Los Goldmann: El pacto de Viena (Los Goldmann 1) Capítulo 11 La respuesta #2
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Capítulo 11 La respuesta #2

Había dejado pasar seis cartas, seis meses de una voz serena, generosa, delicada y cada vez más personal, sin conceder a cambio nada más que su lectura silenciosa y ese amor en formación que ni siquiera ella podía sospechar.

Cuando por fin comenzó, lo hizo con una honestidad que le resultó casi más dolorosa que la lesión.

Señorita Klein:

No sé si tengo derecho a escribirle después de haber sostenido durante tanto tiempo un silencio que ahora me parece menos digno de lo que creí al imponerlo.

Debo empezar, por tanto, pidiéndole perdón.

No solo por no haber respondido antes, sino por la tozudez que me ha llevado a esconder tras una falsa firmeza lo que en realidad era confusión, orgullo y una resistencia que no quería dirigir contra usted y que, sin embargo, ha terminado alcanzándola.

He leído cada una de sus cartas con una atención que no merecía mi falta de respuesta, y cuanto más tiempo he tardado en escribir, más impropio me ha parecido hacerlo, hasta que el propio retraso se convirtió en una forma de cobardía.

Le ruego que me perdone. Y si no puede hacerlo todavía, al menos permítame decir que lo entiendo.

No sé por qué ha dejado de escribirme, aunque sospecho que el enfado sería una razón justa, y casi espero que así sea, porque cualquier otra explicación me resultaría mucho más difícil de soportar.

Johann Goldmann.

Releyó la carta antes de cerrarla y sintió una punzada extraña, no de alivio, sino de exposición.

Era la primera vez que Maria iba a leer algo suyo, la primera vez que su voz saldría de verdad al encuentro de la de ella, y, aunque el texto era todavía contenido, todavía casi austero, no pudo evitar la sensación de haber abierto una puerta que quizá ya no querría volver a cerrar.

La envió al día siguiente. Después esperó.

Al principio se dijo que una respuesta tardaría lo razonable.

Que las cartas necesitaban días. Que las casas tenían sus ritmos, que el correo no se ajustaba a la urgencia interior de nadie, que no podía pretender deshacer medio año de silencio y recibir una respuesta inmediata,

como si la herida que él había dejado pudiera plegarse a la conveniencia de su inquietud.

Pero pasaron los días. Primero cinco. Luego ocho.

Después diez. Y el sobre no llegó. Cuando por fin pudo volver a caminar sin ayuda y reanudar parte de los ejercicios más suaves, la ansiedad lo acompañaba como un dolor nuevo, más difícil de disimular que el físico.

Escribió una segunda carta. Esta vez la contención le costó más.

Señorita Klein:

No sé si la primera carta le ha llegado, ni si ha decidido no responderla, y no quiero importunarla insistiendo donde quizá sólo deba aceptar lo que he merecido.

Pero me descubro incapaz de conformarme, del todo, con ese silencio sin intentar una vez más pedirle que me permita reparar, en la medida en que pueda hacerse por escrito, la torpeza de estos meses.

He sido injusto con usted al aceptar el consuelo de sus palabras sin ofrecer a cambio las mías. No encuentro excusa mejor que la de haber confundido el orgullo con la firmeza, y la firmeza con algo digno. Hoy sé que no lo era.

Si sigue enfadada, no la culpo. Solo le ruego que no me deje creer algo peor que eso.

Johann.

A la vez, escribió a su madre. La carta a Anna fue más breve, menos expuesta, pero por eso mismo quizá más elocuente.

Madre:

Le ruego que, si puede hacerlo sin causarle molestia a la señorita Klein, averigüe cómo se encuentra. Hace tiempo que no recibo cartas suyas y me temo que mi propio comportamiento haya contribuido a su silencio. Si supiera algo, le agradecería que me lo dijera con franqueza.

Johann.

La respuesta de Anna llegó antes que ninguna otra. Su letra, firme y limpia, le devolvió de golpe el mundo de la casa, el despacho, las alfombras y la contención materna con una claridad casi dolorosa.

Johann:

He ido a ver a Maria. Se encuentra bien.

No enferma, no indispuesta, no en peligro alguno, si eso era lo que tu carta no se atrevía a preguntar de forma directa.

Está, sin embargo, molesta contigo, y me parece razonable.

No por haberte marchado, pues en eso no entraré ahora, sino por haber aceptado durante meses la compañía de sus cartas sin ofrecerle a cambio ni una sola línea.

No ha hablado mal de ti. Tal vez eso debería avergonzarte más.

Si tienes algo que decir, díselo a ella, no a mí. Tu madre.

Johann terminó de leer con una mezcla violenta de alivio y vergüenza.

Maria estaba bien. La frase, sencilla, despejó en un instante semanas de angustia muda, pero dejó al descubierto algo aún más incómodo: la dimensión exacta de su responsabilidad.

No podía seguir ocultándose ya detrás del miedo a lo peor.

El silencio de Maria no había nacido del azar ni de la enfermedad, sino de una herida limpia y justa, causada por él.

Dos días después recibió por fin la carta de ella.

Señor Goldmann:

He recibido sus dos cartas. No respondí a la primera porque quise concederme el derecho de no hacerlo de inmediato, y porque me pareció que, después de tantos meses, usted podía soportar por un tiempo el mismo silencio que me pidió sin palabras.

No estoy enferma, si eso le preocupa. Tampoco me ha ocurrido nada extraordinario, salvo comprender que no deseo seguir escribiendo a alguien que no parecía considerar necesario contestar ni una sola vez.

Sé que no me debía nada, al menos no en el sentido estricto en que se deben ciertas cosas entre desconocidos, pero también sé que aceptar la continuidad de una correspondencia sin ofrecer una mínima reciprocidad no es un gesto inocente.

No estoy enfadada por su marcha, sino por su silencio.

Maria Klein.

La carta lo dejó inmóvil varios minutos.

No había en ella dureza excesiva, ni amargura, ni teatralidad.

Precisamente por eso resultaba más devastadora.

Maria le devolvía, con una claridad elegante y sin exageración, la medida exacta del daño que le había hecho.

Sintió entonces una culpa más nítida que cualquiera de las anteriores, una vergüenza limpia, casi física, y comprendió que, si quería conservar siquiera la posibilidad de seguir hablando con ella, tenía que abandonar para siempre la posición cómoda desde la que había amado sin exponerse.

Le escribió esa misma noche.

Señorita Klein:

Tiene razón en todo cuanto dice, y la forma serena en que lo ha escrito vuelve aún más injustificable mi conducta.

No tengo defensa. He confundido mis propios conflictos con una legitimidad que no tenían y he permitido que esa confusión cayera sobre usted como si fuera una consecuencia inevitable, cuando en realidad era solo mi incapacidad para responder como debía.

No le pido que olvide de inmediato lo ocurrido, ni que me conceda una indulgencia que no merezco, pero sí quiero pedirle perdón sin reservas. Si sigue escribiéndome, no volveré a callar. Y si decide no hacerlo, entenderé que esa decisión sea la única digna que le queda frente a mi comportamiento.

Johann Goldmann.

Maria respondió.

No enseguida, pero sí lo suficiente para que la espera no se convirtiera de nuevo en castigo.

Su carta no lo absolvía del todo, pero permitía continuar.

Y a partir de ahí, durante los tres meses siguientes, la correspondencia cambió de naturaleza.

Ya no era un monólogo delicado por parte de ella y una lectura culpable por parte de él, sino un intercambio real, todavía contenido por la distancia y por la educación de ambos, pero cada vez más frecuente, más personal y más arriesgado.

Johann empezó a escribir con una regularidad que lo sorprendía incluso a él.

Le hablaba del clima, sí, de la aspereza del servicio, de cómo el cuerpo se transformaba bajo la repetición del dolor, pero también de recuerdos de infancia que nunca había compartido con nadie fuera de su familia,

de la manera en que el olor de cierta madera húmeda en el barracón le recordaba a la biblioteca vieja de una finca a la que iba de niño, de la extraña humildad que imponía el cansancio físico cuando ya no quedaba nada de uno a lo que recurrir salvo la voluntad.

Maria, por su parte, le hablaba de sus lecturas, de los paseos con Anna, de la forma en que la primavera había cambiado por fin el jardín de los Klein, de pequeños detalles domésticos que en manos de cualquier otra persona habrían parecido insignificantes y que, en las suyas,

terminaban pareciendo una forma de intimidad.

Sin proponérselo del todo, Johann empezó a conquistarla por carta.

No con frases evidentes ni con una galantería vacía que habría desentonado con todo lo vivido, sino a través de una verdad cada vez menos protegida, de la atención precisa con que respondía a sus observaciones,

de la delicadeza con que empezó a leerla entre líneas y a hacerle sentir que había alguien, muy lejos, que la veía de verdad.

El silencio entre ambos se fue llenando de una confianza nueva, todavía insegura, todavía incapaz de nombrarse como amor, pero lo bastante real como para alterar el pulso de sus días.