortesía, pero que sí bastó para sorprender a la criada.
Al entrar, se volvió hacia ella antes de que pudiera acercarse a ayudarla con los guantes o con el cierre del vestido.
—No, esta tarde no —dijo, con una suavidad que no admitía réplica—. Quiero estar sola.
La mujer vaciló lo justo para asegurarse de que no se trataba de un malestar físico verdadero, y al verla sonrojada, con la respiración un poco más rápida de lo habitual y una extraña luz en los ojos, decidió obedecer sin preguntar.
Cuando la puerta se cerró por fin, Maria se quedó inmóvil en mitad de la estancia, con ambas manos todavía crispadas sobre la tela de la falda, como si el mero hecho de encontrarse a solas hubiera hecho estallar de pronto todo aquello que había conseguido contener durante el paseo y durante el
regreso.
El cuarto estaba tibio, ordenado, bañado por esa luz tranquila de la tarde que tantas veces le había parecido suficiente para calmar cualquier pensamiento.
Aquel día no. Aquel día todo en ella parecía responder a otro ritmo.
Sentía calor, un calor excesivo, vivo, impropio de la estación y del orden de la casa, como si la sangre le hubiera subido de pronto desde el pecho hasta el cuello, hasta las mejillas, hasta la base misma del pensamiento.
Respiró hondo, pero el aire no le devolvió la compostura.
Al contrario: cuanto más intentaba recuperar la serenidad, con mayor nitidez acudían a su memoria las imágenes del encuentro, no ya en su conjunto, sino en fragmentos tan precisos que casi resultaban insoportables.
Johann, de pie frente a ella, más alto de lo que recordaba, más firme, con el traje oscuro siguiendo la línea nueva de su cuerpo como si la tela hubiera sido hecha para revelar sin permiso aquello que no debía pensarse demasiado.
La amplitud de sus hombros, la forma en que el pecho se insinuaba bajo la impecable estructura de la chaqueta, la tensión visible de sus brazos cuando había intentado sostener una calma que no poseía del todo.
Y después su rostro, más grave, más intenso, con esa dureza adquirida en el servicio militar sin perder la nobleza serena de sus rasgos; la forma en que había cerrado los ojos un instante al recibir la brisa que arrastró hasta él el perfume de sus muñecas y de su cuello; la respiración contenida;
la violencia casi silenciosa de ese pequeño desorden del que ella había sido plenamente consciente.
Maria se llevó una mano al cuello, como si todavía pudiera sentir allí la memoria de aquella mirada.
El calor aumentó. No era simple vergüenza.
Era algo más confuso, más vasto y más nuevo, una agitación que le recorría el cuerpo con la misma intensidad con que la imagen de Johann seguía repitiéndose en su mente, una y otra vez, pero cada vez más lenta, más precisa, más peligrosa.
Sintió que el vestido le pesaba demasiado, que la tela la sofocaba, que el corsé le impedía respirar con libertad.
Se acercó al biombo y empezó a desabrocharse la ropa con movimientos menos delicados de lo habitual, casi a tirones, no por descuido, sino porque había en ella una urgencia que no sabía disipar de otra manera.
Los guantes cayeron primero, luego la cinta del cabello, después los pequeños cierres del vestido, y cada capa que abandonaba parecía dejarla más expuesta no tanto al aire de la habitación como a sí misma.
La prenda superior resbaló hasta el suelo, y ella la dejó allí, desordenada, impropia de su costumbre, sin molestarse en recogerla.
Siguió con el resto, una pieza tras otra, mientras sentía cómo el cuerpo entero le respondía con una sensibilidad nueva, como si la piel misma hubiera quedado demasiado despierta después del paseo.
El recuerdo de Johann no se apartaba; al contrario, parecía adherirse a cada gesto.
Lo veía inclinar apenas la cabeza para escucharla, veía su sonrisa, esa sonrisa que no era amplia ni fácil, sino rara y casi íntima cuando por fin aparecía, y que por eso mismo resultaba mucho más devastadora.
Lo veía contener el aliento, tensar la mandíbula, apartar por un instante la mirada para recomponerse, y en esa conciencia de haber tenido sobre él un efecto tan evidente como involuntario sentía una mezcla embriagadora de pudor y de poder femenino que la desarmaba más que cualquier palabra.
Se sentó al borde de la cama con la camisa ligera todavía a medio colocar, y por un momento se cubrió el rostro con ambas manos, no para ocultarse de nadie, sino porque la intensidad de lo que sentía la abría por dentro con una fuerza que la asustaba casi tanto como la halagaba.
No había en ello nada de la dulzura serena con que había imaginado tantas veces el afecto.
Esto era otra cosa. Más física. Más confusa.
Más viva. Sintió un temblor sutil en los brazos, después en la respiración, y tuvo que echar la cabeza hacia atrás buscando aire, como si el simple recuerdo de aquella tensión en el cuerpo de Johann, de aquella mirada suya tan
profundamente masculina y tan visiblemente alterada por ella, bastara para incendiarle la sangre.
Permaneció así largo rato, sin moverse del todo, dejando que esa agitación se aquietara poco a poco hasta convertirse en otra cosa, en una especie de cansancio dulce y sofocado que la obligó finalmente a ponerse en pie,
recoger al menos parte de la ropa caída y recomponerse lo suficiente para que la criada, si volvía a entrar, no pudiera leer en la estancia todo lo que había pasado por su cuerpo sin que nadie la tocara.
En la casa Goldmann, el relato del encuentro adoptó una forma muy distinta.
Anna esperó a que Karl regresara para hablarle, no porque necesitara su permiso para valorar lo ocurrido, sino porque comprendía que, le gustara o no, aquella conversación formaba ya parte del orden familiar que seguía rigiendo la casa.
Lo encontró en el despacho, todavía con el abrigo puesto, revisando unos documentos que quizá ni siquiera estaba leyendo de verdad, y se detuvo frente a él sin preámbulos innecesarios.
—Se han visto —dijo.
Karl levantó la mirada.
—Lo supuse.
Anna avanzó un paso más.
—Ha ido mejor de lo que esperaba.
Karl dejó por fin los papeles sobre el escritorio, pero no se sentó.
—¿Y qué significa exactamente eso?
Ella lo observó con calma, aunque dentro de esa calma había algo más firme que de costumbre.
—Significa que tu hijo no ha sido incapaz de comportarse como un hombre y que Maria ha tenido la inteligencia de no castigarle más de lo necesario. Han hablado. Se han comprendido. Y asistirán al baile de los duques de Liechtenstein.
La referencia al baile produjo en Karl una variación mínima, apenas un cierre más nítido en la expresión.
—¿Asistirán?
Anna sostuvo su mirada.
—Sí. Maria ha aceptado.
Karl no respondió de inmediato. Había en él todavía un resto de enfado demasiado orgulloso para haberse disuelto del todo, no solo por la fuga de Johann, sino por la manera en que esa fuga había demostrado una grieta en el control que él creía ejercer.
Anna, que lo conocía mejor que nadie en esas cosas, percibió esa resistencia y se adelantó a ella.
—No conviertas esto en una batalla más —dijo, y aunque su voz no se elevó, sonó más tajante de lo habitual—. Johann ha vuelto. Maria ha aceptado verle. No lo estropees con tu orgullo.
Karl entrecerró apenas los ojos.
—No hables como si hubiera sido yo quien se marchó. —No hablo de eso —respondió Anna—. Hablo de lo que vas a hacer ahora. Y de que por una vez deberías permitir que algo se construya sin forzarlo hasta romperlo.
El silencio que siguió no fue cómodo, pero sí revelador.
Karl no se enfadó de la forma abierta en que otros hombres lo habrían hecho.
No levantó la voz. No golpeó la mesa. Se limitó a sostener a su esposa con esa quietud severa que tantas veces había bastado para imponer su posición.
Solo que aquella noche, en ella, esa quietud no produjo el efecto acostumbrado.
—No necesito lecciones tuyas sobre lo que conviene a esta familia —dijo al fin.
Anna dio un paso atrás, no por temor, sino porque comprendió que ya había dicho lo necesario.
—No —respondió con una frialdad tranquila que él raras veces le oía—. Pero quizá sí necesitas recordar que no todo lo que conviene puede imponerse.
Después salió del despacho sin añadir nada más, dejando a Karl solo con sus papeles, con su orgullo y con la evidencia incómoda de que, al menos esta vez, algo importante estaba empezando a ocurrir fuera del alcance exacto de su voluntad.
Johann, mientras tanto, llegó a su casa con el cuerpo todavía alterado por el paseo de una manera que ni el trayecto ni el tiempo habían conseguido amortiguar.
Pasó apenas unos minutos en el interior, antes de darse cuenta de que, permanecer entre aquellas paredes no iba a devolverle ninguna claridad.
El aire de la casa, tan familiar, tan contenido, parecía ahora demasiado denso para sostener sin desbordarse todo lo que había sentido en el parque, de modo que, casi sin pensarlo, ordenó que le prepararan un caballo.
Montar siempre le había servido para ordenar el pensamiento.
Antes de marcharse al servicio, y también después, cuando el cuerpo entero todavía obedecía al caballo con una fluidez casi instintiva, había encontrado muchas veces en la velocidad,
en el ritmo de la respiración compartida con el animal y en el viento abierto de los caminos una forma de limpieza interior que nada más conseguía darle.
Aquella tarde confió en que volviera a ocurrir.
Creyó que el aire frío, el movimiento, el esfuerzo, la extensión del camino fuera de la casa bastarían para apagar o al menos diluir la intensidad absurda con que Maria se había quedado adherida a todos sus sentidos.
No fue así.
Cabalgó durante un buen rato, primero con una severidad casi mecánica, luego dejando que el caballo tomara un ritmo más vivo, pero ni la velocidad ni el aire lograron arrancarle de encima la memoria del encuentro.
Al contrario, el movimiento parecía afilar todavía más los recuerdos, hacerlos regresar con una precisión casi insoportable.
La veía otra vez avanzando hacia él por la avenida del parque, la caída del vestido, la luz sobre su cabello, la inteligencia tranquila de su mirada.
Volvía a sentir el momento exacto en que la brisa se alzó y llevó hasta él el perfume de violetas y piel tibia con una claridad tan devastadora que tuvo que apretar las riendas para no perder del todo la atención en el camino.
Y después regresaba, como una escena repetida a cámara lenta dentro de su mente, el instante en que ella había comprendido lo que ocurría en él.
La leve inclinación de la cabeza. Las mejillas encendiéndose apenas.
Esa mezcla de vergüenza y de halago femenino que la había vuelto todavía más hermosa, todavía más peligrosa.
Johann cerró un momento los ojos mientras el caballo reducía el paso, como si en ese gesto pudiera librarse de la violencia dulce de aquella imagen.
No se libró. Seguía allí. Más viva cuanto más intentaba apartarla.
El aire de la tarde le enfriaba el rostro, el ejercicio tensaba de nuevo el cuerpo, el olor del campo sustituía al del jardín del parque, pero nada conseguía borrar de él la memoria del perfume de Maria, la línea de su cuello,
el modo en que había pronunciado su nombre ni esa ironía suave que lo había dejado sin defensa.
Sintió que ni el viento, ni el galope, ni el esfuerzo bastaban ya para arrancarlo de esa impresión casi física de haber sido tocado por algo que no podía dominar con las armas que había aprendido hasta entonces.
Cuando por fin volvió hacia la casa, ya con la tarde rendida del todo a la noche, no se sentía más sereno. Solo más consciente.
Y comprendió que la dificultad no estaba en olvidarla.
La dificultad era que, después de haberla visto de verdad, ya no había en él nada que quisiera hacerlo.