Capítulo 22. Todos los nombres del miedo #2
Guardamos las tarjetas en una funda transparente junto a los teléfonos. No para consultarlas en una crisis, sino para recordar que cuando alguno se volviera autoritario, evasivo o excesivamente alegre quizá estuviera hablando desde una de aquellas palabras.
La pregunta era demasiado amplia. Cabía la habitación entera.
Elena preguntó por una posible caída. Bea, por el dolor.
Daniel, por no darse cuenta de que algo había cambiado.
A cada miedo se le puso un nombre y, cuando existía, una acción: llamar, observar un signo concreto, mantener despejado el paso, utilizar las ayudas, no improvisar dosis, pedir relevo.
Yo hablé del miedo a perder la capacidad de decidir y del miedo contrario: que los demás obedecieran una frase antigua aunque las circunstancias fueran distintas.
Teresa recordó que mis preferencias podían revisarse mientras pudiera expresarlas y que el objetivo era respetarme, no aplicar un documento sin mirar a la persona.
Mi padre no dijo nada.
—Papá —dijo Elena—, ¿qué te preocupa?
—Todo eso.
—¿Qué parte?
—Todo.
Se levantó con el plato en la mano y fue hasta la cocina. Oímos abrir un cajón, después cerrarlo. Regresó sin el plato. Se quedó de pie junto a la cama.
—Yo puedo pagar lo que haga falta —dijo.
—No estamos hablando de dinero —respondí.
—Ya lo sé.
—Papá…
—No quiero que te mueras.
La frase salió áspera, casi enfadada. Era la primera vez que lo decía con esas palabras. Había ofrecido clínicas, especialistas, fruta, dinero y partes meteorológicos. Había rodeado la muerte durante meses sin pisar su nombre.
Sentí que el cuerpo entero buscaba una respuesta para cuidarlo. Todavía estoy aquí. No pienses en eso. Vamos a aprovechar. Tenía una colección completa de frases que habrían cerrado el momento con eficacia.
No utilicé ninguna.
—Lo sé —dije.
Mi padre lloró.
No lo hizo de forma cinematográfica. Se quitó las gafas, se secó una mejilla con el dorso de la mano y se enfadó porque no encontraba un pañuelo. Elena le dio uno. Él negó con la cabeza como si el pañuelo constituyera una exageración y terminó aceptándolo.
Daniel miraba al suelo. Elena se sentó junto a nuestro padre. Bea lloraba en silencio, algo tan contrario a su naturaleza que al principio pensé que le dolía la garganta.
Yo no los tranquilicé.
Aquello fue más difícil que hablar de mis deseos. Permanecí incorporada, con el corazón golpeando y las manos sobre el chal. Dejé que su miedo existiera sin transformarlo en una tarea para mí. También dejé que vieran el mío.
—Yo tampoco quiero —dije.
Mi padre se acercó y apoyó una mano sobre mi cabeza, gesto que no hacía desde que era niña. No prometimos nada.
Cuando nos sentamos de nuevo, Bea se limpió la cara y respiró hondo.
—Tengo que pedirte perdón.
—Hay una lista de espera.
—Marina.
—Continúa.
—Al principio te mandé todas aquellas historias, médicos y frases porque pensé que la esperanza era una obligación. Como si estar triste o cansada hiciera que no lo intentaras lo suficiente. Te puse trabajo cuando ya estabas agotada.
—Querías ayudar.
—Sí, pero no siempre ayudé.
—No.
Bea asintió. No le facilité la disculpa convirtiéndola en inocencia, ni ella me pidió que lo hiciera.
—Ahora todavía tengo esperanza —añadió.
—¿De qué?
Miró alrededor. Menta ocupaba el sillón, Ernesto arrugaba un pañuelo, Daniel tenía una mano cerca de la mía y Elena sostenía la carpeta cerrada.
—De que mañana te apetezca café. De que me dejes leerte algo. De que la medicación funcione cuando duela. No sé. De cosas más pequeñas.
—Esas caben mejor en casa.
Teresa terminó la reunión revisando que todos tuvieran los números y que las indicaciones escritas estuvieran en un lugar accesible.
No nos felicitó por nuestra valentía ni dijo que lo habíamos hecho muy bien.
Guardó la carpeta y preguntó si necesitaba ajustar la postura.
Le dije que no. Antes de marcharse, acordó la siguiente visita y recordó que podíamos llamar antes.
La puerta se cerró. Nos quedamos agotados y hambrientos de una forma poco coherente.
—Ahora sí —dijo Elena—. Pizza.
Bea abrió la aplicación y volvió a preguntar por las aceitunas.
—Todas negras —dijo mi padre.
—Acabas de decir que a mamá no le gustaban —respondió Elena.
—Tu madre no está cenando.
Nadie supo qué cara poner. Ernesto miró la pantalla.
—Y una de jamón —añadió.
—Yo quiero vegetal —dijo Daniel.
—La vegetal lleva aceitunas —advirtió Bea.
—Se pueden quitar —dije.
Discutimos otros diez minutos. Pedimos demasiado. Cuando llegaron las cajas, el salón olía a masa caliente y orégano. Comí media porción de queso, despacio, y un trozo de piña que Bea había pedido pese a la oposición general.
Las tarjetas seguían extendidas cerca de las cajas. Mi padre colocó la suya boca abajo. Bea quiso llevarse la suya y después cambió de opinión. Elena añadió la fecha en una esquina, gesto que me hizo protestar.
—No son documentos oficiales.
—Precisamente por eso se pierden.
—Podemos escribir otros miedos otro día.
—No quiero otros —dijo mi padre.
—Nadie los quiere, papá.
Daniel puso un trozo de corteza sobre la tarjeta NO LLEGAR A TIEMPO .
Lo retiró enseguida, dejó una mancha de tomate y soltó una palabra que mi padre fingió no oír.
Bea buscó una servilleta. Teresa ya se había marchado y, sin su calma profesional, volvíamos a ser una familia tratando material delicado junto a comida rápida.
—Déjala —dije—. No tiene que conservarse limpia.
Daniel miró la mancha y asintió.
Elena guardó las tarjetas en la funda transparente. No las ordenó por persona ni por importancia. Metió también el papel donde Bea había apuntado el pedido y un cupón de descuento. Cuando le pregunté por qué, dijo que no quería que el miedo fuera lo único reconocible al abrirla.
Mi padre permaneció hasta que se terminó la pizza de jamón. Antes de irse, se acercó a la cama y me preguntó si al día siguiente quería naranjas.
—Todavía quedan seis.
—Entonces no.
—Gracias.
En la puerta se volvió.
—Pero pasado mañana quizá.
—Pasado mañana lo hablamos.
Aceptó una respuesta sin garantía. Aquella noche todos habíamos practicado la misma cosa con nombres diferentes.
Sobre la mesa, junto a los platos, quedó el árbol de llamadas.
Debajo había una mancha redonda de aceite.