Los días que todavía son míos Capítulo 16. La fotografía que no quería #2
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Capítulo 16. La fotografía que no quería #2

Fina empezó a disparar sin criterio aparente.

Fotografió a Chelo discutiendo con Nati sobre la cantidad de sal.

A Roque leyendo una receta al revés porque no encontraba las gafas.

A Tomás cantando mientras amasaba y a Leandro intentando reparar una puerta de armario cuando su tarea era cortar pimientos.

Daniel llegó tarde desde el taller, con serrín en el pelo. Yo estaba sentada porque llevaba un rato de pie y las piernas me temblaban. Se inclinó para besarme y Fina tomó una foto justo cuando yo apartaba la cara.

—Esa se borra —dije.

—No se revisa hasta el final —respondió ella.

—¿Quién ha establecido esa norma?

—La fotógrafa.

Elena llegó con mi padre. Había aceptado pasar el domingo, no quedarse toda la semana. Usó su llave solo después de llamar. Yo me fijé en el gesto y ella fingió que no.

—He traído recipientes —dijo.

—Hoy vamos a crear alimentos, no almacenarlos.

—Eso lo dices porque no has visto la cantidad de masa.

Mi padre se sentó en un rincón con el teléfono. Yo creí que estaba mirando el tiempo hasta que lo vi apuntarlo hacia nosotros.

—No grabes —dije.

—Solo el sonido.

—La cámara está mirando.

—No sé quitar la imagen.

—Dámelo.

—Sigue cocinando. Luego lo arreglas.

La cocina se llenó de voces superpuestas.

Chelo juraba que la abuela de Sara añadía vino.

Sara decía que era imposible porque era abstemia.

Fina fotografiaba los pimientos como si fueran pruebas de un delito.

Pimienta saltó sobre una silla, hundió una pata en la harina y escapó dejando un camino blanco por las baldosas.

—¡La gata! —gritó Elena.

Daniel intentó atraparla. Pimienta pasó entre sus piernas. Él se sujetó a la mesa, volcó un cuenco vacío y lanzó al aire una nube de harina. Una parte cayó sobre mi vestido amarillo.

Miré la mancha blanca en el pecho.

—No digas nada —le advertí.

—Iba a decir que estás bloqueando la puerta —respondió Daniel.

Era la misma frase de la Fiesta de la Sal.

Me dio un ataque de risa. No una risa bonita, de labios cerrados y ojos luminosos.

Me incliné hacia delante, tosí a mitad, volví a reír y tuve que sujetarme el abdomen con una mano.

Daniel se rio también. Elena perseguía a Pimienta con un paño.

Mi padre seguía grabando. Fina levantó el teléfono.

Durante varios minutos olvidé que podía estar fabricando un recuerdo. Solo quería que nadie rescatara a la gata antes de ver dónde terminaba.

Pimienta se refugió debajo de la sopera con forma de col. Menta, que no había intervenido, observaba desde el aparador con harina en una oreja por simple proximidad al desastre.

La torta salió irregular, demasiado tostada en los bordes y magnífica en el centro.

Comí un trozo pequeño. Nadie vigiló cuánto.

Mi padre volvió a contar la historia de la cola del cine y esta vez Elena no corrigió las fechas.

Daniel dijo que La Aurora estaría lista en una semana.

El club lo abucheó por haber repetido esa frase demasiadas veces.

Al terminar, nos sentamos a revisar las fotografías. Había cuarenta y siete. En once aparecía un dedo. En seis no se veía ninguna cara completa. Una mostraba solo el hombro de Roque y un pimiento. En otra, Daniel y yo parecíamos discutir cuando en realidad decidíamos dónde guardar una bandeja.

Bea se conectó por videollamada para verlas.

—Son técnicamente espantosas —dictaminó.

—Te prohíbo corregir el color.

—Hay una luz verde que os hace parecer enfermos a todos.

—Democratiza la experiencia.

Encontramos una donde mi padre miraba una naranja como si esperara una respuesta.

Otra en la que Elena me secaba harina del hombro y yo apartaba su mano.

En una tercera, Daniel se había quedado mirándome mientras yo hablaba con Nati.

No sabía que me miraba así. Tuve que pasar a la siguiente antes de que los demás pudieran comentarlo.

Mi padre reprodujo el vídeo. Se oían recetas, platos, una protesta de Fina y mi risa elevándose por encima del ruido. Cerró los ojos durante un segundo.

—Esa —dijo—. Esa sí suena a ti.

No supe responder. Le apreté la mano.

La última foto estaba un poco movida. Yo aparecía de pie junto a la puerta del patio con el vestido amarillo manchado de harina.

Tenía el pelo revuelto, un ojo casi cerrado por la risa y la mano extendida hacia alguien que quedaba fuera del encuadre.

Después recordamos que llamaba a Pimienta.

Daniel salía cortado en un borde. La guirnalda de la fiesta seguía colgada, torcida, sobre mi cabeza.

—Esta no está mal —dijo Bea, con enorme esfuerzo profesional.

—No estoy mirando a cámara.

—Tampoco estás mirando al horizonte —respondió.

Fina quiso imprimirla para el tablón. Le dije que sí con la condición de que no escribiera ninguna fecha debajo.

Esa noche la puse como fondo de mi teléfono.

También guardé el vídeo de mi padre en dos sitios, porque Bea había conseguido contagiarme una prudencia digital.

Le envié a Ernesto el fragmento donde se oía mi risa.

Contestó que el volumen estaba demasiado alto y, un minuto después, preguntó cómo podía ponerlo de tono.

Le prometí explicárselo la próxima vez que viniera.

No escribí por si acaso . Escribí la próxima vez y me pareció una promesa del tamaño correcto.

Me gustaba porque nadie había tenido tiempo de prepararse para ella, ni siquiera yo.