Capítulo 17. El verano dentro del otoño
El treinta de octubre amaneció con veintisiete grados y una cigarra equivocada cantando en el patio.
La oí desde la cama mientras comprobaba, antes de abrir los ojos del todo, qué partes de mi cuerpo habían decidido participar en el día.
Las piernas estaban pesadas. El dolor pélvico era una presencia sorda, no urgente, como un vecino que hubiera puesto la televisión demasiado alta al otro lado de la pared.
La boca me sabía a metal y a la manzanilla que había tomado de madrugada.
Nada de aquello impedía levantarme. Todo exigía negociar.
Menta dormía contra mi cadera. Pimienta había empujado una horquilla hasta el centro de la habitación y la contemplaba con la satisfacción de quien ha completado una obra pública.
—Hoy botamos un barco —les dije.
Menta ni siquiera abrió los ojos. Pimienta golpeó la horquilla debajo del armario.
El teléfono marcaba las ocho y doce. Había tres mensajes de Daniel, enviados con intervalos cada vez menos disimulados.
Hace buen día.
No hay apenas viento.
Podemos aplazarlo si no has descansado.
El cuarto llegó mientras yo los leía.
Aplazar no significa no hacerlo.
Lo llamé.
—Buenos días —dijo demasiado deprisa.
—¿Tienes previsto mandarme el parte meteorológico por fascículos?
—Quería que supieras que no hay ninguna obligación.
—Llevo dos meses oyendo que esa embarcación estará lista la semana que viene. La obligación es comprobar que no mentías.
—¿Cómo estás?
Antes yo habría respondido bien . Era una palabra breve, limpia y completamente inútil. Me incorporé despacio, apoyando una mano en el colchón mientras el cuerpo ajustaba sus niveles.
—He dormido a trozos. Me duele, pero dentro de lo habitual. Voy a desayunar, tomaré lo pautado y te confirmo a las diez.
—Puedo ir a ayudarte.
—Puedes ir a terminar tu barco.
—Ya está terminado.
—No estropees la sorpresa.
Me duché sentada. Había dejado de odiar la silla, aunque seguía pareciéndome uno de los objetos más feos creados por la industria del plástico.
Elegí unos pantalones amplios, una camisa blanca y el chal amarillo que Bea me había regalado después de ver la fotografía de la cocina.
Según ella, conservaba el espíritu del vestido sin obligarme a llevar harina seca en el escote.
Desayuné media tostada con aceite y dos gajos de naranja.
Esperé a que la medicación hiciera su trabajo y, a las diez menos cinco, envié a Daniel una sola palabra:
Voy.
La noticia de la botadura había recorrido Puerto de las Salinas con una eficiencia que habría hecho millonaria a cualquier agencia.
Cuando llegué al astillero, apoyada en el brazo de Elena durante el último tramo, había más de treinta personas junto a la rampa.
Fina había cerrado El Faro con un cartel que decía Vuelvo cuando flote .
Sara y Andrés servían café en vasos de cartón.
Tomás llevaba una camisa de flores que convertía la mañana en un crucero económico.
Roque sostenía una botella de cava y discutía con Leandro sobre si romperla contra el casco era una tradición o un gasto.
—No se rompe nada —dijo Daniel al oírlos—. Y menos contra madera recién pintada.
Estaba junto a La Aurora . Durante semanas yo la había visto entre andamios, lonas y herramientas.
Ahora el casco azul oscuro brillaba bajo el sol y una línea blanca recorría la borda.
El nombre aparecía en la popa con letras color crema.
Ya no se adivinaba bajo capas de pintura: estaba allí, nítido y un poco inclinado, porque Daniel se había negado a usar una plantilla moderna.
La embarcación parecía más pequeña fuera de la nave y mucho más real.
—Has terminado —dije.
Daniel se limpió las manos en el pantalón, aunque no estaban sucias.
—Todavía tiene una lista de cosas pendientes.
—Eso también lo tenemos las personas y nos permiten salir de casa.
Me besó. Fue un beso breve, sin la precaución especial que los demás adoptaban cuando miraban. Después señaló a una mujer que bajaba de un coche con una mochila verde y el pelo recogido en una trenza.
—Marina, esta es Alba.
No se parecía a la adolescente de la fotografía plastificada. Conservaba la sonrisa amplia, pero el aparato dental había desaparecido y llevaba unas gafas de sol sobre la cabeza. Abrazó a su padre antes de acercarse a mí.
—Por fin —dijo—. He oído hablar mucho de ti.
—Espero que durante las últimas semanas.
—En dos épocas distintas, con una pausa narrativa de treinta años.
Daniel protestó.
—Yo no lo he contado así.
—Papá cuenta una historia diciendo solo los datos imprescindibles y dejando que los demás hagan arqueología emocional.
Me gustó antes de decidir si quería gustarle. Alba me dio dos besos y no miró mi cuerpo en busca de señales. Tampoco fingió ignorar que Elena sostenía mi bolso y que yo había necesitado detenerme al llegar.
—He traído comida —dijo—. Y una lista de todo lo que incumple la normativa ambiental de 2026 en este astillero.
—La segunda parte no hacía falta —respondió Daniel.
—La primera compensa.
Elena y Alba se reconocieron de inmediato como mujeres acostumbradas a que otras personas confundieran su organización con disponibilidad ilimitada.
Cinco minutos después coordinaban termos, chalecos salvavidas y turnos para subir a bordo.
Yo me senté en una silla a la sombra sin que nadie tuviera que ordenármelo.
Fue un progreso menos visible que el barco, pero me costó más.
El plan era sencillo. Una grúa móvil elevaría La Aurora desde los soportes y la depositaría en el agua junto al muelle de servicio.
Daniel comprobaría el motor y las bombas.
Si todo iba bien, saldríamos un rato: él, Alba y yo.
Elena prefería quedarse en tierra. Decía que no se mareaba, pero llevaba desde 1999 evitando toda embarcación que no incluyera un bufé.
—No hace falta que subas —me dijo mientras me daba una botella de agua.
—Lo sé.
—Podemos venir otro día.
—También lo sé.
—No tienes que demostrar nada.
—Elena.
—Ya paro.
Se agachó para colocar la botella en la mochila y añadió:
—Pero si te encuentras mal, lo dices.
—Eso estaba dentro del acuerdo incluso antes de tu discurso.
La grúa comenzó a trabajar. Las correas se tensaron alrededor del casco y La Aurora se separó de sus soportes con una lentitud solemne que el conductor interrumpió al gritarle a Daniel que apartara una caja.
Todos aplaudieron demasiado pronto. Fina hizo sonar una bocina de bicicleta.
Tomás empezó a cantar una habanera y olvidó la letra en la segunda frase.
Yo miré a Daniel.
No estaba mirando el barco. Miraba el espacio vacío que había dejado.
Cinco años de trabajo se sostenían ahora sobre dos cintas amarillas.
Comprendí que terminar algo también podía dar miedo.
Mientras La Aurora permanecía en la nave, siempre era posible mejorar una junta, volver a lijar una tabla, aplazar el momento en que el agua opinara sobre el trabajo.
En tierra, Daniel dominaba casi todas las variables.
En el mar, la embarcación tendría que ser una embarcación.
Me acerqué y metí la mano en la suya.
—Todavía podemos aplazarlo —dije.
Él me miró.
—Eso iba a decirte yo.
—Por eso ha dejado de ser divertido.
El casco tocó el agua. Primero flotó de una manera que parecía insegura solo porque todos conteníamos el aliento.
Luego se asentó. Daniel saltó a bordo, comprobó el interior y arrancó el motor.
Tosió dos veces, expulsó una nube gris que hizo protestar a Alba y terminó aceptando su tarea con un temblor grave.
Fina volvió a tocar la bocina.
—¡Ya está! —gritó.
—Todavía no —respondió Daniel desde cubierta.
—Lleva diciendo eso cinco años —me explicó Roque.
Esperamos casi una hora. Para los demás fue una celebración.
Para mí fue una sucesión de posiciones: diez minutos de pie, quince sentada, un paseo corto hasta el baño del astillero, otra dosis de medicación a la hora prevista y medio bocadillo que Alba había preparado sin mayonesa.
El sol calentaba la piel como en septiembre.
Olía a gasóleo, café y algas expuestas por la marea baja.
Las chicharras no cantaban ya, pero aquella cigarra solitaria de mi patio parecía haber anunciado una jornada fuera de temporada.
Cuando Daniel dio su aprobación, la gente volvió a aplaudir. Leandro ayudó a colocar una pasarela. Alba subió primero. Daniel me esperaba al otro extremo.
—No me levantes —le advertí.
—No pensaba hacerlo.
—Has puesto cara de cargar un mueble.
—He puesto cara de que la pasarela se mueve.
—Estamos a punto de navegar. Conviene tolerar cierto movimiento.
Avancé despacio. Elena permanecía detrás, sin tocarme, y Daniel delante, con una mano extendida. La tomé al final. Al pisar la cubierta, el balanceo me subió desde los tobillos hasta el estómago. Cerré los ojos un segundo.
—¿Bien? —preguntó Alba.
—Todavía no he decidido.
Esperamos. Nadie convirtió la espera en alarma. Cuando abrí los ojos, el puerto seguía en su sitio y mi cuerpo había aceptado la nueva geometría.
El club se quedó en el muelle. Fina nos hizo prometer que no cruzaríamos a África.
Daniel soltó amarras y La Aurora salió del puerto con la prudencia de un animal viejo que vuelve a una calle conocida.
Pasamos junto a la escollera. Las casas blancas descendían hacia el paseo, las persianas azules de Aurora eran apenas dos rayas entre fachadas y el astillero parecía una caja abierta.
Alba se movía por cubierta con soltura. Revisaba cabos, criticaba el ruido del motor y fotografiaba a su padre cuando él no miraba.
Yo estaba sentada en un banco con un cojín detrás de la espalda.
Daniel había instalado una barandilla nueva y tres lugares donde sujetarse.
Intentaba no comprobar mi cara cada veinte segundos.
Lo conseguía aproximadamente cada treinta.
—Voy a enseñarle la proa —dijo Alba.
—No hace falta —respondió él.
—No te he preguntado.