Capítulo 21. Lo que no se puede arreglar
Daniel empezó a colocarme los cojines como si estuviera nivelando un casco.
Primero uno detrás de la espalda. Después otro bajo las rodillas.
Luego retiraba el primero porque, según él, me obligaba a inclinar el cuello.
Si yo me movía, aparecía un tercero. Habíamos llegado a tener cinco cojines distintos en la cama, cada uno con una función y una posición que solo Daniel entendía.
—Este es el de la cadera —me explicó el diez de diciembre.
—Todos mis cojines han vivido sin especialidad hasta conocerte.
—Ayer dijiste que así te dolía menos.
—Ayer tenía menos ganas de discutir.
Tomó mi respuesta como un dato técnico y bajó un poco el respaldo. Yo pulsé el mando para volver a subirlo. Daniel me quitó una arruga de la sábana. Después miró el reloj.
—Te toca la medicación en diez minutos.
—Lo sé.
—¿Quieres que la prepare?
—Ya está preparada.
—Falta agua.
—Hay una botella.
—Está casi vacía.
—Daniel.
Se detuvo con la botella en la mano. Afuera llovía desde el amanecer, una lluvia fina y obstinada que hacía brillar los adoquines.
El taller permanecía cerrado porque tenía previsto arreglar el cierre de la ventana del salón.
El cierre funcionaba. Emitía un pequeño silbido cuando soplaba viento del este, sonido que Daniel había elevado a emergencia doméstica.
Durante unos días, después de la noche que pasó con Alba, había recuperado sus horarios.
Luego yo tuve dos mañanas difíciles y él volvió a instalarse en casa.
No lo decidió en voz alta. Simplemente trajo una muda, empezó a responder llamadas del taller desde mi cocina y convirtió cada movimiento mío en una señal que debía interpretar.
Al principio agradecí que estuviera. Después agradecí algunas cosas y empecé a irritarme con todas.
La vigilancia se había construido con gestos razonables.
Una noche me desperté desorientada y Daniel encendió la lámpara antes de que yo encontrara el interruptor.
A la siguiente la dejó encendida toda la noche, por si ocurría otra vez.
Cuando le dije que no podía dormir, compró una bombilla más tenue. No se le ocurrió apagarla.
Otro día tuve náuseas después del desayuno.
Desde entonces olía la leche antes de servírmela, comprobaba la fecha y preguntaba tres veces si seguía apeteciéndome.
Si rechazaba la taza, anotaba que no había tomado café.
Si la aceptaba, observaba cuánto quedaba.
Yo respondía exagerando la normalidad: bebía un sorbo más del que quería, hablaba de cualquier cosa y esperaba a estar sola para admitir el cansancio.
Los dos colaborábamos en el sistema. Él buscaba señales porque temía no verlas; yo las escondía porque temía convertirme solo en ellas. Cuanto más disimulaba, más vigilaba. Cuanto más vigilaba, más brillante se volvía mi actuación.
La noche anterior a la discusión, Daniel se levantó cuatro veces. La primera para comprobar si yo necesitaba agua. La segunda porque Menta había saltado sobre la cama y creyó que el ruido era mío. La tercera no dio explicación. En la cuarta lo encontré de pie junto a la ventana.
—¿Qué haces?
—Miraba si llovía.
—Son las cuatro.
—Puede llover a las cuatro.
—La meteorología no necesita supervisión domiciliaria.
Volvió al sofá. Yo permanecí despierta, enfadada con él por no dormir y conmigo porque, en el fondo, me tranquilizaba saber que estaba allí. Por la mañana ninguno mencionó la escena. Él preparó los cojines. Yo convertí el miedo en sarcasmo. El mecanismo siguió funcionando hasta que dejó de hacerlo.
—La ventana puede esperar —dije.
—Entra humedad.
—Vivimos a cincuenta metros del mar. La humedad tiene llaves.
—Tardará media hora.
—Ve al taller.
—Hoy no tengo nada urgente.
—Ayer dijiste que debías terminar una bancada.
—La termino mañana.
—El club debería intervenir. Estás aplazando.
Daniel dejó la botella en la mesa con más fuerza de la necesaria.
—No todo tiene que ser un chiste.
—No era un chiste. Fina dispone de formularios.
—Eso sí era un chiste.
Me dio la medicación cuando llegó la hora. La tomé bajo su mirada y después abrí el cuaderno. Había revisado dos párrafos cuando Daniel se acercó a subir la persiana unos centímetros.
—La luz te da en los ojos —dijo.
—La había bajado yo.
—Pensé que querías ver el mar.
—Si quisiera verlo, subiría la persiana.
Volvió a bajarla. Demasiado. Tiré de la cinta y la dejé a media altura.
—Así —dije.
—De acuerdo.
Retomé el párrafo. Daniel abrió la caja de herramientas junto a la ventana. Eligió un destornillador. Probó el cierre. El silbido continuó.
—¿Puedes hacerlo más tarde?
—Has dicho que fuera al taller.
—Y has decidido quedarte a hacer ruido.
—Estoy intentando que no entre aire.
—No tengo frío.
—Anoche sí.
—Anoche tenía frío. Hoy no.
Daniel soltó el cierre. Se volvió hacia mí.
—¿Qué quieres que haga?
La pregunta no era nueva. La había pronunciado la primera vez que le hablé de la enfermedad. Entonces me pareció perfecta: abierta, respetuosa, sin promesas. Aquel día sonó como una acusación, quizá porque no había una respuesta que pudiera conservarlo cerca sin sentirme observada.
—Quiero que dejes de tratarme como una lista de problemas.
—No hago eso.
—Controlas la hora, el agua, los cojines, la luz, las ventanas. Has apuntado en una libreta cuánto he comido.
—Teresa preguntó.
—Teresa necesita información. Tú has dibujado una tabla.
—Porque ayer no te acordabas de qué habías tomado.
—Para eso está el pastillero.
—El pastillero seguía lleno a las cuatro.
La rabia me subió con una velocidad que el cuerpo ya no podía sostener. Me incorporé más de lo que debía.
—No soy otra barca, Daniel.
Él quedó inmóvil.
—No puedes lijarme, cambiarme una tabla y comprobar cada junta hasta que vuelva a funcionar. No hay una reparación escondida que todos los médicos hayan pasado por alto.
—Sé que no la hay.
—Pues deja las herramientas.
—No estoy intentando curarte.
—Estás intentando impedir cualquier cosa que pueda empeorar, como si vigilarme lo bastante fuera a evitarlo.
—Y tú estás intentando impedir que yo vea nada.
La frase cortó mi siguiente respuesta.
Daniel cerró la caja, pero no se marchó.
—Si te pregunto cómo estás, dices una frase brillante. Si te duele, me das una tarea. Trae agua, baja la persiana, llama a Elena, vete al taller. Y si me siento a tu lado sin hacer nada, buscas un chiste o me preguntas por una factura.
—¿Prefieres que lloremos todo el día?
—Prefiero poder estar contigo aunque no me entretengas.
—No intento entretenerte.
—Intentas dirigirme.
—Tú has movido tres veces el mismo cojín.
—Porque no sé qué demonios hacer.
Alzó la voz por primera vez. Menta saltó de la cama y se refugió detrás del sofá. Pimienta apareció debajo de la mesa, atraída por la posibilidad de que alguna emoción fuerte produjera objetos pequeños en el suelo.
Daniel se pasó las manos por la cara.
—No sé qué hacer cuando te duele y la medicación tarda. No sé qué hacer cuando duermes quince horas. No sé si debo despertarte, dejarte, llamar, esperar. Sé que tenemos pautas y teléfonos. Los conozco. Pero sigo estando aquí mientras ocurre y no sé cómo estar.
El cansancio llegó detrás de mi ira y me dejó sin aire suficiente para defenderme. Bajé el respaldo un poco. Esta vez Daniel no intervino.
—Yo tampoco sé —dije.
—No lo parece.
—Porque doy órdenes.
—Sí.
—Y hago chistes.
—También.
—Son recursos de eficacia demostrada.
Daniel abrió la boca. Yo levanté una mano.
—Ese era el último. De momento.
Se sentó en la silla junto a la cama. Entre nosotros quedó la caja de herramientas. La lluvia golpeaba el cristal con un sonido menudo. El cierre silbaba cada vez que el viento cambiaba.
—Cuando estaba en la agencia —dije—, si una reunión iba mal, yo resumía. Tres problemas, cuatro acciones, una fecha. Todo el mundo salía pensando que había ocurrido algo útil. Incluso cuando no sabíamos qué estábamos haciendo.
—Lo sigues haciendo.
—Claro. Me pagaron durante treinta años por perfeccionarlo.
—No quiero ser una acción pendiente.
—Y yo no quiero que me mires como si estuvieras esperando que me rompa.
—A veces tengo miedo de que ocurra mientras no miro.
—Ocurren cosas aunque mires.
—Ya lo sé.
No había una frase exacta que resolviera la diferencia entre saber algo y soportarlo. Miré la caja.
—¿La Aurora hacía ruidos cuando volvió al agua?
—Muchos.
—¿Y cómo sabías cuáles importaban?
—Algunos los conocía. Otros tuve que aprenderlos.
—¿Escuchabas todos?
—Los primeros días, sí.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que parte de navegar es oír cómo cruje sin correr a puerto.
—Eso ha sonado peligrosamente metafórico para alguien que se queja de mis chistes.
Daniel sonrió apenas.
—No significa que tú seas una barca.
—Bien.
—Las barcas son más sencillas.
Le tiré el cojín de la cadera. No llegó hasta él. Cayó a medio metro de la cama y Pimienta se lanzó encima, convencida de que la discusión había sido organizada para su beneficio.
El esfuerzo me produjo una punzada. Cerré los ojos y apoyé la mano sobre el abdomen.
Daniel se inclinó, pero no me tocó.
—¿Qué necesitas?
—Esperar un momento.
Esperó.
No miró el reloj. No cogió la libreta. Cuando el dolor bajó, se lo dije.
—Agua, ahora.
Llenó el vaso y me lo dio. No más.
—Podemos acordar cosas —dije después—. La medicación se apunta porque a veces me confundo. Pero no necesito un informe de lo que como salvo que lo pida el equipo. Los cojines me los ofreces una vez. La persiana la decido yo mientras pueda.
—De acuerdo.
—Si no puedes dormir, me lo dices. No finges que estás cómodo en el sofá.
—De acuerdo.
—Y vas al taller.
—Eso no pertenece al protocolo de tus cuidados.
—Pertenece al protocolo de mi convivencia.
—Dos mañanas a la semana, aunque esté preocupado.
—Tres.
—Dos y media.
—No sé cómo trabajas media mañana.
—Es una cuestión laboral.