Los Goldmann: El pacto de Viena (Los Goldmann 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Comenzaron a caminar. Anna, con una discreción muy deliberada, mantuvo el paso algo más atrás, a la altura de la criada, lo suficiente para oír si era necesario y lo bastante lejos como para permitirles una ilusión razonable de intimidad.

Durante los primeros momentos, el silencio entre Johann y Maria fue tenso, pero no vacío; estaba lleno de todo lo que ya sabían el uno del otro y de todo lo que aún no se habían atrevido a tocar fuera del papel.

Intentaron hablar al mismo tiempo.

Se miraron.

Se detuvieron ambos en esa coincidencia mínima y, por primera vez, Maria sonrió con algo más que simple cortesía.

—Perdón —dijo ella.

—No, yo… Volvieron a callar.

Johann sintió que la cabeza se le llenaba de un torbellino absurdo de frases posibles, todas demasiado pobres, todas insuficientes ante la realidad de tenerla al lado.

Por un momento se odió a sí mismo con una claridad casi divertida: había aprendido a conquistarla por carta y ahora, teniéndola a escasos pasos, era incapaz de ordenar una sola frase que no sonara trivial.

—Hable usted primero —dijo al fin, y en la voz le quedó una sinceridad tan desnuda que Maria la percibió enseguida.

Ella inclinó apenas la cabeza, como si aceptara el gesto con una mezcla de indulgencia y de ligera victoria.

—Eso no parece propio de un hombre que se marchó para que nadie decidiera por él.

Johann la miró.

Hubo un matiz en aquella frase, una pequeña ironía limpia, casi delicada, que no lo hirió porque no nacía de la crueldad, sino de una inteligencia despierta.

—No creía que fuera a empezar castigándome tan pronto.

—No estoy segura de haber empezado ahora —respondió ella, y aunque mantuvo la compostura, en sus ojos apareció un destello levemente pícaro que lo dejó casi desarmado—. Tal vez solo he decidido no dejarle el trabajo demasiado fácil.

Johann no pudo evitar sonreír. La sonrisa le cambió el rostro por completo, lo suavizó y lo volvió más joven, más vulnerable, y Maria lo advirtió.

—Entonces lo merezco —dijo él.

Siguieron caminando. La conversación, una vez rota la primera dureza del silencio, empezó a abrirse con una naturalidad inesperada.

Maria no hablaba por simple educación. Preguntaba de verdad.

Quería saber cómo había sido el servicio, qué parte de él había soportado peor, si el cuerpo terminaba por acostumbrarse al dolor o simplemente aprendía a callarlo mejor.

Johann respondió con una honestidad que no siempre se permitía ni ante su madre, describiendo la dureza del clima, el peso exacto del cansancio cuando deja de ser novedad y se vuelve un estado continuo,

la forma en que el cuartel despoja a un hombre de muchas cosas externas y lo obliga a enfrentarse con una versión menos adornada de sí mismo.

Maria escuchaba con atención verdadera, no interrumpía por cortesía ni fingía una admiración vacía, sino que añadía observaciones que le hacían sentir visto no como heredero, ni como hijo de Karl, ni siquiera como el hombre de las cartas, sino como una suma compleja de experiencia, culpa y deseo.

Habló también de sus lecturas, de cómo Anna hija había terminado por convertirse en una amistad inesperada, de ciertas tardes en las que el jardín de la casa Klein le había parecido menos pequeño porque pensaba que él, muy lejos, podía estar mirando un cielo parecido.

Había en ella sabiduría, pero no pedantería; dulzura, pero no blandura; y ese leve matiz de picardía bien educada que en una dama de su época no rompía el honor, sino que lo hacía más vivo.

En un momento del paseo, cuando pasaban junto a uno de los tramos abiertos donde la avenida se ensanchaba y el aire corría con más libertad, se levantó una brisa leve.

No fue más que un movimiento pequeño del aire, pero bastó para desplazar hacia Johann el perfume de Maria con una claridad devastadora.

La fragancia de violetas, tibia, limpia, casi íntima, se abrió de pronto entre ellos con una intensidad que no tenía nada de escandalosa y, precisamente por eso, resultó más peligrosa.

Johann la sintió, no solo por la respiración, sino por todo el cuerpo, como si el olor mismo tuviera la capacidad de deshacerle la voluntad durante un instante.

Cerró los ojos apenas un segundo. El aire, el perfume, la cercanía de ella, el recuerdo de su cuerpo bajo el vestido, la conciencia física de lo hermosa que era, todo se concentró en él con una violencia tan súbita que tuvo que detener el paso.

Respiró hondo.

Una vez.

Y después otra. Intentó recomponerse con esa disciplina que llevaba un año perfeccionando, pero el cuerpo no obedecía del todo a la razón.

Sintió el calor subirle desde el pecho hacia la garganta, el pulso volverse demasiado presente, la necesidad absurda de alejarse apenas medio paso y acercarse al mismo tiempo.

Maria lo notó. No podía no notarlo. Volvió la cabeza hacia él y, al comprender lo que había ocurrido, bajó la mirada con una mezcla exquisita de pudor y de orgullo femenino, como si aquella reacción la avergonzara un poco y, a la vez, la halagara de un modo imposible de ignorar.

Johann abrió los ojos y la encontró así, levemente inclinada, con la punta del color subiéndole apenas a las mejillas.

—Perdón —murmuró, y jamás una palabra tan simple le había parecido tan inútil.

Maria levantó la vista despacio. Había una luz nueva en sus ojos, una conciencia femenina más plena, como si acabara de descubrir que la atracción que había adivinado en sus cartas tenía un cuerpo real y una respuesta visible.

—No creo que deba disculparse por respirar —dijo con una suavidad que era casi una caricia, y luego añadió, con ese mismo hilo de ironía que lo estaba volviendo loco—. Aunque quizá sí por tardar un año entero en presentarse como es debido.

Johann sintió que si seguía mirándola demasiado tiempo en aquel instante perdería por completo la capacidad de ordenar una frase sensata.

—Maria…

Ella detuvo el paso.

La avenida seguía llena de vida alrededor, de paseantes, de bancos, de conversaciones lejanas, y sin embargo, en ese pequeño espacio entre ambos, el tiempo pareció estrecharse hasta volverse casi íntimo.

—Ha sido un placer verle —dijo al fin, con una serenidad que no anulaba la emoción del momento, sino que la encauzaba—. Más del que pensaba permitirme.

Y después, con una delicadeza casi cruel en lo precisa que fue:

—Pero si prolongamos mucho este paseo, mi padre terminará convencido de que el año en el ejército no ha mejorado su prudencia.

Johann se quedó mirándola, todavía algo aturdido, todavía demasiado consciente de su perfume, de la cercanía de su cuerpo, del modo en que la ironía suave de su voz había convertido el deseo en algo todavía más insoportable.

No supo responder de inmediato. Fue Anna, que había observado todo a distancia con una lucidez maternal infinitamente más aguda de lo que su hijo habría querido, quien acortó entonces la distancia con una naturalidad perfecta.

—Señorita Klein —dijo con una sonrisa tan amable como intencionada—, espero no parecer indiscreta, pero hay algo que me gustaría preguntarle antes de despedirnos. ¿Asistirá usted al baile de los duques de Liechtenstein la próxima semana?

Maria dudó. Fue una vacilación muy breve, pero real. Volvió la mirada hacia Johann y encontró en él una tensión tan visible, tan casi infantil en su esperanza contenida, que la respuesta se decidió en ese mismo instante antes de pasar por completo por el pensamiento.

Asintió.

No dijo nada más.

No hacía falta.

Anna sonrió con esa satisfacción discreta que solo una madre verdaderamente inteligente sabe permitirse sin volverla evidente.

—Entonces será una alegría volver a verla.

Maria inclinó la cabeza con elegancia, y cuando se volvió para reunirse de nuevo con su criada, Johann tuvo la sensación muy precisa de que el aire del parque seguía teniendo todavía su perfume, como si ella no se hubiera marchado del todo.

Y solo cuando la vio alejarse comprendió que aquel paseo público, tan medido, tan vigilado, tan contenido como Maria había exigido, había resultado mucho más íntimo y mucho más peligroso que cualquier encuentro privado que él hubiera podido desear.