Los Goldmann: El pacto de Viena (Los Goldmann 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

El paseo

Maria aceptó la invitación, pero no del modo en que Johann, en el fondo, había deseado.

La respuesta llegó a la casa Goldmann dos días después de que Anna hubiera enviado la propuesta, escrita con esa letra limpia y contenida que Johann había aprendido a reconocer incluso antes de tener el sobre entre las manos.

La leyó de pie, junto al ventanal de su dormitorio, con la sensación extraña de que el cuerpo entero se le tensaba en espera de unas pocas líneas.

Maria accedía a verle, sí, pero pedía que el encuentro tuviera lugar en un espacio público, al aire libre, en uno de los paseos de Viena donde no pudiera interpretarse que se les había concedido una intimidad impropia.

Sugería el Volksgarten, por su carácter abierto, por la facilidad con que una dama podía caminar allí acompañada sin exponerse a comentarios y, quizá también, porque ese lugar, con su orden elegante y sus avenidas visibles, le ofrecía una seguridad que aún no estaba dispuesta a abandonar.

Johann leyó la carta dos veces.

La primera con el impulso casi físico de quien solo busca la confirmación de que podrá verla.

La segunda con una conciencia más amarga del matiz que la respuesta contenía.

Maria aceptaba, pero no se entregaba. Permitía el encuentro, pero lo sometía a unas condiciones que hablaban con claridad del punto exacto en que se encontraba entre ambos: ella no quería negarle la posibilidad de verse,

pero tampoco estaba dispuesta a concederle una cercanía que él no se había ganado todavía.

Y aunque una parte de él había deseado algo más privado, más recogido, algún salón tranquilo o un jardín menos expuesto donde las palabras pudieran fluir sin testigos demasiado cercanos, no tardó en comprender que Maria tenía razón.

Se lo debían. Después de una cena rota, de un año de distancia, de cartas, silencios y disculpas, el primer encuentro no podía pertenecer del todo al deseo.

Tenía que pertenecer todavía, aunque solo fuera un poco, al honor.

Aceptó.

No solo porque no tuviera otra opción decorosa, sino porque reconocer la justicia de esa reserva lo hizo quererla aún más.

Maria, por su parte, dedicó a la preparación del paseo una atención que no se parecía del todo a la de otras veces.

No era vanidad. Ni siquiera era el simple deseo de agradar.

Había en aquella mañana una intención más precisa, más femenina y más compleja: quería que Johann la viera y que al verla comprendiera sin necesidad de explicaciones qué había perdido al marcharse, qué había dejado suspendido durante un año entero,

qué mujer había permanecido al otro lado de sus cartas mientras él aprendía a escribirle por fin con la verdad de un hombre.

No deseaba humillarlo, ni castigarlo con crueldad, pero sí hacerle sentir, al menos durante unos instantes, el peso delicado de todo lo acontecido.

Eligió el vestido con ese mismo criterio.

No uno excesivamente ornamentado, porque eso habría resultado impropio para un paseo diurno, pero sí uno cuya elegancia fuese tan limpia y precisa que ningún ojo mínimamente atento pudiera confundirla con la casualidad.

Era de un tono azul muy pálido, casi gris perla cuando la luz no lo tocaba de lleno, y al moverse adquiría una suavidad líquida que parecía variar con cada paso.

La estructura se ajustaba lo suficiente al talle para subrayar la gracia de su silueta sin perder la compostura exigida por la época, y la falda caía con esa clase de ligereza disciplinada que no se desordena fácilmente, pero que deja intuir el movimiento bajo la tela.

Su cabello fue recogido con una delicadeza que no buscaba exhibirse, sino revelar.

Algunos mechones quedaron libres junto a la sien y la nuca, lo suficiente para dulcificar el contorno de su rostro y dar a su expresión una suavidad aún más viva.

Pero fue el perfume lo que terminó de convertir aquella preparación en una decisión consciente.

Maria eligió uno muy leve, hecho de violetas y un fondo limpio, tibio, apenas dulce, una fragancia que no se imponía al aire, sino que parecía nacer de la cercanía del propio cuerpo, como si la piel misma la produjera.

Lo aplicó con mesura, en los puntos donde el calor se recoge más fácilmente, detrás de las orejas, en la base del cuello, en las muñecas, sabiendo quizá sin querer saberlo del todo que ciertos perfumes no se recuerdan por haber sido intensos,

sino por haber aparecido exactamente en el momento en que alguien estaba más dispuesto a no olvidarlos.

Cuando se miró por última vez antes de salir, no lo hizo para admirarse, sino para comprobar si había conseguido lo que quería.

Y sí, lo había conseguido. No estaba simplemente hermosa.

Estaba deslumbrante de una forma contenida, peligrosamente adecuada, como si cada elemento hubiera sido escogido no para llamar la atención del mundo, sino para destruir con suavidad la defensa de un solo hombre.

El Volksgarten respiraba aquel día con la serenidad ordenada que lo había convertido en uno de los lugares más agradables para el paseo.

Las avenidas trazaban líneas limpias entre los macizos y los espacios abiertos, los bancos se distribuían con discreta intención a lo largo de los recorridos y el aire de Viena, ya mucho más amable que en los meses del regreso de Johann,

conservaba todavía una frescura suficiente para hacer del paseo algo elegante y no fatigoso.

Había familias, damas acompañadas, caballeros que se detenían a conversar, ancianas en sillas arrendadas junto a las avenidas y ese murmullo bajo, continuo, que no interrumpe la intimidad del lugar, sino que la protege al diluir a cada cual dentro de una escena más amplia.

Johann llegó acompañado de su madre, con la exactitud nerviosa de quien teme parecer demasiado impaciente y, al mismo tiempo, no puede evitar serlo.

Se había vestido con un cuidado que pretendía ser natural y que, precisamente por eso, resultaba aún más revelador.

El uniforme había quedado atrás, pero no el cuerpo que el servicio había forjado bajo él.

El traje oscuro le sentaba con una sobriedad impecable, y la manera en que la tela seguía ahora la estructura más firme de sus hombros, del pecho y de las piernas hacía visible, sin decirlo, que el año lejos de Viena no había pasado en vano.

Anna lo observó de reojo mientras caminaban por una de las avenidas del parque, y en aquella atención maternal había algo entre la ternura y la lucidez divertida de quien ve en un hijo algo que él todavía cree ocultar.

—No hace falta que camines así —dijo al fin, con una suavidad casi irónica.

Johann giró apenas la cabeza.

—¿Así cómo?

—Como si fueras a entrar en combate.

Él dejó escapar el aire, casi una sonrisa.

—No estoy nervioso.

Anna no respondió a la afirmación. Solo adelantó un poco el paso, lo suficiente para dejarla flotando entre ambos sin necesidad de discutirla.

Las vieron antes de que ellas los vieran a ellos.

Maria caminaba acompañada por una criada de confianza, una mujer de edad madura y compostura intachable que cumplía sin esfuerzo aparente esa función ambigua de compañía, vigilancia y resguardo social que toda dama respetable conocía demasiado bien. Johann se detuvo apenas un segundo.

No fue una detención visible para cualquiera. Pero lo bastante real como para que su madre la percibiera.

La primera impresión no tuvo nada de razonable.

Había leído sus cartas, había imaginado muchas veces el rostro de la mujer que las escribía, había construido incluso una idea de su belleza a partir de lo poco que recordaba de aquella cena interrumpida,

y sin embargo nada lo preparó del todo para la visión directa de Maria avanzando hacia él por la avenida del parque, bajo aquella luz, con aquel vestido y aquella forma suya de sostener el mundo sin imponerse nunca a él.

No era solo hermosa. Era de esas mujeres cuya belleza parece corregir el aire alrededor, obligarlo a afinarse para no desentonar con ella.

El azul pálido del vestido hacía todavía más luminosa la claridad de su piel, y el movimiento de la tela, suave y preciso, dibujaba la cadencia de su cuerpo con una elegancia tan limpia que resultaba más perturbadora por lo poco que necesitaba insinuar.

Johann sintió el impacto primero en el pecho, una especie de vacío súbito, y luego en el resto del cuerpo, como si algo en él se hubiera aflojado y tensado al mismo tiempo.

Los hombros se le hicieron demasiado conscientes, la respiración demasiado presente, la mirada demasiado incapaz de decidir dónde detenerse.

El contorno de su cintura bajo la línea firme del talle, la caída serena del cuello, la delicadeza de las manos enguantadas, la manera en que la luz tocaba su cabello y parecía quedarse allí más tiempo del necesario, todo en ella componía una imagen que no solo lo atraía, sino que lo desarmaba.

Y después estaban los ojos.

Cuando Maria alzó la mirada y lo vio, Johann comprendió que nada de lo anterior, ni la carta más íntima, ni la espera más larga, ni la culpa, ni el deseo imaginado, se comparaba a lo que producía la conciencia de ser mirado por ella de verdad.

Había en sus ojos una inteligencia serena, una recepción atenta, una reserva que no era frialdad y un brillo apenas contenido que hacía imposible reducir aquel instante a la simple cortesía de un reencuentro.

Johann sintió que todo su cuerpo, toda su voluntad, toda la parte de sí mismo que había conseguido ordenar durante un año completo, se inclinaba hacia ella de un modo casi humillante por lo inmediato.

Anna fue la primera en hablar. Saludó a Maria con la amabilidad exacta y dirigió también unas palabras amables a la criada, estableciendo con esa facilidad suya el marco respetable del encuentro. Johann inclinó la cabeza cuando Maria se detuvo por fin frente a él.

—Señorita Klein. —Señor Goldmann.

La formalidad de las palabras no logró ocultar la violencia callada del instante.

Se miraron apenas un segundo más de lo que el protocolo habría considerado prudente, y en ese segundo Johann sintió, con una claridad casi insoportable, que la mujer a la que había amado por carta poseía además un cuerpo,

una presencia y una belleza capaces de trastornar físicamente a un hombre con una sola mirada.