Los días que todavía son míos Capítulo 24. Mañana también cuenta #2
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Capítulo 24. Mañana también cuenta #2

—Tenía una cena. La he cancelado.

—¿Por mí?

—Porque la anfitriona ha invitado a su ex y lo ha llamado experimento de convivencia . Tú solo me has dado una excusa honorable.

Hablamos diez minutos. Me enseñó la portada provisional que había preparado para el cuaderno y yo la rechacé por incluir una tipografía demasiado emotiva.

—Es solo una prueba —protestó.

—Parece el menú de una boda en un viñedo.

—No voy a hablar de trabajo.

—Has empezado tú.

Bea guardó el diseño y me contó un problema de la agencia: un cliente quería que una campaña pareciera espontánea después de diecisiete rondas de aprobación. Me reí. Luego mi voz empezó a bajar y ella lo notó.

—Te llamo mañana —dijo.

—No hace falta que confirmes cada llamada.

—Lo sé. Pero quiero hacerlo.

—Mañana, entonces.

Nos despedimos sin resumen emocional.

A las cinco el cielo empezó a abrirse. Una franja naranja apareció sobre el mar. Daniel acercó la cama todo lo que permitían las ruedas y frenó cada una bajo la supervisión de Elena. Yo podría haber permanecido donde estaba; desde allí también se veía. Pero quería sentarme junto a la ventana.

Tardamos varios minutos. Primero elevaron el respaldo.

Después puse los pies en el suelo. Esperamos.

Daniel me sostuvo por un lado y Elena por el otro.

Di tres pasos hasta el sillón ancho que habían colocado frente al cristal.

Las rodillas temblaron. El dolor se mantuvo en un margen tolerable.

Cuando me senté, me envolvieron en una manta.

No había ninguna dignidad especial en la maniobra. Había instrucciones, respiraciones, una zapatilla que se enganchó y una discusión sobre dónde poner el reposapiés. Pero al levantar la vista encontré el mar.

Las persianas estaban completamente abiertas.

Daniel se sentó a mi derecha. Elena, a la izquierda. Menta saltó a mis piernas con ayuda de mi hermana y se acomodó sobre la manta. Pimienta permaneció en el alféizar, golpeando la cola contra el cristal cada vez que la gaviota se acercaba.

Sobre una bandeja había tres copas y mi vaso pequeño. Daniel abrió el agua con gas. El tapón salió disparado, chocó contra la lámpara y cayó dentro de una maceta.

—Celebración de alto riesgo —dije.

—No lo saques ahora —ordenó Elena cuando él intentó recuperar el tapón.

—Puede quedarse allí un año —respondió Daniel.

—La planta no llegará.

—La planta lleva cuatro años sin vuestra ayuda —dije.

Sirvieron el agua. Las burbujas me hicieron cosquillas en la nariz.

Afuera, el pueblo se preparaba para una noche que aún tardaría horas.

Sara colocaba mesas en el bar. Un niño arrastraba una bolsa de cotillón.

Fina cerró por fin El Faro y puso un cartel que decía Mañana a las diez , compromiso que nadie esperaba que cumpliera.

—No quiero discursos —dije.

—No había preparado ninguno —respondió Elena demasiado rápido.

—Tiene uno en el bolsillo —dijo Daniel.

—Es la lista de la compra.

—Empieza por «Este año».

Elena sacó el papel, lo dobló y lo dejó debajo de la bandeja.

—Gracias —le dije.

Chocamos los vasos. Bebí un sorbo. Menta levantó la cabeza por el ruido y volvió a dormirse.

—¿Por qué brindamos? —preguntó Daniel.

—Por nada que necesite una frase.

—Eso es difícil de decir mientras brindamos.

—Por el agua con gas —propuso Elena.

—Y porque la gaviota no ha roto el cristal —añadió Daniel.

Brindamos por ambas cosas.

Permanecimos frente al mar hasta que la luz naranja se volvió rosa y después gris.

No hablé todo el tiempo. Daniel me calentaba la mano entre las suyas.

Elena leyó algunos mensajes del club: Fina prometía cerrar un domingo al mes; Chelo quería nadar hasta la boya en junio; Roque había invitado a su hermano a comer y ocultado las herramientas de poda; Nati estrenaría otra sopera el dos de enero porque el primero le parecía demasiado obvio.

Al escuchar sus planes sentí una punzada de envidia.

No una emoción elevada. Envidia corriente, afilada.

Ellos podían pronunciar junio, el próximo domingo, otro verano.

Yo quería esas palabras. Quería un calendario largo y aburrido, citas con el dentista, renovaciones del seguro, una discusión con Daniel en marzo sobre la humedad del taller.

—Estoy enfadada —dije.

Elena dejó el teléfono.

—¿Con quién?

—Con todos los que tienen planes para junio.

Daniel apretó mi mano.

—Es razonable.

—No quiero ser razonable. Quiero junio.

Nadie respondió que debía agradecer diciembre. Dejaron que la rabia estuviera sentada con nosotros. Menta siguió ronroneando. El mar no se hizo más hermoso para compensarme.

Al cabo de un rato, el enfado perdió fuerza. No porque lo hubiera superado, sino porque el cuerpo se cansaba incluso de sentir.

—¿Qué vamos a hacer mañana? —pregunté.

Elena y Daniel se miraron.

—Lo que tú quieras —dijo mi hermana.

—Respuesta incorrecta.

—Abrir las persianas —dijo Daniel.

—Preparar café —añadió Elena.

—Escuchar cómo Fina abre tarde —continuó él.

—Y a las gaviotas —dije.

—También.

—Papá traerá pan —recordó Elena.

—Y demasiadas naranjas.

—Eso no se puede evitar.

El plan cabía en cuatro gestos. Ninguno exigía que llegara a la noche. Mañana ya no era una promesa extensa ni una cifra que los médicos debieran garantizar. Era una persiana, café, pan y ruido de pájaros.

Daniel me ayudó a volver a la cama antes de que anocheciera. Elena dejó el agua en la mesita. Las gatas se repartieron la manta. Las ventanas permanecieron abiertas hasta que entró frío y fui yo quien pidió cerrarlas, sin bajar las persianas.

Desde la cama todavía veía una línea oscura de mar.

No sé cuántos días me quedan. Este todavía es mío.