Capítulo 18. Las cartas que nadie quiere recibir #2
—Y tú tienes derecho a tener miedo sin convertirlo en una encuesta sobre mis intenciones.
Me senté. La fatiga había llegado con la discusión, rápida, como si alguien hubiese desenchufado parte de mi cuerpo.
Daniel vio el cambio y alargó la mano hacia un cojín.
Después se detuvo. Estábamos atrapados incluso en los cuidados pequeños: si me ayudaba, confirmaba mi acusación; si no lo hacía, parecía retirarse.
—Ponlo detrás —dije.
Colocó el cojín en mi espalda. No nos dimos las gracias.
—He escrito cartas porque no sé qué podré decir más adelante —expliqué—. Hay días en que las palabras me cuestan. No quiero dejarlo todo a la improvisación.
—Lo entiendo.
—No parece.
—Entiendo que escribas. Lo que no entiendo es que lleves una semana despidiéndote en secreto mientras desayunamos juntos.
La palabra cayó mal. Me molestaba que nombrara lo que yo había maquillado como previsión. Me molestaba más que no fuera del todo exacta. No deseaba despedirme. Deseaba controlar el momento, la forma y las consecuencias de una ausencia que no podía controlar.
—No sé hacerlo —dije.
Daniel se sentó frente a mí.
—Yo tampoco.
—Tú ya has pasado por esto.
—No existe un curso que se convalide. Y contigo no es lo mismo que con Lucía.
—Alba dijo algo parecido.
—¿Cuándo?
—En el barco.
—¿Qué más te dijo?
—Que eres adulto, aunque no aportó pruebas.
Daniel casi sonrió. El gesto no duró.
—Lucía dejó instrucciones —dijo—. Algunas fueron útiles. Otras me enfadaron durante años. Había regalado ropa, había hablado con el seguro, había pedido a su hermana que me obligara a salir. Como si pudiera organizar lo que yo sentiría en febrero desde una tarde de junio.
—Quizá intentaba cuidarte.
—Claro que intentaba cuidarme. Y estaba asustada. Las dos cosas caben a la vez.
Miré el sobre.
—¿Quieres que lo rompa?
—No.
—¿Que te lo dé?
—Tampoco.
—Eres difícil de atender.
—Quiero que no decidas ahora cómo debo leerlo después. Si necesitas escribir, escribe. Pero hoy háblame a mí.
Tomé el sobre y lo guardé en el cajón superior del escritorio. Allí estaban una goma, las postales antiguas de Aurora y el recibo de una tienda que había cerrado hacía veinte años. Cerré el cajón.
—Te pregunto formalmente si aceptarías quedarte con Menta y Pimienta —dije.
—Sí.
—Puedes decir que no.
—Acabas de preguntármelo. No conviertas la respuesta en otra pregunta.
—Hay condiciones.
—Cuatro páginas, por lo que he visto.
—Menta necesita su cuenco verde.
—El cuenco verde irá a mi casa.
—Y no puedes separarlas.
—No pensaba hacerlo.
—Pimienta roba tornillos.
—Mi taller está lleno. Tendrá una carrera brillante.
La conversación práctica nos devolvió una superficie donde apoyarnos.
Le conté que Elena figuraba como responsable de mis decisiones si yo no podía expresarlas y que conocía la ubicación de los documentos.
La casa quedaría para ella, pero quería que el club pudiera seguir reuniéndose allí si Elena también lo deseaba; no era una obligación testamentaria, solo una conversación pendiente.
Daniel me explicó que Alba podía ayudar con las gatas si él viajaba y que no abandonaría el taller, aunque quizá aceptaría por fin que otra persona llevara las facturas.
—No tienes que prometerme eso —dije.
—No te lo prometo a ti. Llevo dos años prometiéndoselo a Hacienda.
Comimos pan con tomate y queso. Yo probé poco.
El enfado no había desaparecido; se había sentado con nosotros y ocupaba una tercera silla.
Daniel no intentó convertir el almuerzo en reconciliación.
Hablamos del tiempo, del motor de La Aurora y de un encargo que debía entregar el viernes. Cuando se marchó, me besó en la frente.
—Voy al taller —dijo.
—Lo sé.
—Volveré esta tarde si quieres.
—Quiero.
La puerta se cerró. No experimenté alivio ni pánico. Solo una tristeza cansada y la sensación de haber rozado algo que ninguno podía resolver.
Abrí el cajón.
Leí la carta de Daniel. Había frases sinceras y otras que parecían redactadas por una administradora de sentimientos.
Arranqué las páginas sin romperlas. Las doblé de nuevo y las guardé sin sobre.
No quería borrarlas; también eran verdad.
Pero ya no serían instrucciones enviadas desde un lugar donde él no pudiera responder.
Revisé las demás. Quité consejos. Quité permisos.
Quité todas las frases que empezaban por debes .
En la carta de Bea conservé la prohibición sobre la tipografía manuscrita porque había límites que trascendían la muerte.
En la de mi padre escribí una sola página sobre las mañanas de domingo, cuando pelaba la fruta en una espiral y nos daba los gajos sin preguntar quién quería.
La de Elena quedó casi vacía.
Sé que intentarás hacerlo bien. No hace falta.
Debajo añadí:
Y no tires la sopera con forma de col. Es horrible, pero ya forma parte de la familia.
Guardé todos los sobres en el cajón. La llave era pequeña y de latón. Pensé en entregársela a Elena y decidí que todavía no. La metí en una taza sobre el escritorio, un escondite tan evidente que Aurora lo habría aprobado.
Después abrí el cuaderno.
Había escrito ciento ochenta páginas. Al final esperaban muchas más.
Durante unas semanas había sentido la tentación de llenarlas todas, como si un cuaderno completo equivaliera a una vida administrada correctamente.
Pasé el pulgar por los bordes. Algunas hojas llevaban manchas de café; una conservaba la huella de Pimienta; otras estaban limpias.
En la siguiente página escribí:
No puedo dejar resuelto el dolor de nadie. Puedo dejar el teléfono de la veterinaria y preguntar quién quiere venir a comer.
Daniel regresó a las seis con una bolsa de castañas. Las asamos en una sartén vieja. Se quemaron por un lado y quedaron crudas por el otro. Discutimos sobre el método, vimos un concurso en televisión y no pronunciamos la palabra carta.
Antes de dormir, cerré el cuaderno sin avanzar hasta la última hoja.
Dejé en blanco todo lo que todavía no había ocurrido.