Los Goldmann: El pacto de Viena (Los Goldmann 1) Capítulo 12
39%

Capítulo 12

El regreso

La llegada no estuvo marcada por ningún gesto solemne, ni por una escena de gran dramatismo en el umbral de la casa, sino por algo mucho más silencioso y, precisamente por eso, más desarmante.

Cuando el carruaje se detuvo frente a la casa Goldmann, Johann sintió durante un instante una extraña vacilación, no porque dudara de su deseo de volver, sino porque comprendió, con una claridad que no había tenido al partir,

que el regreso no consistía únicamente en atravesar de nuevo la puerta de su casa, sino en medirse con todo aquello de lo que se había apartado un año atrás y descubrir qué seguía intacto, qué se había desplazado y qué ya no podía ser habitado del mismo modo.

La fachada seguía siendo la misma, con esa serenidad contenida que no necesitaba imponerse para sostener su presencia.

La piedra clara, apenas suavizada por la luz de la tarde, devolvía a la casa su belleza tranquila, casi atemporal, y sin embargo Johann la percibió de otra manera, no porque hubiera cambiado el lugar, sino porque él mismo ya no era del todo el mismo hombre que había salido de allí un año antes.

El aire olía a jardín húmedo y a flores recién cortadas, y en esa mezcla delicada, casi doméstica, había algo tan ajeno a la dureza del cuartel que por un instante tuvo la impresión de estar entrando en un recuerdo más que en una realidad.

No fue Karl quien salió a recibirlo.

La puerta se abrió y, antes incluso de que el mayordomo terminara de apartarse, apareció Anna, seguida muy de cerca por Leopold, Anna hija, Charlotte y los mellizos, todos distribuidos de ese modo apenas desordenado en que la emoción altera por un momento la estructura sin llegar a destruirla.

Durante un segundo, Johann se quedó quieto, con el equipaje aún en la mano, mirando a su familia como si le costara reconocer que seguían allí, completos, reales, esperándolo.

Fue Anna quien avanzó primero.

No corrió. No era mujer de gestos desmedidos.

Pero en la rapidez con que acortó la distancia y en la manera en que apoyó ambas manos sobre el rostro de su hijo antes de abrazarlo, hubo algo más elocuente que cualquier desbordamiento.

Johann no recordaba que su madre lo hubiera abrazado así nunca, con esa necesidad contenida pero indiscutible, como si al tenerlo de nuevo entre los brazos quisiera asegurarse de que la carne y los huesos que sostenía eran realmente suyos, de que la distancia, el servicio,

el tiempo y el miedo no lo habían convertido en otra cosa irreconocible.

Leopold fue el siguiente, menos contenido en el gesto y más rápido en la sonrisa, con esa forma suya de devolver ligereza a todo lo que tocaba sin restarle profundidad.

Anna hija se acercó después con una emoción más visible de lo habitual en ella, Charlotte con una alegría que casi tuvo que disciplinar a mitad del paso, y los mellizos, ya menos niños que cuando él se fue,

mantuvieron ese equilibrio extraño entre la timidez y el deseo de acercarse que solo tienen quienes han crecido observándolo todo antes de tiempo.

Johann respondió a cada uno con una mezcla de afecto real y una extraña cautela, no porque no quisiera estar allí, sino porque el cuerpo todavía conservaba la rigidez aprendida del cuartel, esa costumbre de no relajarse del todo ni siquiera frente a lo familiar,

como si un año de disciplina más áspera hubiera dejado dentro de él una vigilancia que ya no se retiraba con facilidad.

—Tu padre no está en casa —dijo Anna finalmente, sin apartar del todo la mano de su brazo, como si incluso al decirlo quisiera amortiguar lo que la frase pudiera contener—. Ha salido esta tarde y no volverá hasta más tarde.

Johann asintió. No hizo ninguna pregunta inmediata.

No podía decir que la noticia lo decepcionara, porque parte de él había previsto, o incluso deseado, no encontrarse con Karl en el primer instante del regreso.

Y sin embargo, sintió de todos modos una tensión leve, la conciencia de una conversación todavía pendiente que no desaparecería por posponerse unas horas más.

Anna recogió enseguida esa vacilación y, sin insistir en ella, lo condujo al interior con una naturalidad que no permitía al momento endurecerse.

—Ven —dijo con una suavidad que tenía algo de maternal y algo de refugio—. Te he hecho preparar todo. Debes estar agotado.

Aquella frase, tan simple, le produjo una emoción extraña, casi física.

Debes estar agotado. Nadie en el cuartel había formulado el cansancio como algo digno de ser atendido; allí se soportaba, se atravesaba, se superaba.

Que alguien lo nombrara no como una debilidad, sino como una realidad a la que debía ofrecérsele alivio, le devolvió de golpe una parte del mundo doméstico que había olvidado cuánto echaba de menos.

Anna lo acompañó hasta la planta superior, hablándole con esa voz baja que parecía acariciar los bordes de la escena sin romper su delicadeza.

Le explicó que le habían preparado el baño, que después bajarían al salón pequeño, donde tendrían té y dulces, y que el resto de la casa seguiría girando a su alrededor sin exigirle nada por unas horas.

Johann la escuchaba mientras avanzaban por el pasillo con una sensación cada vez más clara de que el hogar no estaba hecho solo de muros, alfombras y aromas familiares, sino de una forma de amor silencioso que él, por haber crecido demasiado cerca de Karl,

no había sabido reconocer del todo cuando aún lo tenía delante cada día.

El dormitorio seguía siendo el suyo. Todo estaba en su lugar, pero la estancia parecía menos rígida de lo que la recordaba, o tal vez era él quien llegaba desde un mundo tan áspero que incluso la suavidad más leve adquiría allí otra intensidad.

Sobre una silla esperaba ropa limpia, doblada con la exactitud habitual, y al fondo, a través de la puerta entreabierta del cuarto de baño, llegaba ya el vapor del agua caliente.

Anna se detuvo en el umbral.

—Tómate el tiempo que necesites —dijo—. Después bajarás conmigo. He mandado preparar los dulces que más te gustaban.

Johann sonrió apenas, una sonrisa cansada, real.

—Gracias, madre.

Ella sostuvo su mirada un instante más, como si quisiera decir muchas otras cosas y comprendiera, al mismo tiempo, que todavía no era necesario hacerlo. Después salió, dejándolo solo.

Johann cruzó al baño. El aire estaba tibio, denso de vapor, y el olor de los aceites se había extendido por la estancia con una delicadeza envolvente.

Había lavanda, quizá también algo de romero y un fondo más dulce, apenas perceptible, que no supo identificar del todo y que convertía el agua en algo más que un gesto de higiene, en una forma de cuidado tan exacta que casi resultaba dolorosa.

Durante un segundo se quedó inmóvil, contemplando la bañera llena, el brillo suave del cobre, el vaho en los espejos, y sintió una punzada íntima al recordar de qué modo se había bañado durante el último año: agua fría o apenas templada, rapidez, funcionalidad,

cuerpos apretados en espacios comunes donde la desnudez no pertenecía al placer ni al descanso, sino a la simple necesidad.

Se desvistió despacio, no por pudor, sino porque el cuerpo le pedía aún cierta cautela.

La ropa fue cayendo pieza a pieza, y al quedarse desnudo frente al espejo no pudo evitar mirarse con una atención distinta a la de otras veces.

El año en el servicio militar había transformado su cuerpo de un modo que ni siquiera él terminaba de medir del todo en el día a día, quizá porque en el cuartel el cuerpo era solo un instrumento fatigado, un conjunto de músculos, dolor y resistencia, nunca una imagen digna de contemplación.

Allí, sin embargo, bajo la luz cálida del baño y frente al espejo empañado por el vapor, su propia figura se le devolvió con una claridad casi extraña.

Seguía teniendo la altura y la estructura firme que ya había poseído antes de marcharse, pero ahora había en él algo más áspero, más definido, menos pulido por la comodidad y más modelado por el esfuerzo repetido.

Los hombros, anchos de forma natural, se habían endurecido todavía más y descendían hacia unos brazos donde la musculatura no parecía ya nacida del ejercicio elegido, sino del trabajo real, de la carga sostenida, del peso y de la repetición.

El pecho, antes fuerte, se veía ahora más denso, cruzado por una tensión serena que no necesitaba exagerarse, y el abdomen había perdido cualquier resto de suavidad para adquirir esa firmeza limpia que solo deja el cansancio físico continuo,

donde cada línea se intuía bajo la piel con una precisión casi involuntaria.

También las piernas, siempre sólidas por la equitación y el entrenamiento, tenían ahora una fuerza distinta, más compacta, más masculina, como si el cuerpo entero se hubiera estrechado y afirmado al mismo tiempo.

No había en él la belleza artificiosa de un hombre que se sabe observado, sino algo más peligroso precisamente por no buscarlo, una mezcla de disciplina, desgaste y vigor contenido que hacía de su desnudez algo menos inocente de lo que él mismo habría admitido.

La piel, algo más tostada en ciertas zonas y marcada en otras por pequeños rastros del año pasado —una línea más clara junto a la cadera, una sombra apenas visible sobre el hombro, la memoria discreta de golpes y ejercicios— contribuía a esa impresión de cuerpo vivido, trabajado, capaz.

Johann sostuvo un segundo más la mirada de su reflejo, como si viera en él a alguien ligeramente más hombre de lo que había sido al partir, y ese reconocimiento le produjo una extraña mezcla de orgullo y desposesión.

Después se sumergió en el agua.

El alivio fue tan inmediato que durante unos instantes no pudo pensar con claridad.

El calor lo rodeó por completo, entrando en los músculos como una mano experta y paciente, deshaciendo la tensión que había aprendido a instalarse en la espalda, en los hombros, en los muslos, en la nuca.

Sintió cómo el cuerpo, que en el cuartel había vivido durante meses en una vigilancia continua, empezaba por fin a ceder, a comprender que podía aflojarse sin castigo.