Capítulo 11 La respuesta
Los seis meses siguientes no comenzaron con un cambio visible en el clima, ni con una alteración brusca en la vida del cuartel, sino con una ausencia mucho más pequeña y, precisamente por eso, al principio casi despreciable: la falta de una carta.
Johann no la advirtió de inmediato como una ruptura, porque durante el tiempo anterior había aprendido a esperar la letra de Maria con una mezcla de costumbre y cautela, sin permitirse del todo el reconocimiento de lo mucho que esa espera había empezado a organizar su vida interior.
Cuando terminó el primer mes sin recibir nada, se dijo que el retraso podía deberse a cualquier circunstancia menor, a una visita, a una indisposición leve, a una dificultad doméstica, a una demora en el correo, y trató de seguir con su rutina como si esa explicación bastara.
Sin embargo, bastó que pasaran dos semanas más, y luego algunos días todavía más lentos, para que la lógica dejara de ser suficiente y empezara a instalarse en él una inquietud que ya no se parecía a la simple decepción, sino a algo mucho más físico,
más difícil de sostener y más humillante de admitir.
Durante los meses anteriores, la dureza del servicio había terminado por adquirir un orden propio.
El cuerpo seguía sufriendo, sí, pero ya no con la extrañeza absoluta del comienzo, sino con esa obediencia cansada de los músculos que han comprendido que el dolor forma parte del marco y que resistir no consiste en evitarlo, sino en atravesarlo sin concederle más importancia que la justa.
Johann se había vuelto más sólido en los ejercicios, más rápido en la comprensión de las órdenes, más exacto en la distribución del esfuerzo, y hasta algunos de los superiores que al principio lo habían mirado con una mezcla de reserva y curiosidad empezaban a reconocer en él una eficacia menos
superficial de lo que su origen hacía suponer.
La relación con sus compañeros se había asentado también sobre una forma de respeto que ya no necesitaba probarse a diario; Franz seguía siendo el más cercano, Emil lo provocaba menos y lo consultaba más,
y había otros hombres en el barracón que habían dejado de ver en él al joven demasiado pulido de Viena para reconocer a alguien que, aunque distinto, resistía lo mismo que ellos y no trataba de elevar esa diferencia por encima del cansancio común.
Y, sin embargo, mientras el cuerpo y la rutina se afirmaban, algo más íntimo empezaba a desordenarse.
La falta de noticias de Maria introdujo en su vida un tipo de inestabilidad que el cuartel no podía corregir, porque no dependía de la disciplina, ni del horario, ni del agotamiento, sino de una forma de pensamiento que se filtraba por debajo de todo.
Johann intentó dominarlo al principio con la misma severidad con la que había aprendido a dominar otras incomodidades.
Se dijo que no tenía derecho a inquietarse, que el silencio de Maria podía deberse, con toda justicia, al cansancio que ella hubiera terminado sintiendo ante su propia cobardía epistolar, y que incluso, si aquel silencio no era más que una forma razonable de enfado,
lo único decoroso por su parte sería aceptarlo sin dramatismo.
Pero la razón, que tanto le había servido siempre para ordenar los conflictos de la mente, se volvió entonces insuficiente frente a una sensación más primitiva y más obstinada: la de que algo no estaba bien.
Al principio fue solo una molestia de fondo, una especie de tensión leve que se hacía más evidente al caer la noche, cuando el cuerpo ya no podía ser distraído por el ejercicio y la atención regresaba sin remedio a aquello que la rutina diurna había conseguido desplazar.
Después se transformó en otra cosa. Empezó a preguntarse, contra su voluntad y con una frecuencia cada vez más insoportable, si Maria estaría enferma, si algo en la fragilidad que su padre había descrito de forma tan indirecta y tan terca habría vuelto a imponerse,
si había recaído en alguna dolencia, si el clima, si una fiebre, si una de esas debilidades silenciosas que en ciertas mujeres de su clase se soportaban dentro de la casa con más discreción que esperanza, habría terminado por apagar aquella voz que lo había acompañado durante medio año.
No tenía ninguna razón concreta para pensar eso, y quizá precisamente por no tenerla el pensamiento se volvía más insistente, más libre de crecer hasta ocupar un espacio desproporcionado.
A veces, mientras marchaban en formación, le bastaba recordar una sola frase de sus cartas para sentir una opresión súbita en el pecho, una punzada casi física que no se parecía al cansancio, ni al dolor muscular, ni a la falta de aire, sino a una forma distinta de angustia, limpia y profunda,
que no sabía combatir.
Había pasado ya un mes y medio desde la última carta cuando ocurrió el accidente.
La jornada había comenzado con una serie de ejercicios de campo sobre un terreno irregular, endurecido a medias por el frío y a medias reblandecido por la humedad de los días anteriores,
esa clase de suelo traicionero que no permite al cuerpo decidir con exactitud si debe apoyarse con firmeza o conservar cierta cautela.
Los hicieron correr con el equipo completo, alternando tramos de marcha rápida con simulaciones de avance en formación y cambios bruscos de dirección marcados por las órdenes del suboficial.
Johann había dormido poco la noche anterior.
No era insomnio en el sentido más puro, porque sí había dormido algunas horas, pero su descanso había sido tan interrumpido por la repetición de un mismo pensamiento que el cuerpo se le había levantado con esa torpeza casi imperceptible que solo el cansancio mental consigue producir en alguien
habituado a controlarse.
Durante el primer tramo no cometió ningún error.
Mantuvo la posición, respondió a las órdenes con la precisión esperada, absorbió el peso del equipo con una distribución que ya no tenía que pensar.
Pero en uno de los cambios, cuando el grupo recibió la señal de descender por una pendiente corta y volver a subirla con rapidez para reorganizar la línea en la parte alta del terreno, su atención se fragmentó por una fracción de segundo.
No fue una distracción visible, ni una torpeza absurda, sino algo mucho más peligroso por lo pequeño: el pensamiento de Maria irrumpió con una violencia seca y exacta justo cuando tenía que apoyar el pie izquierdo sobre una zona de barro helado cubierta por una fina capa de tierra aparentemente
estable.
El pie cedió, pero no de forma limpia. Resbaló hacia delante mientras el peso del cuerpo y del equipo seguía avanzando, y esa descoordinación brutal entre el impulso y el apoyo hizo que la rodilla quedara atrapada en un giro antinatural mientras el resto del cuerpo caía de costado con una violencia
que le arrancó el aire del pecho antes incluso de que el dolor terminara de llegar.
Lo primero que sintió no fue la punzada en la pierna, sino el golpe seco contra el suelo, el barro frío entrando por la manga, el hierro del equipo clavándose contra las costillas y la humillación instantánea de haber caído en plena maniobra delante de todos.
Después vino el dolor, pero no como una única descarga, sino como una sucesión de sensaciones superpuestas: la tirantez desgarrada en la rodilla, el tirón feroz en la parte alta del muslo, una quemazón aguda que parecía extenderse desde la articulación hacia la cadera y una náusea breve,
casi animal, provocada por la mezcla del golpe y del miedo.
Intentó incorporarse por puro reflejo, pero al apoyar el peso la pierna respondió con una debilidad tan inmediata que tuvo que volver a apoyarse con ambas manos en el barro para no desplomarse de nuevo.
El suboficial llegó hasta él antes que los demás, le ordenó que no se moviera y lo observó con esa eficacia seca de quien ha visto demasiados cuerpos lesionarse como para conceder demasiado dramatismo a ninguno.
Franz, unos pasos más atrás, lo miraba con una tensión que no se parecía ya a la simple curiosidad de los primeros meses.
Lo ayudaron a levantarse entre dos hombres y el simple hecho de ponerlo en vertical confirmó que aquello no era una contusión menor.
La pierna derecha tembló en cuanto tuvo que sostenerse, y la rodilla, aunque no llegó a ceder por completo, se sintió extraña, ajena, como si el cuerpo hubiera perdido en ese punto la confianza más básica en sí mismo.
El médico del cuartel diagnosticó una lesión menor de ligamentos y una inflamación seria en la articulación, suficiente para mantenerlo en reposo estricto durante al menos quince días, con vendaje, compresas frías,
inmovilidad parcial y la humillación añadida de quedar apartado de la actividad precisamente cuando más había conseguido integrarse en ella.
Aquellos quince días en cama fueron, quizá, peores que los primeros del servicio.
El dolor físico resultaba soportable si se lo comparaba con el de otras heridas que había visto en hombres del barracón, pero tenía algo particularmente cruel porque lo obligaba a una quietud que dejaba la mente libre para volver una y otra vez al mismo lugar.
Tardó apenas dos días en comprender que la lesión no había sido sólo fruto del terreno ni del cansancio, sino también de esa distracción íntima que llevaba semanas negándose a reconocer.
Había caído porque estaba pensando en ella.
No de manera vaga, no como uno piensa en una preocupación cualquiera de fondo, sino con una intensidad tal que por un instante el cuerpo había dejado de habitar por completo el ejercicio que estaba ejecutando.
Y esa constatación, más que avergonzarlo, lo obligó por fin a una claridad que ya no podía posponer.
Al quinto día de reposo pidió papel y pluma.
El dolor de la pierna seguía punzando con una rabia sorda cada vez que intentaba cambiar de postura, el muslo estaba aún endurecido y la espalda se resentía del tiempo en la litera mucho más que del entrenamiento, pero nada de eso le parecía ya más urgente que escribir.
Sostuvo la pluma unos segundos sin empezar.
No porque no supiera qué decir, sino porque la acumulación de silencio se le había vuelto casi obscena.