Los días que todavía son míos Capítulo 23. Las cosas que sí caben en un día #2
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Capítulo 23. Las cosas que sí caben en un día #2

Meses antes habría exigido más. Un día bueno necesitaba una playa, un vestido, una fiesta, un beso o una página brillante. Aquel contenía una ducha y sábanas limpias. No era resignación. Era precisión.

Mi padre peló una naranja en la mesa. El olor llenó el salón, ácido y dulce. Me ofreció un gajo pequeño. Lo sostuve en la lengua antes de morder. Estaba frío. El zumo me escoció una pequeña llaga en la boca y aun así quise otro trozo. Comí solo uno.

Daniel leyó en voz alta tres páginas del cuaderno porque mis ojos se cansaban. Era la escena de la fiesta, con la tarta que decía NO ES UNA DESPEDIDA . Cuando llegó a una frase donde yo describía su empeño por trasladar las sillas, frunció el ceño.

—No estaba dando órdenes —dijo.

—Estás modificando la versión de la autora.

—La autora estaba mareada.

—Eso no invalida la observación.

—Podrías añadir que Fina quería seguir cantando fuera mientras llovía.

Tomé el lápiz e hice una nota en el margen: Daniel exige contexto favorable.

Las gatas encontraron un rectángulo de sol a los pies de la cama.

Menta se tumbó primero. Pimienta intentó ocupar el mismo espacio, recibió un golpe sin uñas y terminó pegada a su lomo.

Sus cuerpos subían y bajaban al respirar.

En el patio, las notas del club se movían bajo las pinzas.

Alguien había dejado otra en la puerta: Hoy no llamo.

Mañana tampoco hace falta que contestes. Nati.

Todo aquello cabía en el mismo día sin exigir que yo mejorara.

Por la tarde pedí a Elena que sacara el cuaderno del escritorio. Lo había cerrado con la cinta azul. El volumen de páginas escritas había deformado el lomo y varias hojas sobresalían. Conservaba manchas, correcciones, recetas en los márgenes y una esquina mordida por Pimienta.

—Quiero que te lo quedes —dije.

Elena no alargó la mano.

—¿Ahora?

—Ahora puedo explicarte las condiciones y tú puedes protestar.

—Puedes guardarlo aquí.

—También. Pero quiero dártelo.

Daniel se levantó.

—Voy a preparar café.

—No tienes que irte.

—No me voy. Estoy a cuatro metros.

Entendí que nos daba una intimidad que no necesitaba convertirse en secreto. Mi padre se había marchado después de comer. Menta y Pimienta seguían dormidas. Elena se sentó más cerca.

—No sé qué quieres que haga con él —dijo.

—Primero, leerlo. Cuando puedas. No mañana por obligación.

—Lo leeré.

—Después decidirás si parece un libro.

—¿Un libro para publicar?

—Quizá.

—Marina…

—No quiero una promesa. Quiero que tengas la posibilidad. Si al leerlo te parece un conjunto de notas privadas, se queda privado. Si solo sirve para tranquilizar a otros sobre la muerte, no lo publiques.

Elena tocó la cinta, pero aún no cogió el cuaderno.

—¿Cómo sé qué querías?

—No puedes saberlo todo. Por eso te digo lo que sí sé.

Respiré antes de continuar. Hablar mucho me cansaba y aquella conversación no podía resolverse con una frase publicitaria.

—No me conviertas en santa. Conserva cuando fui injusta. La discusión contigo, las cartas, el día que mandé a todos fuera porque el cariño olía a cebolla. No ocultes que tuve miedo ni hagas que parezca que elegir paliativos me volvió sabia.

—A veces eras insoportable antes.

—Esa es la hermana que necesito como editora.

—¿Y Daniel?

—Le pedirás permiso para lo que le pertenece. A Bea también. Cambiaréis lo que haga falta para proteger intimidades. Pero no conviertas la historia de amor en una recompensa. Él tenía una vida antes de entrar y debe seguir teniéndola al salir de una página.

Desde la cocina, Daniel dijo:

—Estoy oyendo.

—Era la intención —respondí.

Elena miró el título escrito en la primera página.

—¿Y si no puedo hacerlo?

—Entonces no lo haces.

—¿Y si lo hago mal?

—Habrá erratas. Bea las encontrará y aprovechará para modificar la portada.

—No estoy hablando de erratas.

—Ya lo sé.

Elena tenía los ojos llenos de lágrimas. No lloró. Tampoco pidió que retirara el encargo.

—Lo guardaré —dijo—. Lo leeré. Y decidiré después.

—Eso es todo.

Tomó el cuaderno con las dos manos. El gesto me produjo una pérdida inmediata, casi física. Llevaba meses levantándome para escribir en él, protegiéndolo del café y de las gatas, usándolo para decir lo que no podía organizar. Al verlo sobre las rodillas de Elena quise recuperarlo.

—Todavía necesito terminar una página —dije.

Mi hermana me lo devolvió sin comentar la contradicción.

Abrí por el final. Quedaban diecisiete hojas en blanco. En la primera escribí la fecha: 26 de diciembre . Debajo, anoté la ducha, las sábanas, la naranja, las tres páginas leídas y las gatas al sol. No expliqué qué significaban.

Pasé a la siguiente hoja. Dibujé una línea para la fecha y la dejé vacía.

Elena volvió a atar la cinta azul. Esta vez, cuando le ofrecí el cuaderno, lo aceptó.

—Lo dejaré en el cajón del escritorio —dijo.

—Creía que te lo llevabas.

—Todavía estás escribiendo.

—Acabo de dártelo.

—Y yo acabo de decidir dónde guardarlo.

La vi colocar el cuaderno en el cajón superior, sobre los sobres cerrados. No buscó la llave. Dejó el cajón sin cerrar.

El día terminó antes de la noche. A las siete ya no podía mantener los ojos abiertos. Daniel bajó las persianas a medias. Elena se quedó junto a la mesa, leyendo sin tocar el cuaderno. Las gatas continuaban en la franja de sol que desaparecía.

No hice nada extraordinario.

No quedó sitio para nada más.

Antes de dormir pedí que abrieran un poco la ventana. Entró olor a chimenea y el rumor del bar, donde alguien celebraba con retraso una lotería pequeña. Elena preguntó si quería la persiana más alta. Le dije que así estaba bien.

Durante unos minutos miré la cinta azul asomar por el cajón. El cuaderno no se había marchado ni me pertenecía ya de la misma manera. Esa contradicción también cabía en el día. Cerré los ojos sin resolverla.