Los días que todavía son míos Capítulo 23. Las cosas que sí caben en un día
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Capítulo 23. Las cosas que sí caben en un día

El veintitrés de diciembre intenté organizar una Navidad sencilla y conseguí crear un documento de tres páginas.

Incluía horarios, número máximo de personas, un menú sin olores intensos y una columna titulada plan alternativo . Bea lo leyó por videollamada y dijo que la sencillez no solía requerir anexos.

—No son anexos. Es una tabla.

—Has asignado colores.

—Solo dos.

—Marina, puedes cambiar de idea ese mismo día.

—Precisamente por eso existe el plan alternativo.

—¿Y si tampoco quieres el plan alternativo?

Miré la hoja. No había una columna para eso.

El cuerpo llevaba una semana desmintiendo mi forma de calcular.

Una mañana me despertaba con energía suficiente para lavarme el pelo y revisar diez páginas.

A la siguiente, levantar un vaso requería las dos manos y una concentración que antes reservaba para presentar campañas a clientes hostiles.

La medicación aliviaba el dolor, pero había horas en las que el sueño me encontraba a mitad de una frase.

Mi voz se cansaba. El apetito se reducía a deseos breves: una cucharada de compota, un trozo de pan tostado, el caldo solo si no estaba demasiado caliente.

Yo seguía intentando construir días buenos con criterios de agosto.

En la tabla de Navidad había previsto vestirme, sentarme a la mesa durante una hora, abrir regalos, escuchar a Tomás cantar dos villancicos y comer algo. Leí la lista desde la cama y sentí cansancio antes de empezar.

—Bórrala —dije.

—¿La tabla? —preguntó Bea.

—La Navidad.

—Eso excede mis permisos de edición.

—Dile a Elena que no venga.

—Se lo dices tú.

—Para algo eres responsable de comunicación.

Bea esperó en la pantalla.

—No te estoy pidiendo que redactes un comunicado —dije.

—No. Me estás pidiendo que hagas desaparecer una fiesta porque tienes miedo de no poder cumplir tu propio horario.

—Qué desagradable te has vuelto desde que aprendiste a acompañar.

—He tenido una maestra insoportable.

Colgué antes de darle la razón.

Elena llegó esa tarde con una bolsa de ropa y encontró la tabla arrugada en la papelera. La rescató, la leyó y la dejó sobre la mesa sin alisarla.

—Podemos cenar aquí —dijo—. Papá viene un rato. Daniel estará. Si te cansas, nos vamos.

—No quiero que todos se queden mirando si mastico.

—Entonces cenamos en la cocina y tú comes lo que quieras donde quieras.

—Eso es triste.

—Es una distribución de espacios.

—No quiero una Navidad adaptada hasta que no se parezca a una Navidad.

Elena se quitó el abrigo. Debajo llevaba un jersey rojo con un reno bordado. Uno de los ojos era más alto que el otro.

—¿Te has visto?

—Me lo regaló Bea.

—Retiro lo dicho. Nada que incluya ese jersey puede confundirse con otra fecha.

Se sentó junto a la cama.

—¿Qué parte quieres?

La pregunta era distinta a qué plan hacemos .

Cerré los ojos. Pensé en las Nochebuenas de niña, cuando mi madre freía demasiado, mi padre compraba marisco por encima del presupuesto y Elena abría los paquetes para comprobarlos antes de que llegaran los invitados.

Pensé en las celebraciones de mi matrimonio, correctas y tensas; en las cenas de agencia, con discursos y resacas; en los años de tratamiento, cuando todo el mundo brindaba por la salud mirando hacia mí.

—Quiero que papá traiga la bandeja de turrón que lleva poniendo desde 1986 —dije—. Aunque nadie coma del blando.

—De acuerdo.

—Quiero que vengas con ese jersey.

—Lo llevaba para que te rieras una vez. No abuses.

—Y quiero que Daniel cene. Pero no quiero mesa grande, ni villancicos, ni que Fina aparezca con doce personas.

—Podemos hacerlo.

—Puede que ese día diga que no.

—También.

Elena rompió la tabla por la mitad. Conservó la lista de teléfonos que estaba impresa por detrás, porque la transformación personal tenía límites ecológicos.

La mañana del veinticuatro puse en la puerta HOY POCO . El club respetó la tarjeta a su manera: nadie entró, pero al mediodía había diecisiete notas pegadas alrededor. Fina dejó cinta adhesiva en una cesta para que los siguientes participaran. La fachada empezó a parecer el tablón de un colegio.

No hace falta contestar. He cerrado una hora y no se ha hundido el comercio. Fina.

He flotado sin churro once segundos. Chelo.

Mi hermano viene en enero. Puede que nos matemos. Roque.

He cantado en público y ahora quiero aplazar repetirlo. Tomás.

La sopera se usa. Nati.

Leandro no escribió nada; dejó un tornillo nuevo pegado a un papel que decía por si acaso . Sara y Andrés dibujaron una copa y prometieron cerrar el bar el día de Reyes. Alguien anónimo añadió: Eso sí es un milagro.

Daniel recogió las notas y las colgó con pinzas de la cuerda del patio. No las ordenó. El viento las movía y Pimienta saltaba debajo intentando alcanzar las esquinas.

—No dejes que se coma la de Roque —dije.

—¿Por cariño?

—Tiene mucha tinta.

A las siete llegó mi padre con la bandeja de turrón. Era de metal dorado, con un dibujo de acebo borrado por los años. Traía las mismas variedades de siempre, incluidas unas figuritas de mazapán que ya nadie reconocía y que parecían restos arqueológicos.

—El blando es de este año —aclaró.

—Nadie te ha acusado todavía.

—Elena mira la fecha de todo.

—Porque guardas cajas de hace tres Navidades —respondió ella.

—El duro no caduca.

Daniel preparó una tortilla francesa para mí y algo más para ellos en la cocina, con la puerta cerrada para que no llegara el olor.

Cenaron primero. Yo dormí durante parte de la cena.

Cuando desperté, mi padre estaba sentado en el sillón leyendo los ingredientes de una caja y Elena discutía con Daniel sobre una película antigua.

Nadie dejó de hablar cuando abrí los ojos.

Comí dos bocados de tortilla y medio gajo de mandarina. Después probé un trozo minúsculo de turrón de chocolate. Mi padre sonrió, pero tuvo la prudencia de no contarlo como victoria.

Abrimos tres regalos. Bea había enviado unos calcetines con gatos.

Elena me regaló una cinta nueva para el cuaderno, azul, porque Pimienta había destrozado la anterior.

Yo les entregué sobres con fotografías de la tarde de las tortas: a mi padre, la imagen en la que miraba una naranja; a Elena, aquella donde me quitaba harina del hombro; a Daniel, la foto en que salía cortado mientras me miraba desde un borde.

—Te falta media cara —dijo Elena.

—Es mi mejor perfil —respondió él.

A las nueve me agoté. No hubo esfuerzo posible para ocultarlo. Las palabras se volvían más lentas y me costaba sostener la cabeza. Elena dio por terminada la noche antes de que yo tuviera que pedirlo. Mi padre recogió el turrón. Daniel bajó la luz. A las nueve y media la casa estaba en silencio.

No había cumplido una celebración. Había vivido una hora y media dentro de ella.

El día de Navidad fue peor. Dolor, sueño, náuseas.

Teresa habló con nosotros por teléfono y vino el profesional de guardia del equipo a revisar la situación.

Ajustaron lo necesario, explicaron qué observar y se aseguraron de que yo estuviera cómoda.

La tarjeta HOY NO permaneció en la puerta.

No vi a nadie salvo a Elena y Daniel. La fiesta familiar continuó en casa de mi padre sin mí.

Al principio la idea me pareció una exclusión que yo misma había solicitado.

Después Elena me envió una fotografía: Ernesto dormía en el sofá con el reno del jersey de mi hermana apoyado en el hombro.

Bea participaba por videollamada desde Madrid y había quedado congelada en la pantalla con la boca abierta.

Me reí una vez. Luego volví a dormir.

El veintiséis me desperté a las diez con menos dolor. No bien . No renovada. Solo había más espacio entre una molestia y la siguiente. La luz entraba por la rendija de la persiana y caía sobre las sábanas.

—Quiero ducharme —dije.

Elena, que dormía en el sofá, abrió un ojo.

—Buenos días.

—Buenos días. Quiero ducharme y cambiar la cama.

—Una cosa cada vez.

—Son dos cosas relacionadas.

—Precisamente.

Daniel llegó mientras preparábamos el baño.

Había pasado la noche en su casa y traía café.

Me preguntó si quería ayuda. Elegí a Elena para la ducha y a él para las sábanas.

Repartir tareas había dejado de parecerme una fragmentación de mi intimidad.

Era una manera de conservarla: yo decidía quién hacía qué y cuánto.

La ducha duró diez minutos y el descanso posterior, cuarenta.

Elena me lavó el pelo mientras yo me ocupaba del cuerpo.

No hablamos de nada importante. Comentó que el gel estaba casi vacío y que el agua caliente tardaba más desde el cambio de tiempo.

Al salir, me envolvió en una bata y me dejó sentada hasta que la respiración se calmó.

En el salón, Daniel y mi padre habían cambiado las sábanas.

Ernesto había llegado sin avisar, pero vio HOY POCO y esperó en la puerta hasta que Daniel le abrió.

Las sábanas olían a jabón y al aire frío del patio donde las habían tendido el día anterior.

Me acosté con el pelo aún húmedo. El tejido fresco rozó mi espalda. Cerré los ojos.

Daniel había colocado la funda con las flores pequeñas que yo prefería. Mi padre sostenía la otra almohada y defendía que debía quedar más alta. Ninguno se atrevió a moverla sin preguntar.

—Así está bien —dije.

Ernesto dejó la almohada en una silla. Daniel abrió un poco la ventana para que saliera el calor del secador.

Entró una corriente con olor a sal y ropa húmeda.

Las notas del patio golpearon la pared bajo sus pinzas.

Pimienta saltó a la cama, amasó la sábana limpia con las patas y dio tres vueltas antes de tumbarse.

—La acabamos de cambiar —protestó Elena.

—Ella también aprecia el esfuerzo —respondí.

Menta subió después y eligió el hueco junto a mis pies. La cama dejó de parecer material sanitario durante unos minutos. Era una cama recién hecha, demasiado ocupada por gatos y rodeada de personas discutiendo sobre almohadas.

—Esto es un día bueno —dije.

Nadie respondió enseguida.