Capítulo 24. Mañana también cuenta
El treinta y uno de diciembre me despertó una gaviota golpeando el cristal con el pico.
No era una señal. Llevaba varios días atacando su reflejo y ensuciando la ventana. Daniel había propuesto colocar una silueta para espantarla. Yo me negué porque, a aquellas alturas, agradecía su perseverancia inútil.
—Buenos días —le dije.
La gaviota golpeó otra vez.
Menta levantó la cabeza. Pimienta salió de debajo de la manta y ambas se quedaron mirando el cristal con un interés depredador. Yo pulsé el mando de la cama hasta elevar el respaldo. El motor zumbó. Esperé a que el mareo leve pasara y busqué el mar entre los tejados.
Había nubes bajas y una franja de luz sobre el agua.
Las persianas estaban a media altura. En la calle, Fina abría El Faro pese a haber anunciado que cerraría.
Una motocicleta arrancó tres veces. Alguien arrastraba una maleta por los adoquines.
El último día del año empezaba con la misma falta de ceremonia que cualquier martes.
Daniel dormía en el sofá. Elena, en el cuarto de Aurora. Se habían turnado durante la noche porque el dolor había necesitado una dosis de rescate y un ajuste de postura. Llamamos al equipo tal como estaba acordado. La medicación hizo efecto. Después yo dormí; ellos, menos.
Los miré desde la cama. Daniel tenía un pie fuera de la manta.
Elena había dejado sus gafas y el teléfono sobre la mesa, alineados con una exactitud casi militar.
Podía haber despertado a cualquiera. Preferí escuchar durante unos minutos la casa: dos respiraciones humanas, el ronroneo de Menta, las tuberías del vecino y el golpecito absurdo de la gaviota.
El futuro se había reducido mucho. También se había vuelto audible.
Daniel abrió los ojos.
—¿Cuánto llevas despierta?
—Lo suficiente para saber que roncas.
—No ronco.
—Entonces hay un barco entrando en el puerto.
Se incorporó y comprobó mi cara antes de acordarse de preguntar.
—¿Cómo estás?
—Dolor controlado. Boca seca. Cansada.
—¿Agua?
—Sí.
Me dio el vaso. Bebí dos sorbos y le devolví la mitad. Daniel no insistió. Miró la persiana.
—¿La subo?
—Toda.
—Entra frío.
—Podemos bajarla después.
Tiró de la cinta. Las lamas azules subieron con pequeñas resistencias, nunca del todo alineadas.
La habitación se llenó de una luz gris. Abrió también la otra.
Cuatro meses y medio antes aquellas persianas estaban cerradas, una rota y las dos cubiertas de polvo.
Ahora dejaban entrar el mar, la calle y una gaviota con problemas de identidad.
Elena apareció en la puerta con el pelo revuelto.
—¿Qué hora es?
—Las ocho y veinte —dijo Daniel.
—Eso no es una hora del treinta y uno de diciembre.
—Para la gaviota sí.
Elena se acercó y me besó en la frente. No preguntó enseguida cómo estaba. Primero levantó a Pimienta, que se había sentado sobre mis piernas, y la colocó a un lado.
—Papá quiere venir a las once —dijo—. Bea llama a las doce. Fina ha pedido instrucciones sobre la tarjeta.
—Hoy poco.
—¿Aunque sea fin de año?
—Especialmente.
—¿Y el club?
—Notas. Nada de procesiones.
Elena colocó la tarjeta. Desde la cama la vi abrir la puerta y encajarla en la funda. Enfrente, Fina la observaba desde la tienda.
—¡Lo he entendido! —gritó.
—Entonces deja de mirar —respondió Elena.
—Estaba barriendo.
No tenía escoba.
Desayuné café con mucha leche en una taza pequeña.
El sabor había cambiado; ya no era el café que deseaba en agosto, pero el olor seguía perteneciéndome.
Daniel mojó una esquina de tostada y me la ofreció.
Comí un bocado. Menta intentó beber de la taza.
Pimienta robó la cucharilla y la dejó caer debajo del sofá, una contribución coherente a la mañana.
Quise ponerme el vestido amarillo. Elena lo sacó del armario y lo extendió sobre una silla. La tela estaba limpia, sin rastro de harina, y parecía pertenecer a una mujer con planes verticales.
—No puedo —dije.
—Podemos abrirlo por detrás —propuso ella—. O ponértelo por encima.
—No quiero disfrazarme de mí.
Elena volvió a guardarlo. No intentó convencerme. Elegí un camisón azul, un cárdigan suave y el chal amarillo. Me peinó sentada en la cama. El pelo se había afinado, pero aún podía recogérmelo detrás de las orejas. Me miré en el espejo pequeño que Daniel sostenía.
—Parezco cansada.
—Estás cansada —dijo Elena.
—Necesito que Bea te dé un curso de respuesta social.
—Bea habría dicho que la luz no ayuda.
—Eso es verdad —intervino Daniel.
—Los dos fuera de mi equipo de imagen.
Mi padre llegó a las once menos cuarto con naranjas y una botella de agua con gas. Llamó pese a tener permiso para entrar acompañado. Elena le abrió. Ernesto dejó la fruta en la cocina y vino hasta la cama sin inspeccionar el grifo, la persiana ni la calefacción. Se sentó en la silla de Daniel.
—Hace frío —dijo.
—Es diciembre.
—Mañana baja más.
—Feliz año, papá.
—Todavía no.
Llevaba una camisa azul que usaba en bodas y cenas familiares. La había abrochado mal: un lado quedaba más alto. Elena se acercó para corregirla y él apartó sus manos.
—Está bien.
—Te sobra un botón.
—Siempre sobran.
—En las camisas no.
Daniel terminó ajustándolo. Mi padre protestó menos con él, traición familiar que decidí no investigar.
Ernesto sacó una naranja. Empezó a pelarla, pero la cáscara se rompió en el primer giro. Lo intentó de nuevo por otra parte. Sus dedos temblaban un poco.
—Dámela —dijo Elena.
—Puedo.
—Ya lo sé.
Los miré y sonreí. Algunas conversaciones viajaban de una persona a otra hasta volverse patrimonio.
Mi padre consiguió separar un gajo. Me lo ofreció. Lo sostuve unos segundos. El olor me apetecía más que el sabor, así que acerqué la fruta a la nariz y después se la devolví.
—Hoy no.
Él se lo comió.
Hablamos del tiempo, del tráfico y de una avería en el coche de un vecino que yo no conocía. Luego mi padre sacó el teléfono. Reprodujo la grabación de la tarde de las tortas. Se oyeron platos, voces, el golpe del cuenco y mi risa elevándose sobre el ruido.
—La he guardado en dos sitios —dijo.
—Bien.
—Elena dice que la nube cuenta como uno, pero yo la tengo también en el ordenador.
—Entonces sobrevivirá a tu organización digital.
Guardó el teléfono. No intentó grabar nada nuevo.
—¿Quieres que me quede a comer?
La respuesta sincera era no. Llevaba cuarenta minutos allí y el cansancio empezaba a cerrar los bordes de la habitación. Me costó decirlo porque su camisa azul y la botella de agua con gas demostraban que había preparado el día.
—Quiero dormir antes de la tarde.
Mi padre asintió.
—Volveré mañana.
No miró a Elena ni a Daniel para comprobar si mañana era una palabra permitida.
—Trae pan —dije.
—¿De cuál?
—El que te guste.
Me besó. En la puerta recordó la fruta y quiso llevársela. Elena le obligó a dejar tres naranjas.
—Se van a estropear —dijo él.
—Mañana te llevas las que queden.
—Mañana traeré más.
—Ese es el problema.
Lo oí discutir hasta la calle. Después cerré los ojos.
Dormí dos horas y me desperté con dolor.
Daniel me ayudó a cambiar de postura. Tomé lo pautado.
Esperamos el tiempo acordado y, al no aliviar lo suficiente, Elena llamó al equipo.
Teresa estaba de guardia y habló conmigo.
Hizo preguntas, revisó lo que había tomado y nos indicó el siguiente paso dentro del plan.
Llamó de nuevo más tarde para comprobar la respuesta.
El dolor descendió. No desapareció, pero dejó de decidir cada respiración.
Elena sacó el cuaderno del cajón mientras descansábamos. Lo sostuvo sin abrirlo.
—Dejaste la fecha en blanco —dijo.
—Para la página siguiente.
—¿Quieres escribir hoy?
Miré el cuaderno. Podía pedirle que me acercara la bandeja, sostener el lápiz y registrar la gaviota, el café, la camisa mal abrochada de nuestro padre.
Una parte de mí deseaba documentarlo todo por si el día adquiría después una importancia que ahora no sabíamos ver.
Otra estaba cansada de observarse desde fuera.
—No —dije—. Hoy quiero estar sin tomar notas.
Elena no confundió la decisión con una renuncia al libro. Volvió a dejarlo en el escritorio, encima y no dentro del cajón.
—Si cambias de idea, está ahí.
—También si no cambio.
—También.
Pimienta saltó a la mesa y olfateó la cinta. Daniel la recogió antes de que tirara del cuaderno, pero se limitó a colocar a la gata en el suelo. No escondió el objeto ni anudó la cinta con mayor fuerza. El día podía ocurrir sin que quedara asegurado en una página.
Daniel puso música baja. Sonó la canción que habíamos bailado durante la Fiesta de la Sal. La reconocí en los primeros acordes.
—Eso es manipulación —dije.
—La lista está en aleatorio.
—La tecnología también manipula.
No podía levantarme a bailar. La idea dolió antes de que ninguno la propusiera. Daniel se sentó junto a la cama y extendió una mano sobre la manta.
—¿Una canción completa? —preguntó.
Coloqué mi mano en la suya. Daniel movió los dedos al ritmo y yo acompañé con la muñeca.
Elena, junto al escritorio, fingió leer mensajes.
Durante tres minutos nuestro baile consistió en dos manos y un balanceo mínimo de hombros.
No intentamos reproducir septiembre. En septiembre yo llevaba el vestido amarillo, permanecía de pie y aún creía que retirarme podía protegerlo.
Aquella tarde vestía un camisón y Daniel sabía exactamente dónde estaba.
Al terminar la canción, no sonó ningún aplauso. La siguiente era un anuncio estridente que Daniel cambió deprisa.
—Ha sido menos espectacular —dijo.
—También te he pisado menos.
Me besó los nudillos. La mano volvió a descansar sobre la manta. Una experiencia no se volvía falsa porque su tamaño cambiara.
—Podemos cancelar la tarde —dijo Elena.
—¿Qué tarde?
—El brindis. Daniel quería acercarte a la ventana. Bea va a conectarse.
—No cancelamos. Reducimos.
—¿Cuánto?
—Ya veremos.
La frase habría desesperado a la Marina de agosto. Aquella tarde me pareció un plan completo.
Bea llamó a las cuatro. Llevaba una diadema con números dorados y detrás se veía su salón lleno de globos.
—No preguntes —dijo.
—No pensaba hacerlo.