Los Goldmann: El pacto de Viena (Los Goldmann 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Señor Goldmann: No sé si esta carta le resultará inoportuna, y confieso que tampoco estaba segura de tener derecho a escribirla, pero después de lo sucedido he pensado que el silencio quizá no haría más fácil una situación que ya es suficientemente difícil para todos.

Quería agradecerle la nota de disculpa que dejó para mí.

No era necesaria, pero la he recibido como una consideración que valoro más de lo que tal vez sabría expresar.

También quería decirle que siento profundamente que la situación entre nuestros padres haya conducido a algo como esto, y que lamento que haya sentido que sólo de ese modo podía apartarse de una decisión que no compartía.

No le escribo para pedirle nada, ni para exigirle explicación alguna, porque creo que ya ha dado la única que podía dar en estas circunstancias.

Solo quería que supiera que comprendo, hasta donde me es posible, que no haya querido sostener una obligación que consideraba injusta, y que no guardo hacia usted resentimiento por ello.

Espero que se encuentre bien.

Maria Klein.

Johann terminó de leer más despacio de lo que había empezado.

No porque la carta fuera difícil de entender, sino porque cada línea parecía abrir un espacio emocional que no esperaba encontrar allí, sentado en una litera estrecha, con el cuerpo aún lleno de fatiga y el ruido de otros hombres moviéndose a su alrededor.

Había imaginado muchas reacciones posibles de parte de Maria, incluso aunque no la conociera.

Silencio. Frialdad. Una cortesía vacía. Tal vez una forma delicada de reproche.

Pero no aquello. No esa mezcla de contención, dignidad y comprensión serena que convertía su propio gesto de huida en algo más complejo de lo que había querido admitir.

Sintió pena, primero, una pena limpia y difícil de sostener porque ya no se dirigía solo a la situación general, ni a la imposición de su padre, sino a ella de manera concreta, a la muchacha real que había tenido que sentarse a una mesa donde él no apareció,

a la mujer que se presentaba en esa carta sin reclamar nada y que, precisamente por no reclamar, volvía más aguda la conciencia de lo que había hecho.

Después vino una forma más cerrada de miedo, no miedo a ella, ni siquiera a la respuesta que pudiera esperar, sino a la posibilidad de que aquella humanidad concreta de Maria hiciera más frágil la decisión que tan firmemente había tomado.

Y, por debajo de todo, una angustia menos nítida, más difícil de nombrar, la sensación de que al huir de una estructura injusta no había conseguido evitar del todo el daño, sino sólo desplazarlo.

Guardó la carta con cuidado, más despacio de lo necesario, y la llevó consigo el resto del día como si el papel pesara más que el equipo.

La jornada siguiente resultó aún más dura.

Les tocó instrucción física al amanecer, seguida de prácticas con armamento y una sesión prolongada de ejercicios repetitivos cuyo objetivo no era tanto perfeccionar un movimiento como convertirlo en reflejo.

Johann había dormido mal. No solo por el dolor muscular, que seguía acumulándose de manera brutal en hombros, piernas y espalda, sino porque al cerrar los ojos la carta de Maria volvía una y otra vez, no tanto en sus palabras exactas como en el tono que las sostenía.

Durante los ejercicios, el cuerpo le recordó enseguida que no podía distraerse.

Los músculos de los muslos, resentidos por las marchas de la víspera, protestaban en cada flexión y en cada cambio de apoyo; los hombros parecían de piedra cuando levantaba el peso por encima de la cabeza; las palmas, endurecidas a medias,

seguían siendo demasiado blandas para la fricción constante del entrenamiento.

El sudor enfriándose bajo la ropa áspera le resultó más desagradable que cualquier cosa conocida en la comodidad de su vida anterior.

En casa el ejercicio había sido una elección, una forma de perfeccionamiento y disciplina privada.

Allí era otra cosa. Allí el cuerpo no se fortalecía por elegancia ni por voluntad de dominio personal, sino porque no había alternativa.

Al terminar la última serie, cuando por fin les dieron unos minutos antes de la comida, tuvo que sentarse en el suelo con una lentitud que jamás se habría permitido en Viena.

Notaba los músculos como si cada uno de ellos hubiera sido trabajado por separado hasta el límite, y el dolor no tenía nada de noble ni de estimulante.

Era un cansancio espeso, casi humillante, que reducía el cuerpo a una suma de molestias concretas: la punzada exacta en el hombro derecho, la rigidez de la nuca, el tirón sordo en la parte posterior de las piernas, la irritación caliente de la piel allí donde el uniforme rozaba demasiado.

Franz se dejó caer a su lado, respirando con la boca abierta.

—Sigues pareciendo de mejor familia que todos nosotros —murmuró—, pero ahora al menos parece que también te duele.

Johann, pese al agotamiento, dejó escapar una leve sonrisa.

—Te prometo que me duele.

—Eso está mejor.

No hablaron mucho más, pero esa breve conversación bastó para hacerle sentir, por primera vez desde su llegada, que empezaba a pertenecer, aunque fuera mínimamente, al lugar.

No por haber dejado atrás lo que había sido, sino por haber demostrado que podía soportar lo mismo que los demás sin exigir trato distinto.

Esa noche, después de la revisión y de una cena rápida, se tumbó en la litera con la carta de Maria guardada bajo la almohada.

El barracón se fue llenando poco a poco de sonidos más apagados, el crujido de la madera, toses aisladas, alguna frase dicha en voz baja, el movimiento de cuerpos agotados buscando una postura que no doliera demasiado.

Johann apoyó un brazo sobre los ojos durante unos segundos y dejó que el cansancio le pesara sin oponerse.

Pensó primero en su familia. En Karl, leyendo sin duda su marcha como una ofensa estructural más que como una herida personal; en Anna, tratando de contener el conflicto sin poder ya suavizarlo; en Leopold, comprendiendo seguramente más de lo que diría; en la casa entera,

obligada a reajustarse en torno a una ausencia que él mismo había provocado. No sintió

arrepentimiento en el sentido simple del término. No deseó volver atrás. Pero sí sintió el peso real de haber roto algo cuya violencia no terminaba aún de medirse.

Después pensó en Maria.

No en la prometida abstracta, ni en la hija de Nikolaus Klein, ni en la pieza de una negociación que había rechazado.

Pensó en la mujer que había escrito aquella carta, en la templanza de sus palabras, en la delicadeza con la que había sido capaz de no humillarle ni reclamar nada y, precisamente por eso, dejarlo solo frente a la parte más dolorosa de su propia decisión.

Sintió pena por ella, una pena serena y persistente que no se parecía todavía al amor ni al deseo, sino a una forma de cercanía nacida de la compasión y de la conciencia.

Cerró los ojos con esa sensación todavía instalada en el pecho, más pesada que el dolor físico y más difícil de combatir que el cansancio, y mientras el sueño empezaba por fin a imponerse sobre todo lo demás, comprendió que la distancia no había resuelto nada.

Solo había dado a cada cosa un rostro más claro.