Epílogo. Las persianas abiertas
Marina:
Hoy hace un año que brindamos con agua con gas por una gaviota que no había roto el cristal.
He pensado empezar esta carta de una forma más hermosa.
Bea propuso una frase sobre el mar y Daniel dijo que te levantarías del sitio donde estuvieras para prohibirla.
Yo había escrito tres principios distintos en el ordenador y los tres parecían redactados para una placa.
Al final he usado la gaviota porque fue verdad.
Las aceitunas también siguen provocando problemas: Fina ha traído esta tarde una empanada con negras después de que Nati pidiera expresamente que no llevara ninguna.
Estamos en la casa. Las persianas están abiertas.
No las he pintado, aunque la madera ha perdido más color y Leandro insiste en que antes de la primavera habrá que hacer algo.
Daniel revisó la cinta de la grande en octubre.
Dijo que podía dejarla perfecta. Le pedí que no lo hiciera.
Me gusta que se atasque un poco a media altura.
No porque todo deba conservarse como tú lo tocaste, sino porque las casas antiguas tienen derecho a oponer resistencia.
El club se reúne aquí el último domingo de cada mes. Hoy hemos cambiado la fecha por fin de año y hay diecinueve personas repartidas entre el salón, la cocina y el patio. La casa no se ha convertido en un santuario. Te enfadaría saber que tuve esa tentación.
Durante las primeras semanas no quería mover nada.
Dejé la taza junto al escritorio, el chal amarillo doblado a los pies de la cama y una horquilla debajo del armario porque estaba segura de que era la que Pimienta había empujado aquella mañana.
Daniel vino un día, la recogió y dijo que era de Alba.
Me sentí aliviada y decepcionada a la vez.
La cama volvió al servicio de ayudas técnicas.
El sofá regresó a su sitio. Lavamos las sábanas.
Nati usó la sopera con forma de col para servir un guiso y nadie tuvo el valor de decirle que no era suya.
El escritorio sigue bajo la ventana, pero ahora tiene marcas nuevas de tazas y un arañazo que hizo Roque al reparar una radio que tampoco era necesario reparar.
Aquí se come, se discute, se duerme la siesta y se dejan platos sin fregar.
En julio, Sara y Andrés celebraron en el patio el aniversario del bar.
Tomás cantó cuatro canciones cuando se le habían autorizado dos.
En septiembre, Chelo nos enseñó a flotar en la playa y Fina apareció con una caja para guardar móviles porque consideraba que distraían de la experiencia.
La mujer que enviaba cuarenta mensajes al día requisó teléfonos.
Nadie señaló la contradicción hasta después del baño.
Moriste en casa la semana siguiente, acompañada y con los síntomas atendidos.
He cumplido la condición de decirlo una vez y no convertirlo en el centro de esta carta.
No porque no importe. Importa de una forma que todavía cambia el aire de algunas habitaciones.
Pero tú pediste que el cuaderno fuera un libro sobre vivir y no una explicación de aquel momento, y por una vez voy a respetar una instrucción sin añadir una columna de observaciones.
Encontré la llave del cajón dentro de la taza del escritorio.
Por supuesto. Pasé dos días buscándola en lugares razonables y Daniel la vio al servirse café.
Los sobres estaban dentro, con nuestros nombres.
No los abrimos juntos. Cada persona recibió el suyo cuando quiso.
Papá tardó cuatro meses en aceptar el suyo y luego aseguró que solo había esperado a cambiarse las gafas.
Mi carta tenía ocho líneas y una posdata sobre la sopera.
La he leído tantas veces que el doblez empieza a romperse.
He dejado de intentar decidir si era suficiente.
Era lo que escribiste. También era una de varias cosas que me dejaste: las discusiones, la llave azul, la fotografía de la harina y las páginas donde no me retratabas de manera especialmente favorable.
Te hice caso con el cuaderno, aunque no enseguida.
Durante dos meses permaneció cerrado. Lo llevé a Madrid y lo guardé en un cajón.
Cada vez que pensaba en leerlo, encontraba otra tarea: cambiar la titularidad de una factura, hablar con la notaria, ordenar la casa, contestar mensajes.
Me ocupé con tanta eficiencia que Bea tuvo que venir un sábado, sentarse delante del cajón y decirme que no se movería hasta que sacara el cuaderno.
Duró cuarenta minutos. Luego necesitó ir al baño, pero dejó el bolso bloqueando la puerta.
Leí primero las páginas de agosto. Me enfadé contigo de nuevo.
Habías descrito mi carpeta como si fuera un arma y mi insistencia como si no tuviera ninguna razón.
En el margen escribí: Aquí omites que llevabas tres días sin decirme cuánto te dolía.
Luego encontré una frase más adelante donde lo reconocías.
Tuve la sensación irritante de que seguíamos discutiendo a destiempo.
Leí las páginas de la fiesta. Me reí con la tarta.
Leí la ducha, la llave y el día en que te peiné.
Tu versión de mi tinte rojo continúa siendo falsa: era naranja.
Leí el barco, las cartas, el baño de noviembre y la discusión de los cojines.
Leí la página del veintiséis de diciembre, con las sábanas, el gajo de naranja y las gatas al sol.
Al terminar, entendí lo que habías querido decir.
No que hubieras aprendido a morir. El cuaderno no enseñaba eso y me alegro.
Algunos días estabas serena; otros, aterrorizada, mandona o furiosa.
A veces elegías bien y otras hacías daño intentando protegernos.
Era un libro sobre una mujer viva, lo cual parece una observación evidente y resultó ser la más difícil de conservar.
Bea quiso corregirlo todo en una semana.
Le prohibí abrir un programa de diseño hasta que Daniel y yo termináramos de leer.
Hablamos con todas las personas que aparecían.
Cambiamos detalles que pertenecían a otros y dejamos los que eran tuyos.
Fina pidió ampliar sus intervenciones. Roque solicitó que elimináramos la causa de la pelea con su hermano porque, según él, la higuera había quedado demasiado protagonista.
Tomás quería incluir la letra completa de una canción.
Nati solo preguntó si la sopera salía favorecida.
Daniel leyó despacio. A veces devolvía las hojas y pasaban semanas antes de que retomara.
No le pedí que se diera prisa. Él tampoco dejó que yo convirtiera el trabajo en una carrera.
Conservamos su enfado por las cartas, su vigilancia y el momento en que guardó las herramientas.
Quitamos alguna cosa que era solo vuestra.
Lucía siguió en las páginas porque también seguía en su vida, como tú querías.
El libro se publicó en septiembre con el título que habías escrito junto a la huella de Pimienta: Los días que todavía son míos .
No usamos una fotografía tuya en la cubierta.
Bea presentó diecisiete opciones y acabamos eligiendo una ilustración: la casa de las persianas azules, el mar, una mujer con vestido amarillo, dos gatas y un hombre trabajando en una barca al fondo.
Fina dice que él sale demasiado pequeño; Daniel sostiene que así se entiende quién protagoniza el libro.
La tipografía no es manuscrita. Puedes estar tranquila dentro de lo razonable.
Papá compró seis ejemplares aunque le dimos uno. Guarda tres en el salón, uno en el coche y dos en lugares que no recuerda. Dice que son para prestarlos, pero anota los nombres de quien se lleva cada uno. También continúa trayendo naranjas. Hoy ha aparecido con dos cajas.
—Somos diecinueve —le he dicho.
—Por eso.
Ha pelado una y ha repartido gajos. Cuando alguien rechazaba, se los comía él. Está aprendiendo que ofrecer no obliga, aunque todavía necesita practicar. Se ha sentado junto a la ventana y ha contado otra vez la historia de Benidorm. Esta vez juraba que fue en 1995. No lo he corregido.
Daniel ha venido navegando.
La Aurora sale del puerto al menos dos veces al mes.
No siempre con buen tiempo y nunca con la puntualidad que Alba considera mínima.
En primavera Daniel llevó al club en grupos pequeños.
Fina gritó instrucciones desde proa sin conocer ninguna y Roque se mareó antes de salir de la bocana.
Yo fui en junio. Daniel me dejó llevar el timón.
Durante tres minutos pensé en ti y estuve a punto de decirlo en voz alta, pero no quería que tu ausencia ocupara todo el barco.
Después pensé en el viento, en mantener el rumbo y en no chocar con una boya. Creo que eso también te habría gustado.
El taller sigue abierto. Alba encontró a una mujer que lleva la contabilidad y ha reducido de forma alarmante las posibilidades de que Hacienda tenga que intervenir.
Daniel acepta encargos, sale a cenar algunos viernes y visita a su hija en Valencia.
Habla de ti cuando quiere y guarda silencio cuando no.
No se ha convertido en guardián de tu memoria.
Tampoco te ha dejado atrás, expresión que siempre me pareció cruel.
Te lleva de una manera que no necesito administrar.
Menta y Pimienta viven con él.
Menta tardó cuatro días en ocupar su almohada. Pimienta necesitó menos de una hora para robar el primer tornillo del taller. Daniel ha colocado cajas cerradas, recipientes altos y un imán para las piezas pequeñas. No sirve. Alba encontró la semana pasada una arandela dentro de un zapato.
Las dos vienen a la casa cuando hay reunión.
Daniel afirma que no puede impedir que Menta se plante junto a la puerta en cuanto lo ve coger las llaves azules, así que ha renunciado a fingir que decide.
Ahora mismo está tumbada sobre las notas del club.
Pimienta persigue la cinta azul del cuaderno, que he traído al escritorio para escribirte.
Algunas cosas continúan sin necesidad de convertirse en símbolos.
Las gatas siguen siendo gatas y la cinta sigue estando en peligro.
El club también continúa.
Fina cierra dos horas cada miércoles. Lo anuncia con tres días de antelación y pasa la primera media hora comprobando desde la esquina si algún cliente espera.
Chelo ya llega hasta la boya acompañada.
Roque y su hermano comen juntos una vez al mes y discuten desde el aperitivo.
Nati usa toda la vajilla. Leandro se apuntó a baile y abandonó después de dos clases porque prefiere seguir aplazándolo.
Sara y Andrés han contratado a una camarera para poder cerrar alguna tarde.
Yo elegí aprender a no solucionar inmediatamente lo que me duele.
No se puede verificar, según Fina, y por tanto mi reto sigue abierto.
Todavía fallo. Cuando papá tarda en contestar, llamo tres veces.
Si Daniel cancela una comida, pienso que está peor antes de preguntarle.
Cuando alguien del club llora al hablar de ti, me sorprendo buscando una frase que lo haga parar.
A veces la encuentro y me la guardo. Otras veces la digo y después pido perdón.
He comprendido que acompañar no es una habilidad que se aprende una tarde. Es una práctica incómoda. Hay que volver a elegirla cuando sería más fácil traer una carpeta.
Hoy, antes de que llegaran todos, abrí por completo las persianas.
El mar estaba gris y el vecino de enfrente tendía calcetines.
Durante un momento recordé aquella tarde en que nos preguntaste qué haríamos al día siguiente.
Abrir, preparar café, escuchar las gaviotas.
Hemos hecho las tres cosas muchas veces este año.
Ninguna ha sustituido la mañana que querías. Ninguna tenía que hacerlo.
Bea acaba de entrar en el cuarto para avisarme de que van a brindar. Trae agua con gas y una diadema con el número del año nuevo. Dice que esta carta necesita un cierre. Le he pedido que salga.
No sé si volveré a escribirte así. Tal vez el próximo año ya no necesite una fecha para hablar contigo. Tal vez sí. He dejado de convertir cada incertidumbre en una decisión urgente.
Voy a guardar esta carta en el cajón, junto a la tuya. Sin llave. Después saldré al salón, quitaré las aceitunas de mi porción y escucharé a Tomás cantar demasiado alto. Papá ofrecerá fruta. Daniel recogerá a Pimienta de la mesa. Fina anunciará el reto de enero sin que nadie se lo haya pedido.
La casa estará llena y seguirá faltando una persona.
En la última hoja del cuaderno, después de la línea donde dejaste la fecha abierta, encontramos una frase escrita con tinta más clara. Bea quería imprimirla al principio. Daniel y yo decidimos conservarla al final, donde no parece una promesa ni una enseñanza obligatoria.
La copio aquí para no fingir que el cierre es mío:
No esperéis a perder el futuro para descubrir que el presente también era una vida entera.
Elena