Los Goldmann: El pacto de Viena (Los Goldmann 1) Capítulo 10 Seis meses #2
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Capítulo 10 Seis meses #2

Johann terminó de leer apoyado contra la pared exterior del barracón, donde había buscado un poco de aire antes de la revisión de la tarde.

El viento seguía golpeando la madera con una constancia áspera, y sin embargo, durante unos instantes, todo eso pareció retirarse un poco.

La carta no hablaba de amor, ni de anhelo, ni siquiera de esperanza.

Hablaba de algo más peligroso para un hombre como él: de posibilidad perdida, de cortesía persistente, de una tristeza serena que no exigía respuesta, pero que comenzaba a instalarse dentro de él con una precisión creciente.

Sintió pena otra vez, pero ya no solo por haberla dejado sola aquella noche, sino por la forma en que ella seguía dándole una dignidad a lo ocurrido que él no estaba seguro de merecer.

Sintió también una punzada más sorda, una mezcla de angustia y de incomodidad ante la idea de que Maria fuera capaz de pensar en lo que no habían vivido, en esa oportunidad de conocerse que él mismo había cancelado antes de que existiera.

Y bajo todo eso empezó a crecer algo aún menos definido: el hábito de esperar.

No lo reconoció enseguida. Pero estaba.

El tiempo continuó avanzando con la misma dureza exterior.

El clima empeoró antes de suavizarse. Hubo semanas de barro persistente, otras de frío seco, otras en las que el deshielo convertía cada práctica en una mezcla de agua, tierra y cansancio.

Johann mejoró en lo que se esperaba de él.

Montaba con más precisión bajo órdenes militares que bajo las domésticas, desmontaba y limpiaba el equipo con rapidez, aguantaba mejor la marcha prolongada y aprendió a distribuir el esfuerzo de manera que el cuerpo llegara siempre un poco más lejos antes de resentirse.

Pero esa mejora no eliminó el dolor. Solo lo organizó.

El cuerpo se volvió más eficaz y, al mismo tiempo, más cansado.

Las noches seguían terminando con una pesadez que parecía adherirse a la médula, y muchas veces el sueño no bastaba para devolverle una sensación real de recuperación.

La tercera carta llegó en un día extraño, casi luminoso en comparación con los anteriores, cuando por primera vez en semanas el aire no parecía dispuesto a herir la cara al respirar.

Johann la abrió sentado sobre un banco de madera, con las botas aún manchadas y los brazos doloridos por una jornada de ejercicios repetidos hasta la extenuación.

Señor Goldmann:

No sé si debo seguir pidiéndole perdón por escribirle, pero empiezo a pensar que hacerlo en cada carta volvería esta correspondencia demasiado semejante a una falta, y aunque quizá lo sea, prefiero creer que no del todo.

Anna ha vuelto a visitarme esta semana. Tiene una manera muy particular de hablar de su familia, como si consiguiera quererla sin dejar de verla con claridad.

Hemos paseado por el jardín dos veces, a pesar del frío, y me ha contado cosas de su infancia que me hicieron pensar que en todas las casas, incluso en las que parecen mejor ordenadas, existen grietas que solo perciben quienes viven dentro.

Yo he terminado otro libro. Esta vez ha sido Persuasión.

Me ha gustado más de lo que esperaba, quizá porque habla de lo que permanece en silencio durante demasiado tiempo y aun así no desaparece del todo.

No sé si usted lee en este momento algo más que órdenes, reglamentos y listas, pero me permito escribirle el título como quien deja una puerta entreabierta, sin saber si alguien querrá cruzarla.

Espero que se encuentre fuerte. No bien, porque supongo que no siempre será posible, pero sí lo bastante fuerte como para sostener lo que haya decidido sostener.

Maria.

Después de esa carta, Johann empezó a releer las anteriores con más frecuencia.

Ya no eran solo una sorpresa ocasional dentro de una rutina brutal, sino una línea continua que comenzaba a ordenar sus propios pensamientos de un modo que no esperaba.

Maria aparecía en ellas siempre contenida, siempre correcta, y sin embargo, detrás de esa corrección empezaba a formarse una voz más nítida, una inteligencia suave, una sensibilidad que no resultaba frágil, una manera de mirar el mundo que le hacía pensar en ella más de lo conveniente.

No respondió a ninguna.

No porque no tuviera qué decir, sino precisamente porque empezaba a sentir que cualquier respuesta implicaría entrar en un terreno que aún no sabía cómo pisar sin traicionarse a sí mismo, sin traicionarla a ella o sin reabrir una estructura que todavía seguía queriendo combatir.

Pero el silencio, que al principio había sido una decisión clara, empezó a parecerse cada vez más a una forma de cobardía.

La cuarta y la quinta carta llegaron con semanas de distancia, una en los últimos fríos y otra ya cuando el aire comenzaba, muy lentamente, a suavizarse.

En ellas Maria hablaba menos del acuerdo y más de sí misma, aunque nunca de manera impúdica.

Le contó de una visita a la capilla con su padre, de cómo Anna, su hermana, le había llevado un pequeño cuaderno para que anotara pensamientos sobre lo que leía, de un libro de poemas alemanes que la había acompañado durante varias tardes,

de la nostalgia extraña que le producía una primavera que todavía no terminaba de llegar.

Entre esas líneas, Johann empezó a descubrir algo que lo desarmaba más que cualquier declaración: la forma en que Maria era capaz de habitar el mundo con una delicadeza atenta, sin dureza, sin pose, sin frivolidad.

Durante el sexto mes, la espera se volvió consciente.

Cuando se acercaban los días en que podría llegar una carta, Johann se encontraba más inquieto de lo razonable, atento a cualquier distribución del correo, más susceptible a la decepción cuando el sobre no aparecía.

Franz lo notó una noche en que lo vio guardar rápidamente una hoja doblada antes de que nadie más pudiera distinguir de qué se trataba.

—¿Una novia? —preguntó con esa ironía seca que ya no buscaba atacarlo.

Johann negó.

—No.

Franz arqueó una ceja. —Entonces parece peor.

Johann no respondió, y Franz tampoco insistió. No hacía falta.

La sexta carta llegó un atardecer gris, después de una jornada especialmente dura de ejercicios con caballos y carga.

Johann estaba agotado hasta el punto de que incluso sentarse le resultaba una tarea lenta, pero al reconocer la letra de Maria sintió esa alteración precisa que ya se había vuelto familiar.

Señor Goldmann:

He pensado muchas veces que quizá no debería seguir escribiéndole si usted no desea responder, y sin embargo, cada vez que me decido a dejar de hacerlo, encuentro una razón para continuar, aunque sea pequeña,

aunque sólo consista en pensar que el silencio absoluto entre dos personas que han sido vinculadas de esta manera resulta aún más extraño que estas cartas.

No sé si le molestará que le diga esto, pero a veces pienso que su ausencia ha hecho más visible su existencia de lo que habría sido una presencia forzada.

Tal vez me equivoque. Tal vez lo correcto habría sido no pensar en usted más allá de lo estrictamente necesario.

Pero no siempre conseguimos obedecer aquello que sería más ordenado.

He terminado de leer Las desventuras del joven Werther, aunque confieso que algunas emociones demasiado intensas me resultan más agotadoras en la literatura que en la vida. Tal vez por eso prefiero los libros en los que el sentimiento se parece más al silencio que a la exclamación.

Espero que se encuentre a salvo.

Maria.

Johann leyó esa última frase varias veces. Espero que se encuentre a salvo. No era una fórmula grandiosa. No era íntima en apariencia. Y, sin embargo, contenía una preocupación tan limpia, tan simple y tan verdadera, que lo dejó inmóvil durante un largo rato.

Aquella noche, tumbado sobre la litera con el cuerpo atravesado por un dolor cansado y pesado, pensó en su familia como había hecho tantas otras veces, pero el pensamiento terminó desplazándose de nuevo hacia Maria.

La imaginó en la casa Klein, leyendo bajo una luz filtrada, paseando con Anna por un jardín todavía frío, escribiendo sobre una mesa que no conocía, eligiendo las palabras con el mismo cuidado con que había sostenido todo lo demás.

Sintió pena por ella, sí, pero ya no era solo pena.

Había empezado a nacer otra cosa, algo más lento y más profundo, una forma de cariño silencioso que no necesitaba pronunciarse todavía para existir.

Y comprendió entonces, con una claridad tan suave como incontestable, que se estaba enamorando de una mujer a la que aún no conocía de verdad, y que precisamente por eso, porque solo la tenía en esas cartas contenidas y en lo que esas cartas dejaban entrever,

el sentimiento resultaba todavía más peligroso.