Capítulo 9
El primer invierno
La llegada no tuvo nada de heroico.
Johann había imaginado muchas veces, aunque nunca de forma completamente consciente, que abandonar la casa Goldmann implicaría una ruptura más nítida, una sensación inmediata de libertad, algo parecido a ese alivio seco que se produce cuando una decisión largamente contenida termina por ejecutarse.
Sin embargo, lo primero que encontró al bajar del transporte militar no fue alivio, sino una forma distinta de orden, más áspera, más desnuda, menos refinada, pero no por ello menos inflexible.
El aire era más frío que en Viena, o quizá lo parecía porque allí no había paredes gruesas, alfombras ni criados que suavizaran la entrada del invierno; solo terreno endurecido, edificios de piedra funcional, barracones sin intención de belleza y voces que no se modulaban para no herir a nadie.
El centro de formación se extendía frente a él con una severidad casi desprovista de matices.
No era un lugar concebido para impresionar, sino para reducir, para extraer de cada hombre aquello que sobraba y dejar únicamente lo útil.
Los muros, de un gris apagado que la humedad volvía aún más hostil, parecían levantados no para proteger, sino para contener.
Había soldados cruzando el patio con paso rápido, oficiales supervisando movimientos que resultaban tan mecánicos como precisos y jóvenes recién llegados que, como él, todavía conservaban en el cuerpo una manera de estar que allí empezaba a resultar impropia.
Johann lo percibió de inmediato.
Su educación, su forma de caminar, incluso la manera en que sostenía la espalda o colocaba las manos mientras esperaba instrucciones, todo en él pertenecía a otro mundo, y aunque esa diferencia le otorgaba ciertas ventajas en la forma de comprender órdenes,
de anticipar lo que se esperaba o de resistirse a la torpeza visible de otros recién llegados, también lo exponía de una manera que no tardó en hacerse evidente.
Allí nadie estaba especialmente interesado en quién había sido uno antes de llegar, pero todos sabían reconocer de dónde venía un hombre, y Johann Goldmann, por mucho que hubiera cambiado el abrigo civil por el uniforme reglamentario,
seguía llevando sobre sí algo demasiado pulido para pasar desapercibido.
El primer día transcurrió entre registros, distribución de pertenencias, inspecciones rápidas y una sucesión de órdenes que no dejaban espacio a la vacilación.
Le asignaron una litera, un arcón estrecho para guardar lo imprescindible y un número dentro de una estructura donde el nombre importaba mucho menos de lo que había importado siempre en su vida.
Tuvo que desvestirse junto a los demás, soportar la brusquedad con la que se revisaban cuerpos, manos, botas y postura, escuchar instrucciones en un tono que en la casa Goldmann habría parecido inaceptable y que allí no era más que la forma natural de la jerarquía.
No había tiempo para la dignidad tal como la había entendido hasta entonces.
Había, en todo caso, otra clase de dignidad, más básica, más ligada a la resistencia que a la posición.
Su formación previa le dio ventaja en ciertos aspectos.
Había montado a caballo desde niño, entrenaba con regularidad, conocía la disciplina física mejor que muchos de los jóvenes que llegaron junto a él y, a diferencia de otros, no se descomponía fácilmente cuando una orden exigía rapidez, memoria o contención.
Comprendía mejor que ellos cómo funcionaba una estructura y eso le permitía adaptarse con más velocidad de la esperable.
Pero la ventaja terminaba ahí. Lo demás no tenía nada que ver con el gimnasio instalado en una dependencia de la casa, ni con los ejercicios controlados bajo supervisión privada, ni con la esgrima convertida en refinamiento social, ni con la monta como prolongación del prestigio.
Allí el cuerpo no se educaba para la elegancia, sino para la obediencia y la resistencia; no importaba lo bien que uno ejecutara un movimiento, sino cuánto dolor era capaz de atravesar sin dejar que se notara demasiado.
Los primeros ejercicios comenzaron antes del amanecer del día siguiente.
A esa hora el frío todavía no había abandonado el suelo y el aire cortaba las manos con una dureza que ningún abrigo llegaba a contener del todo.
Los hicieron correr en formación por un terreno irregular, con el peso del equipo aún mal ajustado sobre los hombros, las botas sin domesticar, la respiración rompiéndose mucho antes de que el cuerpo encontrara un ritmo útil.
Después vinieron las flexiones, los desplazamientos con carga, las posiciones mantenidas durante un tiempo que parecía siempre superior al que el músculo podía soportar sin temblar.
No había en ello nada del esfuerzo calculado al que Johann estaba acostumbrado. El dolor no se dosificaba. Se imponía.
Al tercer día ya había comprendido que el agotamiento allí no era una consecuencia accidental del entrenamiento, sino una herramienta.
Se trataba de deshacer el cuerpo viejo para producir otro, menos dado a la voluntad individual y más eficaz en la repetición de órdenes.
Los músculos de los brazos, los hombros y la espalda no dolían como después de las sesiones a las que se sometía varias veces por semana en casa, cuando el cansancio era intenso pero limpio, casi satisfactorio, porque siempre había agua caliente esperando, comida precisa,
masaje si era necesario y reposo suficiente para convertir el esfuerzo en mejora.
Allí el dolor tenía otra textura. Se instalaba en las fibras con una pesadez opaca, persistente, como si el músculo hubiera dejado de pertenecerle del todo.
Por la noche, incluso cambiar de postura sobre la litera exigía una negociación silenciosa con el cuerpo.
La parte alta de la espalda ardía por el peso mal distribuido, los muslos se le endurecían hasta volverle torpe al sentarse, los antebrazos se resentían por ejercicios que no había considerado especialmente duros en el momento de ejecutarlos y en las manos,
acostumbradas a otros instrumentos, empezaban a abrirse pequeñas durezas que le recordaban a cada hora que el cuerpo podía degradarse mucho más rápido que una idea.
La relación con los demás hombres del barracón tardó en adquirir una forma definida.
Al principio lo observaron con esa mezcla de recelo y curiosidad que despierta quien parece venir de un lugar demasiado distinto, alguien cuya educación se nota sin necesidad de ser nombrada y que, por lo mismo, despierta cierta hostilidad preventiva.
Johann no intentó caer bien. Tampoco se encerró en un orgullo visible.
Comprendió desde el primer momento que allí cualquier gesto de superioridad, aunque fuera involuntario, se volvería en su contra, de modo que optó por la reserva,
por ese silencio atento que en casa le había servido para comprender a su padre y que ahora le servía para medir a los hombres con los que tendría que convivir.
Había entre ellos hijos de artesanos, campesinos, empleados menores, jóvenes de provincias que no habían salido nunca de su entorno y otros que, aun siendo de buena familia, no poseían la rigidez casi estructural que él llevaba incorporada.
Algunos hablaban demasiado, como si la palabra les permitiera defenderse de la novedad del lugar; otros callaban con una dureza que no era contención, sino desconfianza.
Johann fue encontrando su posición poco a poco, no por simpatía inmediata, sino por utilidad.
Sabía montar mejor que la mayoría, se orientaba bien en las instrucciones, mantenía la compostura bajo presión y no se venía abajo con facilidad, lo que despertó primero observación, después respeto limitado y, por parte de algunos, una clase de acercamiento áspero que no llegaba a ser amistad,
pero tampoco hostilidad.
Uno de ellos, Franz, un muchacho alto y desgarbado de Baja Austria, fue el primero en hablarle sin ironía al final de una jornada especialmente dura.
Estaban sentados fuera del barracón, aprovechando unos minutos de aire antes de la última revisión de la noche, cuando Franz lo miró y dijo, sin rodeos:
—No pareces hecho para esto.
Johann volvió la cabeza hacia él.
—Ninguno lo parece el primer mes.
Franz soltó una risa breve.
—No, tú no entiendes. No pareces hecho para dormir aquí, ni para esta comida, ni para que te griten en la cara.
Johann sostuvo la mirada un instante antes de responder.
—Y, sin embargo, aquí estoy.
Aquello bastó. No para convertirlos en amigos de inmediato, pero sí para establecer una forma mínima de reconocimiento.
A partir de entonces, otros empezaron a hablarle con menos recelo.
Descubrieron que no necesitaba imponerse para resistir, que no iba a recordarles continuamente la diferencia de origen y que, cuando podía ayudar sin humillar, lo hacía.
Franz terminó compartiendo con él pan endurecido alguna noche, otro le enseñó una manera más eficaz de ajustar las correas del equipo para que el peso no destrozara tanto los hombros, y Johann, a cambio, corrigió posturas en los ejercicios o ayudó a uno de los más torpes con la monta básica.
No era camaradería sentimental. Era algo más austero y, por eso mismo, más propio del lugar.
La primera carta llegó a finales de la primera semana completa.
Se la entregaron al regreso de un ejercicio de campo que les había tenido fuera varias horas, marchando sobre terreno húmedo, practicando maniobras que aún no dominaban y recibiendo correcciones ásperas de un suboficial cuyo tono parecía empeorado por el frío.
Johann había regresado con las piernas endurecidas, el cuello agarrotado y una punzada molesta en la parte baja de la espalda que no terminaba de desaparecer ni siquiera al detenerse.
Tenía barro seco en el borde de las botas, las manos doloridas y esa sensación de cansancio tan total que al principio no reconoció su propio nombre en el sobre.
Lo observó unos segundos antes de abrirlo.
La letra era pulcra, contenida, de una elegancia que no necesitaba exhibirse. Sintió algo extraño al verla, un leve desajuste interior que no supo identificar de inmediato. Se sentó en el extremo de la litera, apartándose del ruido general del barracón cuanto pudo, y rompió el cierre.