Los días que todavía son míos Capítulo 21. Lo que no se puede arreglar #2
87%

Capítulo 21. Lo que no se puede arreglar #2

Negociamos como si una cifra pudiera ordenar lo esencial.

No podía, pero nos daba un borde. Daniel llamó a Alba y aceptó que ella buscara a alguien para ayudar con la contabilidad del taller.

Yo acepté que el registro de medicación estuviera a la vista y que él pudiera llamar al equipo si yo no respondía o aparecían los signos que Teresa nos había explicado. Ninguno prometió hacerlo perfectamente.

Después Daniel recogió el cojín del suelo. Pimienta se aferró a él con las cuatro patas.

—Ese ya no puede volver a la cama —dije.

—Lo lavo.

—Tardará en secarse con esta humedad.

—Puedo ponerlo junto al radiador.

—Ya estás arreglando otra vez.

—Es un cojín sucio, Marina.

—Te concedo el cojín.

A media tarde llegó mi padre. Vio la caja de herramientas junto a la ventana y preguntó qué estaba roto. Daniel respondió que nada urgente. Ernesto probó el cierre, anunció que entraba aire y propuso usar una tira de goma que guardaba en el coche.

—No —dijimos Daniel y yo al mismo tiempo.

Mi padre nos miró como si la enfermedad fuera colectiva.

Dejó mandarinas y se marchó antes de que anocheciera porque la carretera mojada le preocupaba. Daniel preparó una cena sencilla. Yo comí tres cucharadas de puré y un trozo pequeño de pan. No insistió. Retiró el plato cuando se lo pedí y puso música baja.

Antes de empezar a leer, le pedí que se tumbara conmigo. Daniel miró la cama como si necesitara comprobar su carga máxima.

—No para vigilarme —dije.

—No iba a hacerlo.

—Has mirado el registro de medicación.

—Está detrás de ti.

—Puedes cerrar los ojos.

Se quitó los zapatos y se tumbó de lado, por encima de la manta. Había espacio suficiente, pero mantuvo una distancia prudente para no rozar mi abdomen. Yo tomé su mano y la llevé hasta mi cintura.

—Aquí no duele.

—¿Seguro?

—Esa es una pregunta permitida una vez.

Daniel apoyó la palma. El calor atravesó el camisón.

Nos besamos despacio, sin la urgencia de septiembre y sin tratar la ternura como sustituta resignada de otra cosa.

Su barba me raspó la barbilla. Yo recorrí la cicatriz pequeña de su pulgar y el hueco de su cuello.

Durante unos minutos no fue la persona que controlaba mis horarios ni yo la paciente que negociaba cojines.

Éramos dos cuerpos cansados buscando una postura posible.

Cuando me faltó energía, apoyé la frente en su pecho.

—No sé si hago esto bien —dijo.

—Ahora mismo no hay nada que hacer bien.

—Eso me pone nervioso.

—Lo he notado.

Sentí su risa bajo la mejilla. Permanecimos tumbados.

Daniel no preguntó si quería cambiar de postura hasta que fui yo quien se movió.

Me ayudó entonces, una mano en el hombro y otra bajo la almohada.

La intimidad no había vuelto porque el miedo desapareciera.

Había vuelto porque, durante un rato, ninguno intentó ocultarlo ni resolverlo.

—A veces estoy enfadado contigo —dijo.

Levanté la cabeza.

—Eso no figuraba en el acuerdo romántico.

—Estoy enfadado porque haces planes sin mí, porque dices que no necesitas algo cuando sí y porque luego tienes razón en cosas que no quiero oír.

—Una lista sólida.

—Y estoy enfadado con lo que está pasando. Sé que no sirve de nada, pero lo estoy.

Yo había permitido su miedo antes. La rabia era más incómoda. Parecía exigir un culpable, y mi cuerpo se ofrecía demasiado deprisa.

—Yo también estoy enfadada contigo —dije—. Por mirarme cuando como. Por colocar cojines. Por tener un taller al que volver.

—Ese último no depende de mí.

—Lo sé. La envidia no necesita coherencia.

Daniel pasó el pulgar por el dorso de mi mano.

—También estoy enfadada con mi padre por estar sano a los setenta y nueve. Con Elena por poder hacer planes en febrero. Con Fina porque abrirá la tienda dentro de diez años aunque asegure cada semana que va a jubilarse.

—Eso último no está demostrado.

—Nada está demostrado. Ese es el problema.

Nos quedamos callados. Decir la rabia no la convirtió en crueldad ni nos obligó a defendernos. Daniel no pidió perdón por el taller. Yo no pedí perdón por envidiarlo. Había emociones que podían pasar por la habitación sin recibir alojamiento permanente.

—Ahora puedes leer tu catálogo —dije.

—Gracias por el permiso.

—No era un permiso.

—Tu evolución tampoco es lineal.

Le di un beso en la camisa y volví a mi lado de la cama.

Durante media hora leímos: él un catálogo de motores, yo mi propio cuaderno, que era una experiencia parecida a encontrarse con una compañera de trabajo en pijama.

Cada pocos minutos alguno levantaba la vista, no para comprobar al otro, sino para compartir una frase o escuchar la lluvia.

La diferencia era pequeña y los dos sabíamos reconocerla.

En una página de septiembre había escrito: Daniel sabe permanecer en silencio.

Se la enseñé.

—Me idealizabas.

—Todavía puedo corregirlo.

—Añade que sé arreglar ventanas.

—No la has arreglado.

—Porque me has prohibido tocarla.

—Eso mejora mucho el capítulo.

Cuando la lluvia se hizo más fuerte, el ruido llenó la habitación. Daniel volvió a mirar el cierre. Yo también. El silbido era molesto, pero no entraba agua.

—Déjalo —dije.

Guardó el destornillador, cerró la caja y la llevó al pasillo. Regresó sin nada en las manos. Se sentó junto a mí, en el borde ancho de la cama, y miró la ventana.

Al principio esperé que hablara. Después sentí la tentación de hacerlo yo. Tenía preguntas disponibles, comentarios sobre el tiempo, una historia de Aurora que podía rescatar. No usé ninguno.

Daniel tampoco.

Nos quedamos escuchando la lluvia. Al cabo de un rato apoyé la mano sobre la suya. Sus dedos se movieron para recibirla y luego permanecieron quietos.

No habíamos arreglado nada.

La ventana siguió silbando toda la noche.