Capítulo 11 La respuesta #3
Y cuando al fin le escribió la última carta antes de su regreso, ya sin la rigidez inicial y con una ternura que no necesitaba declararse para ser evidente, cerró el sobre después de releer una frase que no habría sabido escribir meses atrás y que, sin embargo,
aquella noche le pareció la única posible:
Señorita Klein:
He intentado empezar esta carta de muchas formas distintas y en todas he terminado deteniéndome en el mismo punto, quizá porque hay verdades que, mientras permanecen en silencio, todavía parecen soportables, pero que al ser escritas adquieren un peso del que ya no es posible retirarse.
No sé si debería haber esperado a volver para decirle todo esto mirándola de frente, como quizá merecería una confesión de esta naturaleza, pero también sé que he dejado pasar demasiadas cosas importantes por temor, por orgullo o por una prudencia mal entendida, y no quiero que esta sea una más.
Cuando me marché, creí que la distancia me ayudaría a sostener con firmeza la decisión que había tomado.
Pensé que, lejos de Viena, de mi casa, de mi padre y de todo cuanto me había llevado a rechazar aquel acuerdo, el tiempo me devolvería una claridad limpia, una certeza más sencilla, una paz que entonces confundía con la huida.
No fue así. Lo que el tiempo hizo, en realidad, fue despojarme de muchas cosas que hasta entonces habían parecido esenciales y dejarme solo frente a aquello que permanecía incluso cuando todo lo demás cambiaba. Y usted, Maria, permaneció.
Al principio fue su recuerdo ligado a una culpa que creí justa; después, la conciencia de haberla dejado sola en una situación que no merecía; más tarde, la gratitud por unas cartas que no tenían por qué haber llegado nunca y que, sin embargo, llegaron con una delicadeza que todavía hoy me conmueve.
Pero con el paso de los meses, todo eso dejó de ser suficiente para explicar lo que me ocurría.
Ya no era solo el pensamiento de una mujer a la que había causado un agravio, ni la estima nacida de la generosidad con la que respondió a mi torpeza, ni siquiera la admiración por la inteligencia serena que descubrí en cada una de sus palabras.
Era algo más profundo, más silencioso y, precisamente por eso, más imposible de negar.
He vivido este año rodeado de dureza, de frío, de cansancio y de hombres que miden el mundo en términos muy distintos a los que yo había conocido hasta ahora, y en medio de todo ello sus cartas se convirtieron, sin que yo pudiera impedirlo, en la parte más esperada de mis días.
Llegaban como una interrupción de la aspereza, como una forma de luz que no hería, como una presencia capaz de atravesar la distancia y encontrarme incluso en aquellos momentos en los que me resultaba más difícil reconocerme a mí mismo.
He leído sus palabras con una atención que a veces rayaba en la devoción; las he releído en noches en las que el cuerpo me dolía tanto que apenas podía dormir; las he guardado como se guarda aquello que empieza a formar parte de uno sin haber pedido permiso para hacerlo.
Y entre una carta y la siguiente, entre el silencio y la espera, entre la culpa y la gratitud, he terminado comprendiendo algo que quizá ya estaba creciendo desde mucho antes de que yo me atreviera a nombrarlo: que me he enamorado de usted.
No de la idea de usted, ni de la mujer a la que otros habían destinado a un compromiso conveniente, ni de la presencia delicada que apenas conocí una noche interrumpida por mi propia cobardía, sino de la voz que me ha acompañado estos meses, de su forma de mirar el mundo,
de la inteligencia con la que piensa, de la ternura contenida con la que escribe, de la dignidad con la que ha sostenido incluso mi silencio, y de esa extraña capacidad suya para hacer que todo parezca más limpio, más verdadero y más digno de ser vivido.
No sé si tengo derecho a escribirle esto después de cómo empezó todo entre nosotros.
A veces pienso que lo único que me autoriza a hacerlo es precisamente que ya no podría soportar seguir callándolo.
Usted ha entrado en mi vida de la manera más improbable y menos justa, y sin embargo ha terminado ocupando en ella un lugar que no se parece a nada de lo que yo había imaginado.
Si estos meses me han enseñado algo, es que hay lazos que no nacen de la imposición, sino de una intimidad lenta, de una verdad que se va formando entre líneas, de un afecto que crece sin testigos y sin promesas, hasta volverse tan real que ya no puede ser tratado como una posibilidad lejana.
Regreso a casa dentro de poco, y no sabría decirle con exactitud cuánto de ese regreso me inquieta y cuánto me sostiene, pero sí puedo decirle con absoluta certeza que en todo este tiempo no he deseado nada con tanta fuerza como verla.
No como una obligación pendiente, ni como una presencia a la que deba reparar con cortesía, sino como la mujer a la que he llegado a amar en la distancia y a la que necesito conocer por fin sin la sombra de otros decidiendo por nosotros.
Vuelvo a casa, Maria, y si usted todavía me permite acercarme, no deseo otra cosa que verla lo antes posible.
Johann Goldmann