Capítulo 19. El último baño #2
Respiré despacio. Daniel retiró parte del apoyo, pero mantuvo una mano bajo mi nuca. Elena estaba cerca, con el agua por la cintura y una expresión de martirio térmico.
—No estás flotando tú —le dije.
—Alguien tiene que conservar sensibilidad en las extremidades.
Una mata de algas rozó mi pierna. Di un respingo, perdí la postura y agarré a Daniel del cuello.
—Algo me ha tocado.
—Un alga.
—No puedes saberlo.
—La he visto.
—Podría haber algo debajo utilizándola como disfraz.
Elena empezó a reír. Yo también. Al incorporarme, la tira del bañador cedió y un lado del escote bajó más de lo previsto.
—Se te ha… —dijo ella.
—Ya lo sé.
Daniel miró hacia el horizonte con una corrección tardía.
—No es la primera vez que me ves un pecho.
—He considerado que el contexto requería protocolo.
—Sujeta esto.
Daniel sostuvo la tira mientras Elena intentaba hacer un nudo con los dedos entumecidos.
La operación fue tan torpe que volvimos a reír.
Durante unos segundos tuve diecisiete años, cincuenta y dos y ninguna edad concreta.
Era una mujer medio desnuda en el mar de noviembre, atacada por vegetación inocente y traicionada por un elástico.
Después la risa se apagó. Me quedé entre ellos, con el agua a la altura del pecho. El frío empezaba a llegar más adentro y el esfuerzo de respirar se hacía visible.
—Salimos —dijo Daniel.
Asentí.
No discutí. Aquello también era parte de elegir el baño: aceptar cuándo terminaba.
El regreso hasta la orilla pareció más largo. Al desaparecer la flotación, las piernas recuperaron de golpe el peso. Daniel me sujetó por la cintura. Elena tomó mi mano. Una ola pequeña nos golpeó detrás de las rodillas y casi nos sentamos los tres en el agua.
—Operativo impecable —murmuré.
—Cállate y pisa —dijo Elena.
Alcanzamos la silla. Me envolvieron en la toalla roja y después en otra más pequeña.
Daniel secó mis pies; Elena me puso el jersey por la cabeza cuando aún llevaba el bañador mojado.
Nos habíamos preparado para cambiarme por completo, pero el viento convirtió la dignidad en un lujo.
Terminé con tres capas de ropa mal colocadas, el pantalón pegado a las piernas y una manta sobre los hombros.
Bebí té tibio. Me temblaban las manos.
—¿Te encuentras mal? —preguntó Elena.
—Tengo frío.
—¿Mareo?
—No.
—¿Dolor?
—El de antes.
Daniel se sentó en la arena frente a mí. Tenía el pantalón mojado hasta la cintura y pequeños trozos de alga pegados a la manga. Yo miré el mar. Ya no quería volver a entrar. Tampoco necesitaba prolongar el momento para justificarlo.
—Tengo miedo —dije.
Elena apretó el termo. Daniel no preguntó de qué.
—Tengo miedo de morir.
La frase no abrió el cielo ni detuvo a la mujer del perro. Una ola alcanzó una zapatilla de Elena y ella la retiró tarde. El té seguía sabiendo demasiado a canela.
Había pronunciado otras veces palabras parecidas, casi siempre rodeadas de argumentos. No quiero morir sin ser yo. No quiero pasar el tiempo que tengo de cierta manera. Aquella vez no había tesis ni decisión que defender. Solo miedo.
—Yo también tengo miedo —dijo Daniel.
No añadió que estaría conmigo hasta el final. No prometió que no dolería ni que todo sería sereno. Se limitó a mirar el mismo mar.
Elena se agachó junto a la silla.
—Yo también —dijo.
Nadie me pidió que los tranquilizara. Nadie transformó el miedo en una tarea. Nos quedamos allí unos minutos, respirando el aire salado y comprobando que decirlo no lo había hecho más grande. Tampoco más pequeño. Solo había dejado de ocupar habitaciones separadas.
Volvimos a casa en el coche de Elena, aunque estaba aparcado a una distancia que en agosto habría considerado ridícula. Daniel encendió la calefacción al máximo. La toalla roja empapó el asiento. Menta y Pimienta nos recibieron ofendidas por el olor a mar.
Elena calentó caldo. Daniel tendió la ropa mojada en el patio.
Yo me acosté y dormí tres horas. Cuando desperté, el cielo estaba oscuro y el cuerpo entero me dolía como después de un viaje demasiado largo.
No me arrepentí. Tampoco sentí una revelación.
Había entrado en el agua, me había reído y había salido a tiempo.
Daniel se tumbó a mi lado vestido. Le conté que, de niña, Aurora nos obligaba a esperar dos horas después de comer antes de bañarnos porque creía que el mar llevaba un reloj. Él me habló de la primera vez que Alba vio una medusa y se negó a volver a la playa durante un verano entero.
Elena entró con la toalla roja doblada sobre los brazos. Seguía húmeda y había dejado pelusas en toda la casa.
—Esto pesa cuatro kilos —dijo—. Aurora debía de usarla como manta.
—La compró en un mercadillo cuando yo tenía doce años. Ya era áspera entonces.
—¿Dónde la tiendo?
Daniel sugirió el patio. Elena dijo que llovería de madrugada. Consultaron dos aplicaciones con pronósticos distintos. Mientras discutían, Menta se acomodó sobre la toalla mojada y dejó claro que la decisión había sido tomada.
—No pienso lavarla otra vez —dijo Elena.
—Es agua de mar —respondí—. Aporta carácter.
Mi hermana se sentó a los pies de la cama.
—¿Te ha merecido la pena?
—No hagas una encuesta de satisfacción.
—No lo digo por el esfuerzo. Bueno, sí. También.
Pensé en el camino de ida, en la tira rota, en el frío y en el miedo dicho en voz alta.
—Ha sido un baño —respondí—. Uno bueno y bastante ridículo.
Elena asintió. La respuesta no necesitaba más utilidad. Sacó una pelusa roja de la colcha y dejó la toalla bajo Menta.
—¿Crees que habrá sido el último? —preguntó.
Sabía a qué se refería. Miré la ropa colgada detrás del cristal, el bañador azul con la tira anudada.
—No lo sé.
Podía haber convertido aquella duda en una promesa o en una sentencia. No hice ninguna de las dos cosas.
—Si vuelve a hacer calor —dije—, compraremos un bañador nuevo.
Daniel asintió.
La toalla roja tardó dos días en secarse.