Los Goldmann: El pacto de Viena (Los Goldmann 1) Capítulo 8 La ausencia #2
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Capítulo 8 La ausencia #2

Su palidez no era la de quien teme una reprimenda, sino la de quien ya sabe que la verdad que guarda no va a poder sostenerse mucho más.

—¿Dónde está mi hijo? —preguntó Karl.

—Señor, yo…

—Conteste. El joven bajó la mirada.

—No creo que deba…

La interrupción de Karl no fue violenta, pero sí exacta.

—En esta casa no decides tú lo que debes hacer.

El muchacho tragó saliva. Anna lo observó con una mezcla de compasión y urgencia. Nikolaus entendió, antes incluso de oírlo, que la resistencia del asistente no podía sostenerse mucho más.

—El señor Johann me pidió discreción —dijo al fin, con la voz quebrada por el esfuerzo—. Me hizo prometer que no hablaría hasta… hasta que él ya se hubiera marchado.

Karl no respondió. Su silencio era peor.

—¿Marchado adónde?

—Al servicio militar voluntario, señor.

La frase quedó suspendida en el despacho con una claridad casi irreal.

Anna dio un paso atrás, como si necesitara más aire.

Leopold cerró la mano sobre sí mismo. Nikolaus volvió la cabeza apenas, no para apartarse de la escena, sino porque de pronto comprendía con una precisión brutal el alcance del gesto.

Karl no dijo nada durante un segundo completo, y en esa quietud había algo tan contenido que resultaba más inquietante que cualquier estallido.

—Explícate.

—Esta tarde, señor. Fue a formalizar la inscripción. Me dejó instrucciones para que preparara algunas cosas y… una carta.

—¿Una carta?

—Sí, señor. Dijo que, si usted iba a buscarle, se la entregarían allí.

Karl se giró y salió del despacho sin esperar a nadie.

La rapidez con la que descendió las escaleras era impropia de él, pero no desordenada; incluso la prisa en Karl conservaba una dirección precisa.

En el vestíbulo, exigió que le ensillaran un caballo de inmediato, y cuando el mozo terminó de traerlo, Karl ya estaba calándose los guantes y ajustando la chaqueta con una exactitud seca.

Nikolaus había bajado tras él, impulsado más por la gravedad de la situación que por convicción de poder intervenir, pero comprendió enseguida que no había lugar para acompañarlo.

Anna se detuvo en el rellano de la escalera.

No intentó impedir nada. Sabía que no podría hacerlo.

La noche de Viena se abría fría sobre las calles cuando Karl espoleó el caballo y salió hacia la oficina donde se realizaban las inscripciones.

En la ciudad imperial, esos trámites pasaban por dependencias militares perfectamente regladas, edificios administrativos donde la decisión individual, una vez convertida en registro, dejaba de pertenecer del todo a la familia para pasar al orden del Estado.

Las calles parecían más estrechas bajo la urgencia, y sin embargo Karl avanzó con la misma precisión con que habría recorrido un balance: no se dejaba arrastrar por el caos; lo atravesaba.

Cuando llegó al edificio, una construcción sobria, severa, con la piedra ennegrecida por el uso y la autoridad, encontró aún luz en algunas ventanas.

La actividad no era la de una oficina abierta al público, pero allí dentro seguían quedando oficiales, escribientes y soldados de guardia, hombres acostumbrados a que las decisiones llegaran a cualquier hora y a que, una vez tomadas, no pudieran ser deshechas por la sola fuerza de un apellido.

Karl descendió del caballo con rapidez y atravesó el umbral sin esperar anuncio. El oficial de guardia levantó la vista.

—Busco a Johann Goldmann.

El hombre sostuvo la mirada con la corrección seca del funcionario militar.

—¿Su relación con el inscrito?

—Soy su padre.

Hubo una pausa. El oficial consultó un registro abierto sobre la mesa, pasó el dedo por una línea y luego levantó la cabeza. —La incorporación ya ha sido cursada.

—Quiero verle.

—No es posible.

Karl apoyó ambas manos sobre la mesa. No alzó la voz, pero en su tono ya no había cortesía.

—He dicho que quiero verle.

El oficial no se alteró.

—El voluntario ha partido con el contingente de salida. Dejó esto para usted.

Extrajo una carta y se la entregó. Karl la tomó con una rigidez que no era vacilación, sino la contención extrema de quien empieza a comprender que ha llegado demasiado tarde. Rompió el cierre y leyó.

Padre:

No me marcho por cobardía ni por capricho, aunque sé que a sus ojos ambas cosas parecerán equivalentes.

Comprendo la utilidad del acuerdo que ha trazado, comprendo incluso la lógica que lo sostiene, pero no puedo sostener yo mismo, un matrimonio nacido de una necesidad que no me pertenece.

Y obligar a una dama a unirse a mi nombre, sólo para completar una estructura que usted considera incompleta.

No sería justo para ella, ni honorable para mí, aceptar su decisión sin permitirle al tiempo hacer lo que usted no está dispuesto a hacer: abrir un espacio para que recapacite.

Me incorporo por un año al servicio militar voluntario. No lo hago para huir de mi deber, sino para apartarme de un deber que, tal como ha sido dispuesto, dejaría de ser digno.

A la señorita Maria Klein le debo una disculpa que no sé cómo formular sin aumentar la ofensa.

No la conozco, y precisamente por eso me habría parecido aún más despreciable presentarme esta noche como si nada me impidiera aceptar.

Le ruego que le haga llegar mis disculpas por haberla dejado esperando una presencia que no tenía derecho a fingir.

No le pido comprensión. Solo tiempo.

Johann.

Karl terminó de leer sin mover un músculo del rostro. La carta, sostenida entre sus dedos, parecía demasiado ligera para contener una oposición tan frontal. Volvió a levantar la mirada hacia el oficial.

—Devuélvamelo.

—No puedo hacerlo.

—Soy su padre. —Y él se ha incorporado por voluntad propia. Los trámites han sido formalizados. Su hijo ya no está aquí.

Karl respiró una sola vez, hondamente, pero sin perder la exactitud del gesto.

—¿Adónde ha sido enviado?

—Esa información no puede facilitarse en este momento.

—Exijo…

El oficial lo interrumpió con la misma sequedad que él había usado tantas veces con otros hombres.

—Señor Goldmann, su hijo ya no se encuentra bajo su autoridad inmediata.

La frase quedó suspendida con una claridad helada.

Karl comprendió entonces, no intelectualmente sino de forma real, física, que el movimiento de Johann había sido calculado con una precisión que merecía otro contexto y que, por primera vez, uno de sus hijos había utilizado contra él la misma lógica que él llevaba años imponiendo.

Había llegado tarde. El registro estaba hecho.

El contingente había partido. La carta estaba escrita. Todo estaba ya transformado en hecho.

Permaneció inmóvil unos segundos más, con la carta aún en la mano.

Después la dobló con una precisión excesiva y la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.

No había nada más que pudiera conseguir allí esa noche.

Ni amenaza, ni dinero, ni apellido. El edificio militar, con su severidad reglada y su indiferencia hacia los asuntos domésticos, se mantenía ante él como una estructura aún más inflexible que la suya.

Cuando salió de nuevo a la calle, la noche de Viena le pareció más fría que al llegar.

El caballo seguía donde lo había dejado, respirando vapor en la oscuridad.

Karl montó sin una sola palabra y emprendió el regreso con la misma exactitud con la que había venido, aunque ahora la ciudad ya no era un trayecto, sino un obstáculo entre él y una casa donde tendría que nombrar en voz alta lo que acababa de ocurrir.

Y mientras se alejaba de la oficina de inscripciones, con la carta de su hijo ardiéndole contra el pecho más de lo que habría admitido jamás, comprendió que Johann no había huido solo de un matrimonio.

Había desafiado la estructura entera.