Capítulo 10 Seis meses
El tiempo no transcurrió allí como lo había hecho en Viena.
No se medía por compromisos, ni por visitas, ni por la repetición cómoda de una rutina que, aunque exigente, estaba siempre contenida dentro de unos márgenes previsibles, sino por el desgaste del cuerpo, por la crudeza del clima,
por el número de amaneceres en los que el sueño no había sido suficiente y por la forma en que el dolor terminaba por dejar de sorprender para convertirse en un estado de fondo.
Los primeros días le habían parecido duros. Las primeras semanas le hicieron comprender que había sido indulgente con aquella palabra.
El tiempo fue desplazándose de la dureza del invierno hacia una primavera todavía insegura, y Johann tuvo la sensación de que ni siquiera el cambio de estación conseguía suavizar del todo la aspereza del lugar.
En el servicio militar, en cambio, el frío no era una circunstancia exterior, sino una presencia constante que se instalaba en la ropa, en las manos, en la respiración y en la piedra misma de los edificios, haciendo que cada movimiento exigiera más del cuerpo de lo que parecía razonable.
Había mañanas en las que levantarse de la litera era ya una forma de esfuerzo, no por pereza, sino porque la rigidez acumulada en la espalda, en los hombros y en las piernas convertía el primer instante del día en una negociación silenciosa con el propio cuerpo.
La disciplina de aquel lugar no se sostenía en la elegancia del orden, como ocurría en casa de su padre, sino en la repetición incansable, en el agotamiento y en una clase de obediencia que no dejaba espacio a la interpretación personal.
La jornada comenzaba antes de que el cielo hubiera terminado de aclararse, y el sonido que los despertaba no parecía dirigido a hombres concretos, sino a un conjunto de cuerpos que debían levantarse al mismo tiempo, vestirse con rapidez y presentarse ya dispuestos a ser corregidos.
Johann se adaptó mejor que muchos otros a esa exigencia no porque el entrenamiento le resultara menos doloroso, sino porque comprendía intuitivamente cómo funcionaba una estructura cuando no admitía retraso ni matiz, y porque toda su vida había sido preparada, de un modo u otro,
para anticipar lo que se esperaba de él.
Aquella ventaja, sin embargo, no modificaba la dureza real de las cosas.
A las carreras sobre terreno helado siguieron marchas más largas, maniobras con equipo completo, ejercicios repetidos hasta el límite de la fatiga, prácticas de tiro, de desmontaje, de limpieza, de vigilancia y de respuesta rápida,
todo ello dentro de una organización tan precisa que incluso el cansancio parecía administrado con intención.
Su cuerpo, que durante años había respondido bien al ejercicio, empezó a conocer un tipo de dolor muy distinto al que dejaban la esgrima, la equitación o las sesiones de fuerza que realizaba varias veces por semana en casa.
Allí no había simetría, ni control refinado, ni pausa.
Los hombros le ardían por el peso de la carga mal distribuida, las manos se endurecieron hasta perder la suavidad que habían tenido siempre, las rodillas comenzaron a resentirse en los giros rápidos sobre el barro endurecido, y los músculos de la espalda,
que antes habían respondido con solidez a cualquier exigencia, pasaron a sostener un cansancio espeso, menos visible pero más persistente, como si cada jornada dejara una pequeña capa de agotamiento que no llegaba a desaparecer del todo antes de la siguiente.
Hubo días en los que la lluvia convertía el patio y los terrenos de práctica en una extensión casi intransitable, y aun así se entrenaba.
Días en los que el viento parecía afilar el aire y volverlo tan cortante que respirar hondo era casi una imprudencia, y aun así se entrenaba.
Días en los que el barro se adhería a las botas con un peso añadido, o en los que las manos, incluso dentro de los guantes reglamentarios, perdían sensibilidad hasta volver torpes movimientos que en otro contexto habrían resultado elementales, y aun así se entrenaba.
Johann comprendió pronto que no había heroicidad en aquello, solo insistencia, resistencia y la progresiva desaparición de cualquier expectativa de comodidad.
Las comidas se integraron en ese mismo sistema.
No había en ellas ninguna ceremonia, ni siquiera el placer simple de sentarse a una mesa y reconocer en los alimentos algo más que una necesidad inmediata.
Se comía deprisa, lo suficiente, sin refinamiento y casi siempre con el cuerpo todavía atravesado por el cansancio del ejercicio anterior o anticipando el siguiente.
Sopas espesas, pan oscuro, carne guisada cuando la había, patatas, alguna col cocida, café pobre y un vino áspero que no se bebía por gusto, sino porque formaba parte de la normalidad del lugar.
Johann no tardó en dejar de pensar en la comida de la casa Goldmann, en la vajilla, en las salsas preparadas con paciencia, en la fruta dispuesta en bandejas impecables o en el pan aún caliente servido a la hora exacta.
Allí la comida no acompañaba la vida. La mantenía.
Con el paso de las semanas, la relación con sus compañeros adquirió una textura distinta.
La observación inicial, el recelo que despertaba en algunos su origen demasiado visible, fue transformándose poco a poco en otra cosa, no porque Johann tratara de ganar simpatías, sino porque la dureza compartida terminaba por limar diferencias que, fuera de allí,
habrían ocupado siempre el centro de cualquier relación.
Seguía habiendo en él algo reconocible, una forma de hablar más cuidada, una economía en los gestos que no era la de ellos, una resistencia a la vulgaridad demasiado marcada para desaparecer del todo, pero también había demostrado ya que no se protegía tras eso, que soportaba el mismo frío,
el mismo barro, la misma humillación física y el mismo agotamiento sin exigir excepción.
Franz seguía siendo el más cercano, aunque esa cercanía no se pareciera a la amistad tal como la habría entendido en Viena.
Había entre ellos una confianza austera, hecha de silencios compartidos, observaciones breves y una utilidad recíproca que no necesitaba sentimentalismo.
También empezó a hablar más con Emil, un joven moreno y huesudo que había llegado de Graz con una hostilidad inicial casi permanente y que, al descubrir que Johann no respondía a las provocaciones menores, terminó por respetarlo con una sinceridad más fiable que la amabilidad.
Entre los tres se estableció una alianza práctica que se hacía visible en cosas simples: guardar sitio en una mesa, advertirse mutuamente de la presencia de un superior especialmente severo, intercambiar alguna parte del equipo mal ajustada,
compartir pan endurecido o ayudar a limpiar más rápido el armamento para ganar unos minutos de descanso.
Los superiores, por su parte, tardaron más en decidir qué hacer con él.
Johann destacaba lo suficiente como para ser observado, pero no de un modo escandaloso.
Aprendía rápido, comprendía órdenes complejas con mayor facilidad que la mayoría y su disciplina resultaba, a ojos de algunos oficiales, casi natural.
Sin embargo, había en él una reserva que no pasaba desapercibida, una forma de cumplimiento que no era sumisión plena, sino control, y esa diferencia inquietaba más que la rebeldía abierta de otros.
No discutía. No se retrasaba. No respondía fuera de lugar.
Pero tampoco se entregaba del todo a ese entusiasmo vacío que algunos superiores apreciaban en los jóvenes más necesitados de aprobación.
Cumplía porque sabía cumplir. Resistía porque sabía resistir.
Y en esa eficacia sin fervor había algo que lo convertía, a la vez, en valioso y en difícil de leer.
La primera carta de Maria, la que había recibido al final de su primera semana completa, no fue respondida.
Johann la había leído más de una vez, guardándola luego con un cuidado que no se habría permitido nombrar delante de nadie.
Durante días enteros, la sintió en el bolsillo interior de la chaqueta o bajo la almohada de la litera, como si el mero hecho de mantenerla cerca pudiera fijar de algún modo el tono de aquella voz serena que no reclamaba nada y que, precisamente por eso, alteraba más que cualquier reproche.
La segunda carta llegó a comienzos del mes siguiente, en una tarde de viento duro que les había obligado a pasar horas en un ejercicio de formación y desplazamiento con el terreno todavía húmedo por la nieve derretida.
Johann regresó con el cuerpo entumecido y los dedos tan rígidos que tardó más de la cuenta en abrir el sobre.
Señor Goldmann:
Espero que se encuentre bien y que la severidad de la vida que ha elegido no haya sido mayor de la que esperaba.
No sé si esta segunda carta le resultará excesiva, y si así fuera le pido disculpas, pero me pareció que guardar silencio después de haberle escrito una primera vez habría sido casi una contradicción.
He pensado en lo ocurrido con más calma y sigo creyendo que, pese a la forma en que todo fue dispuesto por nuestros padres, quizá habría sido mejor que hubiéramos tenido la oportunidad de conocernos antes de que la decisión se volviera imposible.
No lo digo como reproche, sino como una tristeza que me acompaña sin demasiada lógica, porque no se lamenta lo vivido, sino aquello que ni siquiera llegó a existir.
Su hermana Anna ha sido muy amable conmigo.
Desde aquella cena, que ninguno de nosotros olvidará por los motivos correctos.
Ha venido a visitarme un par de veces y me ha hecho sentir una cercanía que no esperaba.
Gracias a ella he terminado de leer un libro que tenía empezado desde hace semanas, una edición de Jane Eyre que mi madre había guardado entre sus libros y que yo había dejado a medias sin una razón concreta.
Me ha impresionado, más ahora que, cuando empecé a leerlo, quizá porque hay formas de soledad que solo se entienden cuando una las reconoce en otra parte.
Le pido perdón si le incomoda que siga escribiéndole. No deseo importunarle, solo mantener una cortesía que, en circunstancias distintas, quizá nos habría sido más natural.
Maria Klein.