Capítulo 12 #2
Los aceites perfumaban el agua de una forma sutil y profunda, y en esa mezcla de calor, aroma y silencio había algo casi voluptuoso, no en un sentido escandaloso ni deliberado,
sino en esa forma íntima en que el placer de un cuerpo cuidado se vuelve más agudo cuando ha pasado demasiado tiempo sin él.
Cerró los ojos, apoyó la cabeza hacia atrás y dejó que el agua cubriera más parte de su torso, sintiendo cómo el peso de los días se desprendía con una lentitud deliciosa.
Podría haberse quedado allí mucho más tiempo, pero incluso el placer, en Johann, seguía conviviendo con una disciplina difícil de apagar.
Terminó de asearse, se secó con una toalla gruesa y limpia cuya suavidad le resultó casi excesiva, se vistió con la ropa preparada para él y bajó por fin al salón pequeño, donde Anna lo esperaba.
La estancia había sido dispuesta con una intimidad muy distinta a la de los espacios principales de la casa.
El fuego estaba encendido, aunque ya no hacía verdadero frío, y esa elección parecía menos funcional que afectuosa.
Sobre la mesa baja lo esperaba un servicio de té de porcelana clara, una tetera de plata aún humeante y una bandeja con dulces cuidadosamente ordenados.
Johann los reconoció enseguida: pequeñas porciones de gugelhupf ligeramente espolvoreadas, unas piezas delicadas de kipferl con vainilla y, junto a ellas, rebanadas finas de un pastel de almendra y miel que su madre sabía que había sido siempre de sus favoritos.
Se sentó frente a ella y, por primera vez desde su regreso, sintió con nitidez esa clase de bienestar doméstico que no depende solo del descanso físico, sino de algo mucho más profundo, la sensación de ser esperado, de haber sido pensado en los detalles,
de encontrar en el hogar no una estructura que se impone, sino un espacio que acoge.
Anna le sirvió el té con manos tranquilas y lo observó beber el primer sorbo con una atención que no resultaba invasiva, sino casi conmovedora.
—Has adelgazado —dijo con suavidad, aunque en el tono no había censura, sino una mezcla de constatación y ternura.
Johann dejó la taza sobre el plato.
—No tanto como otros.
Anna lo miró unos segundos, como si adivinara en esa respuesta la vieja costumbre de relativizar el propio esfuerzo.
—Suficiente para que una madre lo note.
Él sonrió otra vez, esta vez con un cansancio más blando.
Tomó un trozo pequeño de pastel de almendra y miel y al llevarlo a la boca sintió un placer tan simple y tan exacto que tuvo que cerrar apenas los ojos un instante.
La dulzura estaba en el punto justo, la miga era ligera, el aroma de la miel se mezclaba con la almendra sin imponerse, y por un momento el contraste con la comida áspera, funcional y sin matices del cuartel se le hizo casi insoportable.
Anna lo vio disfrutarlo y no dijo nada; solo acercó un poco más la bandeja hacia él, como si todo el amor que no había podido expresarle en otras cosas durante el último año, pudiera volcarlo con naturalidad en esa mesa.
Hablaron primero de asuntos más sencillos: de sus hermanos, de cómo habían cambiado algunas cosas pequeñas de la casa, de la salud general de todos, de Leopold y su música, de Charlotte, de los mellizos ya menos niños.
Karl siguió siendo una presencia ausente en la conversación, no porque Anna quisiera evitarlo de forma consciente, sino porque su falta en aquel momento volvía más fácil sostener una intimidad que quizá se habría roto si su nombre hubiera entrado demasiado pronto.
Fue Johann quien, al cabo de un rato, llevó la conversación hacia el punto que realmente le importaba.
—¿Cómo está Maria?
Anna no respondió de inmediato. Lo observó con una calma tan serena que él sintió de golpe toda la desnudez de la pregunta.
No era la primera vez que hablaban de ella por carta, pero era la primera vez que lo hacía allí, en voz alta, sentado en su casa, con el regreso ya consumado y el deseo de verla instalado en él con una evidencia que resultaba imposible de disimular por completo.
—Bien —respondió finalmente—. Más serena de lo que estuvo al principio. Más… dueña de sí misma.
Johann bajó la mirada hacia la taza, no para esquivar la conversación, sino para ordenar lo que iba a decir.
—Quiero verla.
Anna apoyó con cuidado la suya sobre el plato.
—Lo imaginaba.
Él alzó los ojos.
—No quiero que el encuentro se produzca por casualidad, ni en una cena, ni en una casa llena, ni de un modo que vuelva todo más difícil de lo que ya es. Quiero verla de verdad, poder hablar con ella, sin esa… estructura alrededor.
Anna no pudo evitar una leve sonrisa al oír en boca de su hijo una palabra que pertenecía tan claramente al mundo de Karl, usada esta vez en contra de todo lo que ese mundo representaba.
—¿Y quieres que yo lo disponga?
—Sí —dijo Johann, y esta vez no hubo vacilación en él—. Si puede ser. Quiero que conciertes una visita. A la casa Klein. O aquí, si lo consideras más adecuado. Pero pronto.
Anna lo miró largo rato, no con sorpresa, sino con esa atención delicada con la que las madres reconocen en un hijo algo que quizá ha estado formándose durante mucho tiempo antes de ser pronunciado.
—Lo haré —respondió al fin—. Hablaré con ella. Y con su padre, si hace falta.
Johann dejó escapar el aire despacio, como si en esa aceptación se hubiera relajado algo que llevaba meses demasiado tenso dentro de él.
—Gracias.
Anna extendió la mano sobre la mesa y la apoyó un instante sobre la suya.
—No me las des todavía. Veamos primero qué desea ella.
La frase no tuvo dureza, pero sí una lucidez tan limpia que Johann la recibió como debía. Asintió.
—Tienes razón.
Sin embargo, incluso en esa corrección, había en él algo nuevo, una impaciencia distinta, casi luminosa, que no había traído de regreso ninguna otra cosa del servicio.
Pensar que pronto podría verla, no en el papel, no en el silencio entre dos cartas, sino de verdad, hizo que el calor del té, la dulzura del pastel y la quietud del salón se mezclaran dentro de él con una esperanza tan íntima que por un instante todo lo demás quedó en segundo plano.
Y mientras Anna le servía otra taza con esa delicadeza tranquila que volvía el hogar algo más parecido al amor de lo que él había sabido reconocer antes, Johann comprendió que, por primera vez desde que había partido, el regreso no consistía ya en volver a la casa de su padre.
Consistía en acercarse a ella.