Los días que todavía son míos Capítulo 19. El último baño
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Capítulo 19. El último baño

El dieciséis de noviembre, a las once de la mañana, decidí bañarme en el mar porque el agua estaba a dieciocho grados y yo había perdido parte del sentido común.

La idea no fue repentina. Llevaba varios días mirando la playa desde el final de la calle.

El otoño había vaciado las sombrillas y dejado al descubierto la forma real de la bahía: una curva pequeña, con restos de algas en la orilla, arena húmeda y dos pescadores que parecían llevar allí desde la fundación del pueblo.

Cada vez que pasábamos, yo pensaba en el vestido amarillo, en el verano, en la lista que había escrito al llegar.

Bañarme de madrugada figuraba entre planes más razonables como comer sin contar calorías y volver a escribir.

La madrugada había dejado de ser una opción. A las seis, el frío y mi equilibrio mantenían una alianza contraria. Pero el mar seguía allí al mediodía.

Se lo conté a Teresa durante su visita.

—Quiero meterme en el agua —dije.

—¿Hoy?

—Mañana, si el tiempo sigue bien.

Teresa no respondió con entusiasmo ni con una prohibición. Me preguntó cuánto podía caminar, si había tenido mareos, cómo estaba el dolor y qué imaginaba exactamente cuando decía meterme .

—Entrar, flotar un rato y salir.

—¿Sola?

—No soy idiota.

—Son categorías distintas. Las personas inteligentes también hacen cosas solas por no pedir ayuda.

Me ayudó a pensar en una entrada accesible, ropa seca preparada, algo caliente al volver y un plan sencillo si me cansaba antes de alcanzar el agua. No necesitaba una autorización médica para tocar el Mediterráneo. Necesitaba no convertir el deseo en una prueba que mi cuerpo tuviera que aprobar.

—Y si mañana no es buen día, se cambia —dijo.

—De acuerdo.

—No pongas esa cara. Cambiar un plan no le quita verdad.

Llamé a Daniel y a Elena. Los dos reaccionaron de acuerdo con su carácter.

—¿A qué hora? —preguntó Daniel.

—¿En noviembre? —preguntó Elena.

Después intercambiaron papeles. Daniel quiso saber si Teresa lo consideraba prudente y Elena empezó a buscar la playa con la rampa más corta.

A las ocho de la tarde habían creado un operativo que incluía dos termos, una silla plegable, calcetines antideslizantes y la toalla roja de Aurora, enorme y áspera, que había sobrevivido a décadas de lavados.

—Voy a bañarme, no a cruzar el estrecho —dije.

—El estrecho está más caliente —respondió Daniel.

—No es verdad —dijo Elena.

—Era una forma de hablar.

—Pues habla con datos.

Tuve que expulsarlos de la cocina antes de que elaboraran un mapa de corrientes.

A la mañana siguiente me desperté cansada.

No era una fatiga espectacular. Era peor para los planes: una densidad repartida por todo el cuerpo, como si los huesos hubieran absorbido humedad durante la noche.

Permanecí tumbada y escuché a Menta ronronear junto a mi hombro.

El impulso antiguo fue levantarme antes de comprobar nada, vestirme y demostrar que lo anunciado se cumplía.

En vez de eso llamé a Teresa.

Le describí cómo estaba. Me hizo preguntas concretas.

El dolor respondía a la pauta, no tenía fiebre ni mareo, había bebido y podía caminar dentro de casa.

Acordamos que desayunaría, descansaría y decidiría más tarde.

No hubo una voz experta diciendo adelante, vive .

Solo una profesional ayudándome a distinguir el cansancio manejable de una señal que exigiera cambiar el día.

A las diez comí yogur y un trozo de plátano.

Me duché sentada, lo cual habría parecido un gasto absurdo antes de ir a mojarme otra vez, pero el agua caliente aflojó la espalda.

Elena me ayudó con el bañador. Era azul oscuro, de una pieza, con una tira en el escote que llevaba años cediendo poco a poco a la gravedad.

—Este bañador está dado de sí —dijo.

—Somos contemporáneos.

—Te he traído otro.

—No voy a estrenar un bañador en noviembre.

—¿Cuándo piensas estrenarlo?

La pregunta quedó suspendida. Elena cerró los ojos un instante.

—Perdona.

—No. Tienes razón. Pero el otro me aprieta.

—Entonces este.

Me puso encima un pantalón de chándal, un jersey y un abrigo.

Parecía preparada para una expedición cuyo momento principal iba a realizar casi desnuda.

Bajamos la calle despacio. Daniel llevaba la silla y una bolsa.

Elena, la toalla roja y el termo. Yo llevaba nada, que empezaba a ser una carga difícil de aceptar.

—Puedo coger la botella —dije.

—Está en la bolsa —respondió Daniel.

—Precisamente.

Me la dio sin discutir. Caminé veinte metros sosteniendo agua como una bandera de autonomía, hasta que me cansé y se la devolví. Ninguno celebró el gesto.

El pueblo olía a leña húmeda y café. En la puerta de El Faro, Fina descargaba cajas de acelgas. Nos vio pasar con la toalla, miró mi calzado y comprendió demasiado deprisa.

—¿Vais a la playa?

—No —respondimos los tres.

Fina entrecerró los ojos.

—Pues lleváis maletas muy raras para ir al banco.

—No avises a nadie —le pedí.

—¿A quién iba a avisar?

—A nadie.

—Eso he dicho.

Cuando llegamos al paseo, ya había escrito en el grupo del club: Marina va a hacer una cosa y no quiere público. Dejadla en paz. El mensaje consiguió que todos supieran que iba a hacer una cosa, pero al menos nadie apareció.

Elegimos la parte de la playa donde una pasarela de madera llegaba cerca de la orilla.

Daniel colocó la silla en la arena firme.

El mar estaba tranquilo, con pequeñas olas transparentes que se doblaban sobre sí mismas.

El sol no calentaba mucho, pero daba a la superficie una luz limpia.

Más lejos, una mujer paseaba un perro con impermeable.

El perro se negó a acercarse al agua y me pareció la criatura más sensata de la bahía.

La pasarela terminaba diez metros antes de la orilla. En verano yo habría cruzado aquella distancia sin verla. Aquel día conté cada paso. En el cuarto, la arena cedió y sentí que la fuerza se me escapaba por los tobillos. Daniel acercó la silla sin preguntar. Me senté.

—Podemos dejarlo —dijo Elena.

—Acabamos de llegar.

—Precisamente. Has llegado. No tienes que entrar para que el paseo cuente.

—No he venido a pasear.

—Ya lo sé.

Miré el agua. Quería que mi deseo fuera suficiente para mover el cuerpo.

Me irritaba haber planeado horarios, toallas y temperatura para terminar sentada, vestida con cinco capas, frente a un mar que no se había enterado de nada.

Daniel dejó la bolsa en el suelo y se sentó en la arena.

Elena permaneció de pie hasta que le señalé la pasarela.

—Siéntate tú también. Me pones nerviosa.

—Está mojada.

—Hemos venido a mojarnos.

Elena se sentó sobre la toalla pequeña y protestó porque Daniel había traído té con canela en vez de café.

Él defendió que el café no era apropiado antes de bañarse.

Ninguno sabía si aquello tenía fundamento.

Discutieron dos minutos mientras yo descansaba.

Poco a poco, la respiración dejó de ocupar toda mi atención.

—Aurora nos traía aquí en octubre —dije—. Decía que el verano terminaba cuando ella guardaba el bañador, no cuando lo decía el calendario.

—Tu tía decía muchas cosas sin base científica —respondió Elena.

—También creía que las medusas perseguían a las personas pesimistas.

—Por eso tú no te bañabas después de suspender un examen.

—Era prevención.

Daniel trazó una línea en la arena con un dedo.

—No voy a empujarte en ninguna dirección —dijo—. Si quieres entrar, entramos. Si quieres quedarte aquí, nos quedamos. Si quieres volver a casa, volvemos.

Las tres opciones me molestaron porque eran reales. Elegir una significaba renunciar a las otras sin poder culpar a nadie. Esperé cinco minutos más. Después bebí agua, apoyé los pies con firmeza y señalé el mar.

—Vamos a ver si Aurora guardó el bañador demasiado pronto —dije.

Acerqué los pies al borde de la silla. Daniel se arrodilló y empezó a desatarme los cordones.

—Puedo hacerlo —dije.

—Lo sé.

—Entonces deja.

Me incliné. La presión en el abdomen me obligó a detenerme antes de alcanzar el pie.

—Quédate —añadí.

Daniel me quitó los zapatos y los calcetines. No hubo humillación en el gesto hasta que yo intenté fabricarla. Sus manos eran las mismas que habían recorrido mis cicatrices, lijado el timón y pelado tomates. Aquel día desataban unos cordones porque yo no podía inclinarme bien. Nada más.

Elena sostuvo una toalla mientras me quitaba la ropa. Llevaba el teléfono guardado. Nadie haría una fotografía. El aire frío rozó la piel húmeda de mis piernas.

—Podemos volver —dijo Daniel.

—Todavía no hemos llegado.

—También podemos volver desde aquí.

—Lo sé.

Me puse de pie. Daniel quedó a mi derecha y Elena a la izquierda. Bajamos hacia la orilla. La arena cedía bajo los pies y cada paso exigía más trabajo de lo previsto. Cuando el agua me tocó los tobillos, grité.

—¡Está helada!

—Dieciocho grados —dijo Elena.

—Tu precisión no la calienta.

Retrocedí por reflejo. Daniel no tiró de mí hacia delante.

Esperamos hasta que otra ola me cubrió los pies. Después avancé. El agua subió por las pantorrillas, las rodillas y los muslos. El frío dejó de ser una temperatura para convertirse en un animal que mordía. Respiré deprisa.

—Mírame —dijo Daniel.

—Prefiero mirar a la responsable de los datos.

Elena tenía la cara tensa, pero sonrió.

—Diecisiete coma ocho —dijo.

—Te odio.

El fondo era regular. Cuando el agua llegó a la cintura, el peso del cuerpo cambió. El dolor seguía conmigo, pero las piernas dejaron de cargarlo todo. Daniel se colocó delante.

—Cuando quieras.

Me incliné hacia atrás. Su mano sostuvo mi espalda hasta que las orejas entraron en el agua y el mundo perdió casi todos sus sonidos.

Floté.

El cielo ocupaba mi mirada. No era un cielo especial: azul pálido, una nube estrecha, el rastro de un avión.

El mar me sostenía de una manera impersonal.

No sabía quién era, ni qué enfermedad tenía, ni cuánto tiempo llevaba aplazando aquel gesto.

Me sostenía porque los cuerpos flotan si encuentran la postura y alguien ayuda a no asustarse.