Capítulo 20. La habitación con vistas
La cama llegó al salón el dos de diciembre y necesitó desmontar una puerta para entrar.
—Esto confirma mis objeciones —dije desde el sofá.
—Confirma que la puerta es estrecha —respondió Teresa.
—Una cama que obliga a modificar la arquitectura no es mobiliario. Es una ocupación.
Dos hombres del servicio de ayudas técnicas maniobraban en el pasillo mientras Daniel retiraba las bisagras.
Elena había apartado la mesa y protegido con mantas el aparador de Aurora.
Las gatas observaban desde la escalera del patio, fascinadas por la llegada de una superficie nueva que todavía nadie les había prohibido.
La cama no era tan terrible como yo había imaginado y era peor.
Tenía un motor para elevar el respaldo, barandillas laterales desmontables y ruedas grandes.
Teresa había explicado que me permitiría cambiar de postura, descansar con menos presión y levantarme con ayuda sin gastar tanta energía.
Yo había escuchado. También había pasado dos días llamándola el artefacto para evitar la palabra cama.
—No la quiero en el dormitorio —dije.
—Por eso va al salón —respondió Elena.
La habitación de Aurora quedaba escaleras arriba, al final de un pasillo estrecho.
Desde el escritorio se veía una franja de mar entre dos tejados, pero la cama permanecía en el rincón más oscuro.
En las últimas semanas, subir hasta allí se había convertido en una excursión.
El salón tenía el baño más cerca y dos ventanas grandes hacia la calle y el mar.
Mover la cama no significaba que fuera a permanecer tumbada todo el día.
Significaba que, cuando necesitara estarlo, no tendría que desaparecer de la vida de la casa.
Comprendía todos los argumentos. Los odiaba por ser buenos.
Cuando los hombres terminaron, Daniel volvió a colocar la puerta. Elena extendió mis sábanas blancas y el chal amarillo a los pies. Yo pulsé el mando. El respaldo se elevó con un zumbido.
—Tiene potencial —admití.
—¿Para descansar? —preguntó Teresa.
—Para expulsar visitas. Puedo fingir que pierdo el control y aplastarlas contra la pared.
Uno de los instaladores dejó de sonreír. El otro me explicó por tercera vez dónde estaba el freno.
Menta saltó a la cama en cuanto se cerró la puerta. Caminó sobre el colchón, olfateó la almohada y se instaló en el centro exacto. Pimienta se escondió debajo y atacó un cable. Daniel tuvo que colocar una funda protectora antes de que la tecnología paliativa durara menos que la persiana.
Me acosté para probarla. Desde allí veía el marco azul de la ventana, una porción de cielo y las macetas del balcón de enfrente.
Si elevaba un poco más el respaldo, aparecía el mar entre la panadería y una casa de tres plantas.
La vista no era magnífica. Incluía antenas, tendederos y a un vecino que fumaba en camiseta interior. Era mi calle.
Durante los primeros días, la cama atrajo visitas como una inauguración.
Mi padre llegó con naranjas, mandarinas y un cojín que según él evitaba dolores cervicales aunque tenía la dureza de una baldosa.
Bea vino desde Madrid con dos juegos de sábanas, una lámpara regulable y el propósito declarado de no hacer nada, propósito que mantuvo durante nueve minutos. El club desfiló con comida.
Nati llevó dos litros de caldo de pollo.
Chelo, caldo de pescado.
Fina, caldo de verduras y una libreta para anotar quién había traído cada recipiente.
Roque apareció con lentejas porque consideraba que tanto caldo era una rendición.
Sara y Andrés dejaron tortilla, croquetas y arroz con leche. Leandro reparó una pata de la mesita sin que nadie se lo pidiera. Tomás trajo una radio pequeña para que pudiera escuchar música, aunque el teléfono hacía lo mismo y ocupaba menos espacio.
La nevera se llenó de recipientes sin nombre. Elena creó etiquetas. Fina revisó las etiquetas y añadió fechas. Mi padre se ofendió porque sus mandarinas no figuraban en el inventario.
—La fruta no necesita trazabilidad —dijo.
—Todo lo que entra necesita una fecha —respondió Elena.
—Las recogieron ayer.
—¿A qué hora?
—No sé, Elena. El árbol no ficha.
Yo observaba desde la cama mientras mi casa se convertía en un centro logístico de alimentos que no me apetecían. El olor mezclado de caldos empezó a producirme náuseas.
—Todos fuera —dije.
Nadie me oyó porque Bea discutía con Fina sobre la mejor forma de congelar croquetas.
—¡Fuera!
El silencio llegó por capas. Mi padre fue el último en callarse.
—No puedo con tantas personas —expliqué—. Ni con tantos olores. Os quiero mucho, pero ahora mismo el amor huele a cebolla cocida.
Bea abrió una ventana. Elena empezó a recoger recipientes. Fina dijo que ella podía repartirlos entre familias necesitadas y Roque defendió sus lentejas como si yo hubiese insultado a su madre.
Teresa, que había llegado a mitad del caos, me preguntó cuánto tiempo de visita toleraba en un día bueno, uno regular y uno malo.
—No lo sé hasta que ocurre.
—Entonces necesitas una manera de cambiar de opinión sin dar explicaciones largas.
Las tarjetas fueron idea de Elena, pero Bea se atribuyó la dirección artística. Cortaron tres cartulinas y discutieron veinte minutos sobre los colores hasta que prohibí cualquier sistema parecido a un semáforo. Al final quedaron blancas, con letras negras grandes:
HOY SÍ
HOY POCO
HOY NO
Colgamos una funda transparente en la puerta.
Cada mañana elegía una tarjeta. Hoy poco significaba una visita breve, una o dos personas y el derecho a terminarla sin inventar una excusa.
Hoy no no admitía entregas presenciales: podían dejar una bolsa, llamar a Elena o mandar un mensaje. Hoy sí tampoco significaba barra libre.
Fina necesitó instrucciones adicionales.
—Si pone hoy no, ¿puedo llamar para preguntar si mañana sí?
—No.
—¿Y dejar pescado?
—Sí, pero sin entrar.
—¿Y si se estropea?
—No dejes pescado.
—Entonces la tarjeta limita también la alimentación.
—Ese es su mayor logro.
El sistema funcionó mejor de lo que esperaba.
La primera vez que puse HOY NO , oí pasos detenerse al otro lado.
Alguien dejó una bolsa y se marchó. Dentro había dos revistas, una nota de Chelo y un limón.
No supe qué relación unía las tres cosas, pero agradecí no tener que averiguarlo en conversación.
Ese día no abrí la puerta hasta el anochecer.
Desde la cama vi la calle en fragmentos.
A las once, el repartidor dejó cajas en El Faro y Fina discutió porque una venía húmeda.
Al mediodía, tres niños salieron del colegio corriendo detrás de un balón y uno chocó contra la maceta del vecino.
A las dos cerraron casi todas las persianas; a las cuatro volvieron a levantarse.
El pueblo tenía horarios que yo no había notado mientras podía atravesarlo.
Daniel fue al taller. Elena trabajó en la mesa con auriculares.
Durante una hora nadie me preguntó cómo estaba.
Dormí, leí dos páginas y escuché una conversación en la acera sobre el precio de las gambas.
La tarjeta no había detenido la vida ni me había aislado.
Solo había bajado el volumen hasta que podía recibirla.
A las seis cambié HOY NO por HOY POCO . Fina cruzó antes de que Elena regresara a la cama.
—Casualmente estaba mirando —dijo.
—Casualmente estabas esperando.
Entró con una bolsa de pan y se sentó sin quitarse el abrigo. Le expliqué que poco significaba diez minutos. Fina consultó el reloj y utilizó nueve para contarme que un proveedor había confundido puerros con cebolletas. En el último minuto guardó silencio.
—¿No tienes nada más? —pregunté.
—Sí, pero ya no cabe.
Se levantó y se marchó. Agradecí más aquel minuto respetado que la bolsa de pan. La tarjeta no obligaba a los demás a acertar siempre; les daba una forma concreta de aprender.
Los días se hicieron más pequeños. La medicación mantenía el dolor en un nivel que me permitía leer y hablar, aunque necesitaba dosis adicionales en algunos momentos.
Las náuseas variaban. Teresa y el médico del equipo ajustaban pautas, preguntaban por el sueño, el tránsito, la boca seca, la capacidad de beber.
Ninguna visita consistía en esperar. Había decisiones activas, cambios, llamadas y una atención minuciosa a detalles que en otra época me habrían parecido indignos de narración.
Yo seguía escribiendo.
Daniel trasladó el escritorio hasta una esquina del salón, cerca de la cama.
En los días buenos me sentaba delante durante media hora.
En los otros, Elena me acercaba el cuaderno sobre una bandeja.
A veces revisaba tres páginas y me dormía con la pluma en la mano.
Menta aprendió a colocarse sobre mis piernas sin tocar el lugar dolorido.
Pimienta no aprendió nada y seguía considerando la cinta un enemigo personal.
El Club de las Cosas Aplazadas celebró su reunión de diciembre en mi casa, pero yo participé desde el sofá y con la tarjeta HOY POCO colocada como amenaza.
Entraron de cuatro en cuatro. Nati había usado la sopera buena un martes cualquiera.
Tomás cantó en el cumpleaños de su hermana.
Roque habló por teléfono con su hermano tres domingos seguidos y ya habían vuelto a discutir por la higuera, lo que interpretamos como una normalización del vínculo.
—Nos toca elegir cosas nuevas —dijo Fina.
—No es una competición —respondí.
—Si no seguimos, esto se convierte en una reunión para contar lo que ya hicimos.
—Eso se llama una conversación.
—Necesita más estructura.
Les propuse que, durante ese mes, no aplazaran descansar. Fina consideró que no era una actividad verificable. Chelo la obligó a cerrar El Faro dos horas un miércoles y la llevó a merendar. El club prosperaba a pesar de su fundadora involuntaria y, en algunos aspectos, contra ella.