Capítulo 20. La habitación con vistas #2
Daniel pasaba cada vez más tiempo en casa.
Al principio mantuvo los horarios del taller.
Después empezó a llegar antes del desayuno y marcharse al anochecer.
Más tarde, algunos días no iba. Dormía en el sofá junto a la cama o se llevaba un colchón fino al cuarto de Aurora.
Si yo despertaba a las tres, él también abría los ojos.
No me vigilaba de forma abierta. Simplemente estaba siempre a una distancia desde la que podía hacerlo.
Una tarde lo encontré leyendo correos del taller en el teléfono. Había rechazado dos encargos y pospuesto otro. Alba le enviaba mensajes sobre facturas pendientes.
—¿Cuándo fuiste por última vez? —pregunté.
—Ayer.
—Ayer cruzaste la calle para buscar una llave.
—Estuve un rato.
—Ve mañana.
—Mañana viene Teresa.
—Teresa viene a verme a mí. Tú no eres parte del instrumental.
Daniel dejó el teléfono.
—No me apetece ir.
—¿No te apetece o te da miedo no estar?
—Las dos cosas.
—Alba llega el viernes, ¿verdad?
—Sí.
—Pasa la noche con ella. En tu casa, en Valencia, donde queráis. Cenad, discutid sobre vertidos y vuelve al taller el sábado.
—No puedes pedirme que me vaya para demostrar que tengo vida propia.
—No te estoy poniendo un examen.
—Suena bastante parecido.
Me cansé antes de encontrar la respuesta exacta. Cerré los ojos y respiré. Daniel esperó. El antiguo impulso habría sido decir haz lo que quieras y convertir el desacuerdo en una retirada. Probé otra cosa.
—Me asusta ser todo lo que haces —dije—. Y me asusta que salgas por esa puerta y ocurra algo. Las dos cosas son verdad.
Daniel se sentó en el borde de la cama.
—A mí me asusta irme.
—Lo sé.
—Y no quiero que organices mi agenda como hiciste con las cartas.
—También lo sé.
—Pero echo de menos el taller.
—Eso intentaba decir sin admitir que tengo miedo.
Tomó mi mano.
—Iré el viernes con Alba. Dormiremos en mi casa. El sábado trabajo por la mañana. Si tú estás de acuerdo y Elena se queda.
—Elena ya se queda los viernes.
—Lo habías organizado.
—Solo una parte.
El viernes amaneció como día HOY NO . Había dormido mal y Teresa ajustó una dosis después de hablar con el médico. A mediodía estaba más cómoda, pero agotada. Daniel quiso cancelar.
—Tu hija está en el tren —le recordé.
—Puede venir aquí.
—No. Hoy no.
—Puedo cenar con ella y volver.
Miré la tarjeta de la puerta.
—Hoy no también se aplica a ti durante unas horas.
La frase le dolió. Lo vi y no la retiré, pero añadí:
—No porque no te quiera aquí. Porque quiero que esta casa no se coma todo lo demás.
Elena llegó a las cinco con su ordenador y una bolsa pequeña. Daniel le explicó las pautas que ella ya conocía, comprobó el teléfono del equipo y dejó agua en dos lugares distintos. Yo soporté los preparativos sin burlarme hasta que intentó enseñarle a Elena cómo elevar el respaldo de la cama.
—Fui yo quien leyó el manual —dijo ella.
—Solo era por si…
—Vete, Daniel.
Alba tocó el claxon desde la calle. Él me besó despacio.
—Te llamo luego.
—Mándame una foto de lo que cenéis.
—Eso contradice tu defensa de mi identidad independiente.
—Mi evolución no es lineal.
Cuando se marchó, la casa quedó demasiado grande pese a que Elena estaba en la mesa y las gatas ocupaban dos sillas. La ausencia de Daniel tenía sonidos: el motor de un coche que no era el suyo, el crujido del sofá vacío, el teléfono sin mensajes durante cuarenta minutos.
—Puedes llamarlo —dijo Elena.
—No quiero.
—Eso no demuestra nada.
—En esta familia nadie respeta una conducta contradictoria durante más de un minuto.
Cenamos tortilla fría. Vi media película y tuve que dejarla porque no seguía el argumento.
A las diez, Daniel envió una fotografía.
Alba y él estaban en el bar del puerto, delante de dos platos de calamares.
Daniel sonreía con la boca llena. Detrás se veía a Tomás haciendo una señal obscena a la cámara.
Escribí: La independencia te sienta mal en las fotos.
Dejó un corazón. No llamó.
Me desperté dos veces aquella noche. La primera necesité ayuda para ir al baño y Elena me acompañó.
La segunda fue solo por el dolor. Tomé lo pautado, esperamos a que bajara y llamamos al equipo cuando tardó más de lo acordado.
Nos orientaron, comprobaron por teléfono cómo evolucionaba y concertaron una visita por la mañana.
No pronuncié el nombre de Daniel. Él no era el tratamiento que faltaba.
A las nueve, mientras Teresa me exploraba, llegó desde dos calles más abajo el estrépito de la persiana metálica del taller. Después oí el sonido de una sierra.
No lo interpreté como abandono.
Daniel regresó a las doce y media con serrín en el pelo y una pequeña herida en un nudillo. Se quedó en la puerta hasta que Elena le indicó que podía entrar. La tarjeta seguía diciendo HOY NO .
—Para ti hice una excepción administrativa —dije.
—Puedo volver luego.
—Ya has vuelto luego.
Dejó el abrigo, pero no preguntó inmediatamente por la visita.
Primero me contó que había terminado la bancada, que un cliente había recogido una puerta y que Alba había encontrado a una gestora dispuesta a enfrentarse a sus facturas.
Eran noticias del mundo al otro lado de la ventana, no distracciones diseñadas para animarme.
Después preguntó cómo estaba. Se lo dije: la noche había sido irregular, Teresa estaba ajustando la pauta y en aquel momento el dolor permitía hablar. Daniel escuchó sin mirar a Elena para confirmar la versión.
—¿Quieres que me quede? —preguntó.
—Sí. Pero abre el taller mañana también.
—Eso suena a condición.
—Suena a deseo expresado con firmeza.
Se sentó junto a la cama. Olía a madera húmeda y a la calle fría. No trajo el taller entero consigo; solo unas horas vividas fuera de mi habitación.
Me incorporé con el mando de la cama hasta que apareció el mar entre los tejados. En el cristal se reflejaban Menta, Elena con el pelo sin peinar y mi propia cara más delgada sobre la almohada.
La casa se había vuelto pequeña, pero el mundo seguía entrando por la ventana.