Capítulo 8 La ausencia
La frase de la sirvienta no interrumpió la cena de forma brusca, ni provocó una reacción inmediata que pudiera romper el orden exterior de la escena, pero alteró algo más profundo que el sonido o que el gesto,
porque en una casa como la de los Goldmann las ausencias no se integraban con facilidad en la normalidad y, cuando lo hacían, dejaban de ser simples faltas para convertirse en una grieta dentro de la estructura misma.
El señor Johann no se encontraba en la casa.
Aquello no significaba todavía nada preciso, pero bastaba para modificar el aire, para introducir una tensión que ya no podía resolverse con la llegada tardía de un hijo descuidado ni con una excusa menor formulada por el servicio.
Anna fue la primera en desviar realmente la atención de la mesa, aunque lo hizo sin perder la compostura.
Sus manos permanecieron donde debían, su voz no se elevó y su expresión no se alteró más allá de una quietud más marcada, pero en ella había aparecido ya una forma de alerta que no necesitaba imponerse para hacerse visible.
Karl, en cambio, permaneció un segundo más inmóvil, como si necesitara confirmar que la frase había sido pronunciada exactamente como él la había entendido.
Nikolaus observó ese instante con una atención que no estaba exenta de vergüenza, porque comprendía que aquella ausencia, al producirse precisamente en esa noche, no podía interpretarse como un accidente ni como un descuido,
y porque empezaba a sospechar que la negativa que Karl no había querido escuchar en privado estaba tomando, delante de todos, una forma mucho más pública.
Maria no bajó la mirada, aunque sintió cómo algo se contraía en su interior con una claridad que no esperaba.
No conocía a Johann. No le había oído la voz.
No podía decirse que su ausencia la hiriera en un sentido íntimo, porque no había intimidad posible con un hombre que aún no se había presentado ante ella.
Y, sin embargo, el hecho de no estar allí, de no hallarse en la casa aquella noche concreta, de dejar vacío precisamente el lugar que le correspondía ocupar, convertía aquella ausencia en algo más que una circunstancia.
Sin proponérselo del todo, tuvo la sensación de haber sido rechazada por alguien a quien todavía no había tenido ocasión de mirar.
Anna volvió la cabeza hacia la sirvienta y preguntó con una calma tan exacta que por un momento resultaba imposible adivinar la inquietud que la sostenía.
—¿Ha preguntado usted en la biblioteca, en el salón de fumar y en la sala de estudio?
—Sí, señora.
—¿En las caballerizas?
La muchacha vaciló apenas un instante. —No, señora.
Karl la interrumpió antes de que Anna pudiera añadir nada más.
—Que registren la casa entera.
No lo dijo con violencia, pero la sequedad de la orden bastó para modificar el ritmo del servicio en un instante.
La sirvienta se inclinó y se retiró con rapidez.
Anna dirigió entonces una mirada breve hacia Maria, una mirada que contenía ya una disculpa implícita, aunque todavía no podía formularse, y después volvió a Nikolaus con una serenidad construida a fuerza de voluntad.
—Les ruego que disculpen esta situación. Johann no acostumbra a comportarse de este modo.
Nikolaus asintió con cortesía, pero no respondió enseguida.
En aquel momento cualquier palabra resultaba insuficiente, y la cortesía, aun siendo necesaria, comenzaba a parecer demasiado frágil para sostener lo que estaba ocurriendo.
Karl apartó por fin la servilleta y se puso en pie. El gesto fue breve, limpio, definitivo.
—Señora —dijo, dirigiéndose a Anna—, acompáñenos al despacho. Conde Klein, le ruego que venga conmigo.
Hubo una pausa muy leve antes de que añadiera, volviendo apenas la mirada hacia Maria y Anna hija:
—Las señoritas permanecerán en el salón.
La frase no fue una sugerencia, sino una distribución inmediata de funciones.
Anna se puso también en pie. Nikolaus la imitó un segundo después, aunque en la forma en que lo hizo había una tensión más visible que antes, como si la cena, que ya había resultado suficientemente incómoda, acabara de convertirse en otra cosa mucho más difícil de sostener.
Maria no se movió. Vio cómo se alejaban, cómo el servicio se retiraba hacia los márgenes de la escena, cómo la estructura de la velada se deshacía sin ruido, y sintió entonces con más claridad la rareza de su propia posición: estaba en una casa ajena, bajo un compromiso recién aceptado,
siendo dejada atrás por una ausencia que todavía no comprendía del todo.
Fue Anna hija quien rompió el silencio, no con ligereza, sino con una atención que buscaba proteger sin invadir.
—Será mejor que salgamos de aquí —dijo en voz baja, acercándose a Maria con naturalidad—. El comedor no volverá a ser habitable esta noche.
La condujo hacia el salón donde habían sido recibidos al llegar, y allí la estancia pareció recobrar, al menos en apariencia, esa serenidad que la casa imponía sobre todo lo demás.
Las lámparas seguían proyectando una luz cálida y contenida, las flores descansaban en su lugar, las copas vacías habían sido retiradas con la eficacia acostumbrada, y sin embargo la calma ya no era la misma.
Maria se sentó donde Anna le indicó, junto a uno de los ventanales cerrados, y mantuvo las manos unidas sobre el regazo con una compostura que, lejos de tranquilizarla, parecía obligarla a sostener mejor lo que sentía.
Anna se acomodó frente a ella, no del todo enfrentada, sino en una posición que hacía posible la conversación sin convertirla en interrogatorio.
—No sé aún qué ocurre —dijo—, pero le aseguro que esto no es lo que debía suceder.
Maria sostuvo su mirada. Había en la muchacha una franqueza que no desentonaba con la educación recibida, algo que la hacía más accesible que el resto de la casa.
—No creo que nadie lo hubiera preparado así —respondió con suavidad.
Anna bajó la vista un instante y sonrió apenas, sin alegría.
—No. Desde luego que no.
El silencio que siguió fue breve. Maria percibía el movimiento distante del servicio, pasos que cruzaban pasillos, puertas que se abrían y se cerraban con más frecuencia de la habitual, el leve desorden que una casa tan ordenada sólo se permitía cuando algo escapaba realmente al control.
Anna entrelazó las manos.
—Mi hermano no es irrespetuoso —dijo finalmente, eligiendo cada palabra con cuidado—. Puede ser obstinado, puede resultar difícil, incluso puede herir cuando decide oponerse a algo, pero no es un hombre frívolo.
Maria la escuchó sin interrumpir.
—Entonces, si no está aquí —preguntó con una calma que le costó más de lo que dejó ver—, ¿es porque no quiere estar?
Anna sostuvo la pregunta como si la hubiera anticipado.
—Es posible —admitió—, pero si es así, no será por usted.
Maria no contestó de inmediato. Aquella precisión, formulada con buena intención, no disipaba del todo el malestar, porque todavía seguía habiendo en el centro de todo una verdad imposible de esquivar: él no estaba.
En el despacho de Karl, la atmósfera era otra.
La estancia, que normalmente concentraba el orden y la exactitud del dueño de la casa, parecía ahora aún más cerrada, más severa, como si su misma disposición exigiera una explicación inmediata de lo que estaba ocurriendo.
Karl permaneció de pie tras el escritorio.
No se sentó. Anna se situó a un lado, sin apoyar las manos en ninguna parte, y Nikolaus, más rígido que nunca, quedó frente a él con esa incomodidad particular de quien sabe que ha sido arrastrado a un conflicto ajeno y, sin embargo, no puede desligarse de él.
—¿Qué significa esto? —preguntó Anna, no elevando la voz, pero sí retirando de ella cualquier resto de dulzura doméstica.
Karl no respondió al instante. La pregunta no era para ella. Era para la estructura entera que lo estaba desafiando.
—Significa que Johann ha decidido cometer una estupidez —dijo al fin.
Nikolaus intervino con cautela.
—Tal vez convendría averiguar primero si ha salido por voluntad propia o si se trata de otra cosa.
Karl lo miró.
—Mi hijo no desaparece.
La frase tenía en sí misma una precisión cruel. No desaparece. Decide. Se mueve. Calcula. O se rebela. Anna cerró los ojos un instante, no de cansancio, sino como quien trata de contener algo antes de que tome una forma más dura.
—¿Le ha dicho algo a alguien? —preguntó.
Karl llamó al servicio y ordenó que hicieran venir a Leopold.
La espera no fue larga. Cuando el segundo hijo entró en el despacho, su mirada recorrió la estancia con rapidez suficiente para comprender que lo que ocurría no era una simple demora.
Vio a su padre erguido tras el escritorio, a su madre con esa serenidad tensa que no solía mostrar, a Nikolaus inmóvil, y comprendió que el problema tenía nombre aunque todavía no se hubiera pronunciado.
—¿Dónde está tu hermano? —preguntó Karl sin rodeos.
Leopold frunció el ceño.
—No lo sé.
—No te he preguntado si quieres responder, sino si lo sabes.
Leopold sostuvo la mirada, pero sin desafío teatral.
—Y le he dicho que no lo sé.
Karl dio un paso hacia delante, lo justo para que la presión no pareciera una amenaza, sino una certeza.
—Has estado con él estos días.
—Sí.
—¿Te ha dicho algo?
Leopold vaciló apenas un instante, no porque ocultara la verdad, sino porque necesitaba ordenar lo que sí sabía y lo que no. —Que no pensaba aceptar lo decidido sin más. Eso ya lo sabían todos.
Anna intervino antes de que Karl continuara.
—Leopold, intenta pensar. ¿Dijo adónde iría, con quién estaba, si tenía intención de salir de Viena?
Él negó con la cabeza.
—No. Habló… habló de elegir. De que una vida no podía resolverse como una cláusula. Pero no me dijo nada concreto.
Karl mantuvo la mirada fija en su hijo unos segundos más, midiendo si había en él ocultación.
No la encontró, o no la suficiente. Llamó entonces al asistente personal de Johann, un joven que llevaba años ocupado de sus documentos, de sus recados menores y de ciertos encargos cotidianos que no pasaban por las manos del servicio general.
Cuando el muchacho entró en el despacho, el cambio fue inmediato.