Los días que todavía son míos Capítulo 18. Las cartas que nadie quiere recibir
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Capítulo 18. Las cartas que nadie quiere recibir

La primera carta la escribí para Menta y Pimienta.

No iba dirigida a ellas, porque incluso en mis momentos menos razonables comprendía que las gatas no leerían un documento.

Era una lista para la persona que se quedara a su cargo: cantidades de comida, horarios aproximados, el nombre de su veterinaria, el truco para conseguir que Menta entrara en el transportín y la advertencia de que Pimienta fingía cojear cuando quería atención.

La lista ocupó cuatro páginas.

—Esto es una oposición —dijo Elena al verla.

—Son instrucciones básicas.

—Has incluido una descripción de seis líneas sobre dónde le gusta beber a Menta.

—No acepta cualquier cuenco.

—Bebe del grifo si lo dejas abierto.

—Eso no significa que debamos abandonar los estándares.

Era la primera semana de noviembre. El calor anormal había terminado de golpe y la humedad se pegaba a las paredes.

Pasaba más horas en casa. Algunos días escribía por la mañana y dormía casi toda la tarde.

Otros, el dolor o las náuseas obligaban a reducir la jornada a una ducha, dos llamadas y la contemplación hostil de una sopa.

Teresa había vuelto a ajustar la medicación.

No buscábamos una combinación mágica que borrara el cuerpo, sino una pauta que hiciera sitio a otras cosas sin añadir efectos innecesarios.

Preparar documentos era una de esas cosas.

Había actualizado el testamento años atrás, cuando enfermó mi madre, y de nuevo después del divorcio.

Aun así, pedí cita con la notaria para revisar la casa, mis cuentas y las decisiones que no podían descansar en una conversación recordada a medias.

Dejé por escrito quién representaría mis deseos si yo no podía expresarlos.

Organicé claves importantes sin copiar la contraseña del banco en una servilleta, como proponía mi padre.

Cancelé una suscripción a un programa de edición que llevaba dieciocho meses cobrándome por nostalgia profesional.

Todo aquello me calmaba de verdad. Cada casilla marcada reducía una parte del caos a un tamaño administrativo, aunque no pudiera reducir lo demás.

La notaría estaba en la primera planta de un edificio sin ascensor, una elección arquitectónica que demostraba poca fe en la vejez de sus clientes.

Elena llamó la víspera para comprobarlo y consiguió que la notaria nos recibiera en un despacho de la planta baja, entre archivadores y una fotocopiadora.

Yo protesté por la gestión especial hasta que vi la escalera.

Después protesté en silencio, que era una modalidad más digna y menos agotadora.

La notaria se llamaba Carmen y llevaba unas gafas rojas sujetas con una cadena.

No usó eufemismos, pero tampoco introdujo gravedad donde solo había decisiones legales.

Me preguntó qué quería, comprobó que lo entendía y se dirigió siempre a mí aunque Elena tuviera los documentos clasificados con separadores.

—Su hermana está aquí porque yo quiero —aclaré al principio.

—Lo he supuesto —respondió Carmen—. De lo contrario estaría fuera.

Elena bajó la carpeta con una expresión casi decepcionada. Le gustaban las personas capaces de aplicar límites, incluso cuando se los aplicaban a ella.

Revisamos el testamento, los poderes y la manera de dejar constancia de mis voluntades sin confundir un deseo con una orden imposible de cumplir.

Carmen explicó que algunas cosas debían hablarse además de escribirse.

Un papel podía designar a Elena; no podía prepararla para cada decisión ni anticipar todas las circunstancias.

—Qué poco ambicioso es el derecho —dije.

—Procura no prometer lo que no puede garantizar —respondió.

—La publicidad debería aprender.

Al salir, me faltaba aire. No por la conversación, me dije, sino por haber estado sentada demasiado tiempo, por el calor absurdo de la sala y por los veinte pasos hasta la calle.

Las excusas físicas podían ser verdad y seguir ocultando otra cosa.

Me apoyé en la pared encalada. Olía a lejía y a pescado frito del bar de abajo.

Elena guardó la carpeta y esperó.

—Ya está —dije.

—Sí.

—La casa, las cuentas, las decisiones. Todo claro.

—Bastante claro.

—Debería sentirme mejor.

—¿Te sientes peor?

Pensé la respuesta.

—Me siento como si hubiera enviado una campaña a imprenta y acabara de descubrir una errata.

—Todavía se puede corregir.

—Esa no era la respuesta adecuada.

—Estoy en proceso.

Nos sentamos en la terraza del bar. Pedí agua con gas; Elena, café.

No hablamos de lo que heredaría ni de cuándo.

Discutimos durante diez minutos sobre si la sombrilla estaba mal orientada y después llamamos a nuestro padre para preguntarle el segundo apellido de una prima.

Aquella normalidad no deshizo los papeles firmados. Los hizo soportables.

Después empecé las cartas.

Una para Elena. Otra para mi padre. Otra para Bea. Una para Daniel. Incluso escribí una para Fina, porque me aterrorizaba imaginar lo que contaría en mi ausencia si yo no dejaba una versión autorizada.

En el cuaderno, las palabras habían aprendido a quedarse pegadas a los días. En las cartas volvían a vestirse de ceremonia. Si estás leyendo esto. Quiero que sepas. No estés triste. Cada principio era peor que el anterior.

Taché no estés triste con tanta fuerza que rasgué el papel.

¿Con qué autoridad iba a ordenar una emoción desde un sobre?

Intenté de nuevo.

Elena: no conviertas esto en otra tarea que debas completar bien.

Sonaba a reproche.

Papá: las naranjas siempre fueron una forma de decirlo.

Sonaba a anuncio de zumo.

Bea: por favor, no diseñes nada con tipografía manuscrita.

Aquello sí se parecía a mí, pero no conseguí avanzar.

La carta de Daniel fue la más larga. Le escribí sobre el verano de 1996, sobre las cartas que no contesté y las tres semanas en el pueblo que ya se habían convertido en meses.

Le di permiso para ser feliz, frase que me repugnó en cuanto la vi.

Daniel no necesitaba mi autorización para su futuro.

La taché y escribí que deseaba que siguiera navegando, que no abandonara el taller, que aceptara ayuda de Alba con las facturas y que no convirtiera La Aurora en una pieza de museo.

También le expliqué cómo cuidar a las gatas.

No le había preguntado si quería hacerlo.

Doblé las hojas, las metí en un sobre y escribí su nombre. Durante un instante sentí el mismo alivio que después de confirmar una reserva: un asunto importante había quedado atendido. Guardé el sobre debajo del cuaderno para decidir más tarde dónde dejarlo.

Pimienta decidió por mí.

Daniel llegó a mediodía con pan, tomates y una bolsa de virutas de madera que no tenía ninguna razón para traer a mi casa. Según él eran para proteger unas plantas del frío. Según Fina, las plantas de Aurora llevaban cuatro años sobreviviendo precisamente porque nadie intervenía.

Yo estaba en el baño. Cuando salí, encontré a Daniel agachado junto al escritorio. Pimienta había tirado el cuaderno al suelo y arrastraba la cinta entre las patas de la mesa. El sobre permanecía boca arriba sobre la madera.

DANIEL , decía mi letra.

Él no lo había abierto. Lo supe por la posición de la solapa y porque Daniel, cuando se sentía acusado, se quedaba demasiado quieto.

—Es una carta —dije.

—Ya.

—No tenías que encontrarla hoy.

—Eso mejora mucho las cosas.

Recogí el cuaderno. Agacharme me produjo una presión inmediata en el abdomen y tuve que apoyar una mano en el escritorio. Daniel dio un paso hacia mí. Lo detuve con un gesto.

—Estoy bien.

—No lo estás.

—Quiero decir que puedo levantarme.

—También dices que esto no era para hoy como si hubiera un día bueno para encontrar mi nombre en un sobre cerrado.

Me incorporé despacio. Él puso el sobre entre los dos.

—No lo has leído.

—No.

—Entonces no sabes qué pone.

—Sé para cuándo es.

Fuera, una furgoneta descargaba cajas en El Faro. Fina daba instrucciones con la voz de una controladora aérea. Dentro de la casa, el frigorífico arrancó y el sobre pareció adquirir un ruido propio.

—Estoy ordenando asuntos —dije—. Es responsable.

—Hacer el testamento es responsable. Dejar pautas médicas es responsable. Escribir una carta puede ser lo que tú quieras, pero no me digas que todo esto es papeleo.

—No he dicho eso.

—Llevas una semana preguntándome qué piezas del taller podría vender, si Alba tiene sitio en su casa y si la humedad afecta a los gatos.

—La humedad afecta a todo en este pueblo.

—Marina.

El tono me irritó. No por autoritario, sino porque contenía dolor y yo no quería recibirlo. Ya tenía suficiente con el mío. Prefería una lista, una decisión, un cajón etiquetado.

—Alguien tendrá que pensar en estas cosas —dije.

—Sí. Podemos pensarlas contigo. No hace falta que nos repartas la vida desde un escritorio.

—¿Qué propones? ¿Que espere a no poder hacerlo?

—Propongo que me preguntes antes de decidir que las gatas vivirán conmigo.

—Menta te ha elegido.

—Menta se sienta encima de cualquiera que lleve pantalones oscuros.

—No es verdad.

—Marina, quiero quedarme con ellas. Si hace falta. Pero quiero que me lo preguntes, no enterarme por una carta que recibiré cuando ya no pueda discutir contigo.

Aquello me hizo daño porque tenía razón y porque su respuesta resolvía una preocupación real. Utilicé la primera defensa disponible.

—No puedes ofenderte porque intente facilitarte las cosas.

—No quiero que me facilites perderte.

—No puedo dificultarlo más.

Daniel apartó la mirada. Había gritado muy poco, pero su respiración era rápida. Yo sentí el impulso de acercarme y, al mismo tiempo, el de proteger la carta como si contuviera una versión de mí que él podía destruir antes de tiempo.

—No quiero vivir leyendo cada gesto como un anuncio —dijo—. No quiero pensar que cada cena es la que vas a describir en una carta. Ayer hablamos del motor y luego te quedaste mirándome como si archivases mi cara.

—Eso no es justo.

—No. Tampoco lo es que me preguntes cada dos días si estoy seguro de estar aquí.

—Tienes derecho a cambiar de opinión.