Capítulo 17. El verano dentro del otoño #2
Me ofreció el brazo. Avanzamos tres pasos hasta un asiento delantero. Allí el motor sonaba menos y el aire olía solo a sal. El agua tenía un azul más oscuro que en agosto. Cerca de las rocas, unas gaviotas discutían sobre algo incomprensible y urgente.
—Mi padre me contó lo de tu enfermedad —dijo Alba—. Me preguntó antes si podía hablarme de ello.
—Bien.
—También me dijo que no necesita mi opinión.
—Eso habrá sido doloroso para los dos.
Sonrió, pero no evitó la conversación.
—No voy a pedirte detalles. Solo quería conocerte sin que los dos finjamos que yo no sé nada.
—Te lo agradezco.
—Y quería decirte otra cosa antes de que él vuelva a vigilarnos desde el timón.
Miré hacia atrás. Daniel fingió interés por un indicador.
—No quiero hacerle daño —dije.
—Ya se lo estás haciendo.
La frase me dejó quieta.
Alba apoyó los antebrazos en la barandilla.
—Y él a ti, supongo. Es lo que pasa cuando queremos a alguien y podemos perderlo. No te lo digo como reproche.
—He pensado que quizá debería…
—¿Marcharte para ahorrárselo?
No respondí.
—Mi padre tiene cincuenta y cinco años —continuó—. Ha estado casado, ha criado una hija, ha enterrado a mi madre y lleva un negocio que se empeña en no ser rentable. Puede tomar decisiones malas sin que tú se las tomes por adelantado.
—No quiero que vuelva a pasar por lo mismo.
—No será lo mismo. Mi madre no eres tú, y lo que tiene contigo no borra lo que tuvo con ella. Él lo sabe mejor que nadie.
—También puede no saber cuánto dolerá.
—Claro que no lo sabe. Tú tampoco.
El mar nos levantó suavemente y volvió a bajarnos. Me sujeté a la barandilla. Alba no acercó la mano hasta que yo se la pedí con una mirada.
—Cuando mi madre enfermó —dijo—, papá intentaba arreglarlo todo.
Cambiaba una bombilla si ella tenía dolor.
Revisaba el coche después de una mala noticia.
Era desesperante. Pero ha aprendido algunas cosas.
Déjale demostrarlo. Y si no las ha aprendido, discute con él.
Lo que no hagas es convertirte en directora de su duelo futuro.
La expresión era tan exacta que me dolió por un sitio distinto.
—Trabajé muchos años dirigiendo campañas —dije.
—Se nota.
—Eso ha sido ofensivo.
—Mi padre dijo que te gustaría que no te tratara con delicadeza.
—Tu padre habla demasiado.
—Solo cuando no está delante la persona adecuada.
Regresamos al banco de popa. Daniel me ofreció agua. Bebí y él esperó, estudiando el horizonte con un empeño que lo delataba.
—Alba cree que eres adulto —le dije.
—Es una etapa que atravesamos los padres cuando los hijos se independizan.
—No exactamente —dijo ella.
Navegamos cerca de la costa. No fue una travesía memorable según los criterios de las revistas: cuarenta minutos, mar tranquilo, una embarcación que olía a barniz reciente y tres personas comprobando ruidos.
Para mí cabía el día entero en aquel movimiento.
El sol me calentaba el chal. El cansancio seguía allí, pero ya no era un obstáculo a derrotar; era un pasajero pesado al que habíamos reservado asiento.
Daniel redujo la marcha y se apartó del timón.
—Ven.
—No sé llevar esto.
—Por eso voy a enseñarte.
—Si chocamos, Fina lo sabrá antes de que llegue la Guardia Civil.
—Estamos en mar abierto y no pienso soltarlo del todo.
Me coloqué frente a la rueda. Daniel quedó detrás, no pegado a mí, con una mano cerca. El timón ofrecía resistencia. Cuando lo moví demasiado, La Aurora respondió con retraso y Daniel corrigió.
—Mira al frente, no la rueda.
—Eso suena a frase para una taza.
—Entonces no la escribas.
Llevé el timón unos minutos. La proa apuntaba hacia una franja de costa donde los pinos llegaban casi al agua.
No gobernaba mi enfermedad, ni el tiempo, ni lo que sentirían los demás.
Gobernaba una embarcación vieja a poca velocidad y con Daniel al alcance de la mano. Era suficiente responsabilidad.
Cuando regresé al banco, me temblaban las piernas.
Alba me cubrió con una manta ligera. Cerré los ojos.
Oí a Daniel y a su hija discutir sobre la ruta, el motor y una zona de boyas.
Sus voces se parecían en la manera de elevarse al final de las frases.
Pensé que aquella conversación existía antes de mí y existiría sin mí. La idea dolió y también me alivió.
Al abrir los ojos, Daniel estaba sentado a mi lado. Alba había tomado el timón.
—Gracias —dije.
—Por dejarte conducir un barco de mi familia sin permiso oficial.
—Por terminarlo.
—Lo he terminado por mí.
—Eso mejora el agradecimiento.
Miró el agua. Tenía una mancha de pintura color crema junto a la muñeca. La rocé con el pulgar y no se borró.
—Te quiero —dijo.
No añadió a pesar de . No dijo aunque sea difícil , aunque dure poco ni aunque tenga miedo . Las dos palabras quedaron entre nosotros sin una cláusula que redujera su alcance.
Durante meses yo había intentado protegerlas. Las había rodeado de advertencias, estadísticas y salidas de emergencia. En aquel momento no tenía fuerzas para construir otra barrera.
—Te quiero —respondí.
Daniel apoyó la frente contra la mía. Nos quedamos así hasta que Alba anunció que, si seguíamos bloqueando el paso, tendría que cobrarnos atraque.
Al entrar en el puerto, el grupo seguía esperando. Habían comido, abierto el cava sin romper la botella y trasladado varias sillas a la sombra. Fina hizo sonar la bocina por tercera vez. Elena estaba al final del muelle con mi bolso y una expresión que intentaba ser tranquila.
—¿Qué tal? —preguntó cuando desembarqué.
—He llevado el timón.
—¿Tú?
—Durante tres minutos. Hay zonas de la costa que deberían revisar su seguro.
Me abrazó. Yo apoyé en ella más peso del que pretendía, y Elena ajustó los pies sin comentarlo. Detrás, Daniel amarraba La Aurora . Ya no estaba suspendida sobre correas ni escondida en una nave. Golpeaba suavemente contra las defensas, mojada, imperfecta y a flote.
Esa noche dormí doce horas.
El barco amaneció en el puerto.